El Barça, en ruinas

Pablo Planas

Uno de los aspectos más plásticos del hundimiento en la irrelevancia de Cataluña es la decadencia del F. C. Barcelona, que ha pasado de ser una potencia deportiva y política a una auténtica ruina que se cae a pedazos. Como la gran mayoría de las historias catalanas, la del Barça también es una farsa, una leyenda con escaso sustento en la realidad, uno de esos cuentos elaborados por el nacionalismo para borrar hechos como que el franquismo le sentó estupendamente al club, tan bien que hasta había una estatua de Franco en una de las puertas de acceso al estadio. ¿Algún otro club de España puede decir lo mismo? No, ninguno.

La operación para levantar el Camp Nou hubiera sido imposible sin las facilidades concedidas por el régimen. Hoy en día, todos los implicados en el pelotazo hubieran acabado en la cárcel, pero aquellos eran otros tiempos. Sea como fuere, al Barcelona no le fue nada mal durante la dictadura y solo al final, cuando aquello que se llamó "el hecho biológico" se antojaba ineluctable, descubrió el club el ascendente catalanista en un pasado remoto, en los tiempos del general Primo de Rivera, cuando se le cerró el campo por una silbatina al Himno Nacional. Como dijo El Gallo, nihil novum sub sole.

A principios de la década de los setenta Manuel Vázquez Montalbán empezó a teorizar sobre el carácter simbólico del club azulgrana y su vinculación con el catalanismo político, pero no sería hasta bien entrados los años ochenta que acuñó aquello de que el Barça era "el ejército desarmado de Cataluña, de una nación sin Estado y, por lo tanto, sin ejército". Según una tesis doctoral de Jordi Osúa sobre Vázquez Montalbán y el Barça, la frase aparece en la novela de la serie del detective Carvalho El delantero centro fue asesinado al atardecer, editada en 1988.

Pura ficción, empezando por eso de que Cataluña sea una nación, pero ahora se da por descontado que el club azulgrana fue un elemento sustancial de oposición al franquismo y algo así como la reserva espiritual del poble català a la altura de la congregación benedictina de Montserrat (otra considerable estafa). Es la historia que se ha explicado desde comienzos de los ochenta, cuando el gallardo catalanismo perdió el miedo a que Franco levantara la cabeza.

A día de hoy, el Barça es un club al borde la quiebra, con quinientos millones de deuda, si no más, una plantilla desmoralizada y un presidente fachenda que incumplió la promesa por la que fue elegido, la permanencia de Messi en el equipo, y que en un alarde de señoritismo ha llegado a afirmar que albergó la esperanza de que el futbolista argentino jugara gratis. Un crack, este Laporta.

En los últimos días ha filtrado a la prensa amiga que el público que acudía al Camp Nou en tiempos de su antecesor, Bartomeu, corrió un serio peligro ante el deplorable estado de conservación de las instalaciones. Incluso llegó a deslizar que había una colonia de palomas cuyas deposiciones caían directamente en una de las planchas donde se preparaban las salchichas y butifarras que se venden en los descansos. Y eso sería lo de menos en comparación con la situación económica que habría dejado la anterior junta. Sin embargo, Laporta es renuente a ir a los tribunales como haría cualquier en su lugar si fuera cierto todo lo que dice.

Lo que sí que ha hecho, según contaba este miércoles Vozpópuli, es subir el sueldo a sus directivos. Los once fenómenos de Laporta cobrarán hasta 343.000 euros anuales por barba. Los catorce de Bartomeu sólo ganaban 256.000. Otra cosa que también ha hecho es cambiar los estatutos para poder fichar a su hermana y a su prima. Y todo ello cuando ante el club se atisban dos opciones: o el rescate político para que no se convierta en sociedad anónima o eso, una sociedad anónima que hará inmensamente ricos a Laporta, su avalador Roures y demás amiguetes.

De modo que el Barça, como la economía, la política, la cultura y la universidad, no es más que otra víctima menor en la pira de los años locos del proceso que encumbró a galácticos como Mas, Torra, Junqueras y Puigdemont.

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