Desobedecer es cultura

Pablo Planas

La alcaldesa de Berga, perteneciente a la CUP, se niega a colgar la bandera de España, a descolgar la estelada y a declarar ante el juez. Igual que el concejal de su mismo partido en Vich Joan Coma, a quien se investiga por haber dicho en el pleno que para lograr la independencia, igual que para hacer tortillas, habría que romper huevos. José Téllez, edil en Badalona, rompe la requisitoria de un juzgado para que el Ayuntamiento no abriera el 12 de Octubre. La Generalidad y el Ayuntamiento avisan al Tribunal Constitucional y a quien corresponda de que no permitirán una sola corrida de toros en su territorio. Artur Mas, Francesc Homs y Carme Forcadell, entre los dirigentes políticos más notorios, se ciscan en los tribunales que les empuran y hacen gala de un inaudito perfil insumiso. Los expertos del proceso separatista han concluido que en Cataluña hay una "cultura de la desobediencia". En la Polinesia se daba el canibalismo, pero nunca pretendieron que se tratara de una cultura.

Al margen del uso indiscriminado de la palabra cultura como contenedor de mojones como los de la desobediencia, la okupación, el skate-board o el asamblearismo universitario, el punto de no retorno comenzó cuando Artur Mas montó el referéndum del 9-N de 2014 porque le dio la gana y se fundió en un abrazo con el delegado de Otegui en Cataluña, el cupero antisistema, anticapitalista y comecuras David Fernàndez. Ahí es que si el presidente de la escalera se lo hace en el portal, el vecino del quinto tira la basura por la ventana.

Todavía no está claro si la desobediencia es pasiva o partidaria de cascar huevos, como propugna el concejal Coma, en el ejercicio de ese nuevo derecho catalán a desobedecer, una prerrogativa que por el momento sólo disfrutan los políticos. Puigdemont se declara dispuesto a ir a la cárcel por volver a poner las urnas de cartón. Es como aquel que dice que se encerraría con seis miuras en la Monumental de Barcelona. Ni uno ni otro corren el más mínimo riesgo de ir a la cárcel o a la enfermería. Al primero, como a su antecesor, lo más que le van a pedir es una inhabilitación y en cuanto al segundo, en Barcelona no volverá a haber toros, porque en Cataluña se puede desobedecer al Constitucional, a la Audiencia Nacional, al Supremo, al Superior y al cobrador del gas, pero jamás a la Generalidad, a Colau, al CAC, a la Asamblea Nacional y a los que tienen perro.

A mayor abundamiento, el PSC de Miquel Iceta desobedecerá la consigna del PSOE de abstenerse en los minutos de la basura para investir a Mariano Rajoy. El jefe de los socialistas catalanes presume de su impostura, que no es más que otra concesión a esa cultura de la desobediencia que se estila en Cataluña. No es lo mismo desobedecer al Constitucional que a la gestora del PSOE, pero en la subcultura de Iceta pasar de la disciplina de partido debe de ser más temerario que no acudir a declarar a un juzgado, porque allá donde no llega la justicia llegan las venganzas. Otra cosa es el rendimiento mediático que le está sacando a no hacer caso al comité federal el último desobediente catalán.

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