Ducha escocesa tras la Diada

Pablo Planas

Después del ardor patriótico del 11 de septiembre, en Cataluña llega una resaca del doce. Tras la exaltación, la realidad, que hasta el actual presidente de la Generalidad, Carles Puigdemont, es capaz de percibir entre las brumas de la ensoñación separatista. No se puede hacer un referéndum que no tenga garantías, que no sea validado por la comunidad internacional y que no cuente con el beneplácito y el acuerdo del Gobierno de la Nación, ha venido a decir este lunes; pero sin lo de la Nación. Para ello se debería cambiar la Constitución y montar una confederación ibérica de comunidades autodeterminadas o alguna chapuza por el estilo. Es lo que propone abiertamente Podemos al pairo de las teorías de sus socios en Cataluña, País Vasco y Galicia sobre la fragmentación de la soberanía nacional.

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, de campaña por Galicia y seguramente aconsejado por la candidata Cristina Losada, ha calificado lo de la Diada como un "penultimatum", el ya tradicional "vamos, vamos, que nos vamos" de cada año por estas fechas en la comunidad autónoma catalana y que desemboca al cabo de doce meses en un reiterado Onze de Setembre "para la Historia". Se trata de un acierto semántico el de C's, que, empero, no debería contribuir a la relativización del denominado procés, a pesar de los cinco años de reposición de lo masivo, festivo, cívico y pinturero que es el "pueblo catalán" a la hora de organizar coreografías multitudinarias. Y este año con el aliciente añadido de que no había una sola pista en el circo, sino cinco.

Puigdemont necesitaba calentar la última Diada y ahora necesita enfriar el ambiente, una práctica que en términos de salud y belleza es una ducha escocesa. De ahí que, ante la tesitura de un referéndum unilateral en las mismas patéticas circunstancias que el del 9-N de 2014, tenga en la cartera un plan B, unas nuevas elecciones autonómicas a celebrar el próximo verano y que, como las pasadas, el separatismo considerará constituyentes si vuelve a ganar en escaños, dado que en Cataluña los votos cuentan poco si contradicen el mantra de que el soberanismo es mayoritario.

En manos de la CUP y con Podemos (en Cataluña, En Comú Podem) al acecho, Puigdemont sólo tiene dos salidas: comenzar a quemar fotos del Rey y banderas de España para satisfacer a los cuperos o convocar elecciones en un plazo asumible para la refundación de su partido, la formación sin siglas heredera de Convergencia que preside Mas. El problema cambia de perfil. Las urnas pueden dar al neopujolismo una patada en el trasero definitiva tras un ciclo electoral de derrota en derrota. Lo que viene es la confluencia entre Colau, Junqueras y Anna Gabriel. Como dijo Murphy, todo es susceptible de empeorar.

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