El blindaje de Jordi Pujol

Pablo Planas

La aparición de nuevos tejemanejes de los miembros del clan Pujol Ferrusola coincide con la restauración pública de la figura del expresidente regional catalán. Crece el escándalo y crecen las posibilidades de que los miembros de la gran familia catalana eludan la acción de la justicia. No sería la primera ni la segunda vez que un Pujol, padre, hijo o abuelo, cuela su caso por los agujeros negros del sistema, purgatorios donde los delitos económicos y fiscales que determinan las pruebas policiales acumulan polvo a la espera de la prescripción, el sobreseimiento o el desestimiento.

La restauración pública de la figura es de una literalidad absoluta. El artista que esculpió la estatua del tetrarca del tres por ciento (que era y es mucho más) ha concedido unas declaraciones al periódico La Razón en las que denuncia que no sólo derribaron la estatua sino que la intentaron decapitar, le lastimaron un dedo y le arrojaron pintura. La estatua reposa de tanta herida y agravio en un almacén municipal de Premiá de Dalt, el pueblo de la madre de Pujol, mientras el ayuntamiento ultima un sofisticado dispositivo de blindaje electrónico para evitar irrupciones indeseadas en el perímetro del pedestal. El escultor, que se llama Xavier Martos, dice que la escultura ya se encuentra mejor, que la han limpiado y que le va calzar una vigas de hierro reforzado en los cimientos que imposibilitarán en lo sucesivo la profanación. Salvo que lo cubran con una cúpula de metacrilato, que todo puede ser, la estatua sólo estará a tiro de los pájaros, que la habían convertido en un auténtico mojón, una letrina aviar única en su género en España. Era la justicia poética de las gaviotas. Nada que ver con el símbolo del PP, sino con la precisión de los láridos en sus aproximaciones en vuelto rasante a la estatua, blanco predilecto de sus deposiciones.

De seguir esta deriva, a los sensores electrónicos del mondongo sucederá la presencia permanente de un batallón de los mossos d'esquadra en uniforme de gala, con chistera y trabuco de repetición. El cambio de guardia puede ser una atracción turística grandiosa.

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