El discurso de Navidad de Pablo Iglesias

Pablo Planas

Pablo Iglesias tiene una sospecha, y la sospecha de Pablo Iglesias es que en la cena de Nochebuena todas las familias van a debatir sobre la forma del Estado, si monarquía o república, una vez escuchado el tradicional discurso del Rey. Así lo ha expresado el vicepresidente segundo del Gobierno del Reino en su primer sermón de Navidad, una alocución leída en Twitter sobre las virtudes del formato republicano frente al monárquico.

Iglesias es un hombre feliz y satisfecho que ha sorteado la pandemia sin problemas. Su señora, doña Irene Montero, que es la ministra de Igualdad, sufrió los embates de la enfermedad en las primeras semanas de alarma, pero tras diecisiete o dieciocho pruebas logró dejar atrás el coronavirus sin sufrir secuelas. Durante ese tiempo, el amigo Pablo no se puso en cuarentena porque tenía que ejercer de vicepresidente Iglesias, aunque cuando vio el percal en las residencias de ancianos, cuyo control se había atribuido previamente, escurrió el bulto con una celeridad y agilidad dignas de estudio.

Ahora, cuando ha pasado casi un año de la entronización de la pareja galapagueña, Iglesias contempla complacido el panorama y augura un frenético debate en las mesas navideñas sobre cuestiones tan candentes como las finanzas y correrías del emérito, el papel de su hijo el Rey y el horizonte republicano que el vicepresidente avizora en lontananza tras haber dedicado todo el año a sembrar cizaña contra Felipe VI con la inestimable colaboración de Pedro Sánchez, a quien en la intimidad llama "el muñeco".

Que el tema de la cena será el Rey sí o no, es seguro para Iglesias. Al menos en su casa y en la de sus colegas no se va a hablar de otra cosa. Para ellos, el discurso del Rey es como el festival de Eurovisión o la noche de los Oscar, y si no quedan para verlo juntos como mínimo lo comentan y destripan durante días.

Otra cosa es lo que ocurre en los millones de hogares españoles donde no hay las chimeneas de Villa Tinaja. En miles de ellos habrá gente que no se sentará a la mesa porque se la llevó el coronavirus. En otros cientos de miles no estarán para monsergas porque se han quedado sin trabajo, porque llevan meses sin cobrar las prestaciones de los expedientes de regulación temporal de empleo, porque tienen un familiar enfermo o porque no se han podido reunir dadas las restricciones de movilidad. Habrá también casas en las que se pase de la política en fecha tan señalada, y cada vez hay más en las que se considera de mala educación hablar de tal cosa, especialmente si se menciona a Pedro Sánchez o Pablo Iglesias.

Así que es mucho sospechar lo que sospecha Iglesias, si bien es cierto que habrá hogares sin problemas en los que de primero puedan debatir sobre la Corona y de segundo, sobre la república catalana. Y ya para el postre la eutanasia, la Guerra Civil y las leyes igualitarias de doña Irene. Son casas de gente afortunada, acomodada e informada que seguro que está al cabo de los planes de Pablo Iglesias, quien pretende acogotar aún más a Sánchez a base de protestas en las calles para que cumpla con los acuerdos de investidura.

Fue el pasado sábado, en el llamado "consejo ciudadano estatal" de Podemos, cuando y donde Iglesias se comprometió a liarla en las calles con el apoyo de los sindicatos, los separatistas y la extrema izquierda. El tipo quiere que el Gobierno, su Gobierno, se avenga a subir el salario mínimo aunque no convenga, a abrir las fronteras a la inmigración ilegal y ofertar papeles para todos, a despenalizar la okupación y penalizar la propiedad privada, a conceder la amnistía a los golpistas, permitir un referéndum en Cataluña y derrocar la Monarquía, así como a ilegalizar a Vox y al PP también si su tocayo Casado se pone tonto. Aunque lo duda porque fue mentar Cayetana Álvarez de Toledo el pasado frapero de papá Iglesias y cargársela de portavoz el niño de Rajoy.

Según las crónicas, Iglesias reivindicó en ese consejo la huelga general del 88 y aseguró como anticipo de lo que prepara que "el conflicto político es el motor de la democracia". Es, como mínimo, alucinante que el vicepresidente de Asuntos Sociales pretenda incitar a las movilizaciones para presionar a su socio, además de desleal y muy preocupante. Y eso cuando ni la catástrofe económica, ni la incompetencia frente a la pandemia, ni las mentiras sobre el número de muertos, ni el desastre de los expedientes temporales, ni el mojón del ingreso mínimo, ni las colas del hambre ni etcétera, etcétera han provocado la más leve protesta pública. Tenemos lo que nos merecemos.

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