El cuponazo

Pablo Planas

Habrá que esperar hasta el 20 de diciembre para constatar el efecto electoral y colateral del cachondeo separatista, una juerga infinita en la que hozan los diputados del bloque de la ruptura, una tripulación pirata que no acaba de ponerse de acuerdo sobre el nombre del capitán, o sí. Todo es posible en Cataluña. El espectáculo parlamentario es soberbio, una bufa y delirante representación, una asamblea majareta donde los okupas compadrean con la oficialidad encorbatada mientras la nave va con rumbo a ninguna parte.

A pesar de la sosegada reacción del Gobierno ante el golpe revolucionario, los rostros de los amotinados reflejan preocupación y hasta pánico en algunos casos. Puede bastar una nueva admonición plasmática para que en cubierta sólo queden los ratones, pero mientras no asomen la gaita el kraken o la cabra por la Diagonal, la marinería sublevada continúa en sus negociaciones secretas, en las conspiraciones palaciegas, en una republiqueta vigente desde que Mas se subió al palo mayor con Junqueras de grumete.

Podría parecer una reposición de El sexto sentido. El parlamento regional está a la última en materia de moda zombi y cortes de pelo batasunos. Y es ahí, en el aspecto superficial, donde radica el problema. El chófer del president ha deslizado que los chicos y chicas del no a Mas le exigen una muestra de adhesión a la causa a la que la esposa del susodicho se niega aún más en redondo que Baños de momento. Pretenden que Mas comparezca en sede parlamentaria con una zamarreta en la que ponga "Free Otegi" o alguna parida por el estilo. Es el cuponazo, la prueba de fuego, el rito iniciático que separa a Mas de su gran objetivo, que no es la independencia sino mantener el trasero pegado a la poltrona y lejos de los tribunales.

De hecho, Cataluña hace mucho tiempo que dejó de ser España, Europa e incluso el planeta Tierra para convertirse en una realidad paralela, el dichoso Matrix que atraviesa el lenguaje separatista, de ahí que se les caiga cada dos por tres la tontería de pasar de pantalla. Para ellos es un juego, para Rajoy, algo incomprensible, y para el público, en el mejor de los casos, tal vez un entretenido pasatiempo.

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