El español, a la altura del urdu

Pablo Planas

A los prebostes de la Generalidad catalana les importa un comino la educación y la enseñanza de los niños que tienen la desgracia de acogerse al sistema público. Ni al consejero de Enseñanza, Josep Gonzàlez-Cambray, ni al presidente autonómico, Pere Aragonès i Garcia, ambos de la cofradía de marranear los apellidos para rebajarles la carga hispana, les interesan una higa las capacidades y habilidades que alcancen los alumnos sometidos a la inmersión lingüística en las escuelas pública. Les da igual porque el objetivo del sistema educativo que patrocinan no es el de formar personas con conocimientos, modales y valores sino el de engendrar separatistas que odien España y estén convencidos de que Cataluña es una nación.

Así lo acaba de admitir Aragonès en el discurso navideño. Según este joven, apodado el "nen barbut", la escuela "es el núcleo de la nación catalana". No hay lugar para medias tintas, ni para un segundo o tercer idioma. Ni mucho menos para las ciencias y las letras. De lo que se trata es de que los críos acaben hablando catalán y solo catalán en un "nación" donde el español tenga la misma relevancia que el urdu, el tagalo o el idioma bereber. Tal es el cuajo de los dirigentes separatistas que ya ni siquiera esconden su propósito y avisan a los padres de que si quieren que sus hijos tengan oportunidades sociales y laborales, el castellano no les servirá de nada en Cataluña. Y eso mientras envían a sus vástagos a colegios privados o concertados donde sí se dan clases en español.

Aragonès miente como un bellaco al afirmar que la inmersión lingüística es fruto de las "madres y padres que querían que sus hijos e hijas aprendieran catalán porque eran plenamente conscientes de que así contribuían a la cohesión social del país y ofrecían un futuro de oportunidades para sus hijos e hijas", tal es la frase que ha soltado en el referido discurso navideño. La inmersión no tiene ese origen, no era el objetivo de las familias llegadas a Cataluña de otras partes de España y tratadas como turcos en Alemania. Es cierto, en cambio, que saber catalán podía ayudar a los hijos de la inmigración a disimular sus orígenes y mejorar sus expectativas laborales. Así de crudas eran y son las cosas en esta parte de España.

La desaforada reacción ante las sentencias que insisten en incluir un parco 25% de español en los planes de estudio es indiciaria de los verdaderos propósitos adoctrinadores en eso que llaman la "escola catalana", una de las estructuras de Estado, junto a los medios de comunicación públicos y los Mossos d'Esquadra, con las que el separatismo pretende alcanzar la independencia de Cataluña. De ahí que se diga sin disimulo alguno que la escuela es la nación, proclama de naturaleza puramente fascista que descalifica a quien la profiere.

Pero los políticos separatistas no están solos en el empeño de eliminar todo rastro de España, sea lengua, historia o cultura, en los colegios. Cuentan con la complicidad de unos directores de centros y profesores capaces de comparar el español con las lenguas del Magreb o de mandar a cagar a la Asamblea por una Escuela Bilingüe en respuesta a la carta en la que se avisa de las sentencias sobre el español en los programas lectivos. Y no son casos aislados. Un Gobierno de España que se respetara a sí mismo no dudaría en aplicar el artículo 155 de la Constitución en la competencia de la enseñanza para apartar las zarpas de esa gentuza del futuro de los niños de Cataluña.

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