Cómo conseguir un ambiente irrespirable

Pablo Planas

La tropa de iluminados que está al frente de la Generalidad se dice dispuesta a todo, al punto de que Jordi Turull, el nuevo portavoz de la gavilla, se monda con lo de que Mas vaya a tener que pagar cinco millones por el desaguisado del 9-N. Dice Turull que "si por cinco millones se creen que vamos a parar la independencia, dan risa". El proceso es un programa de centrifugado de las emociones de los separatistas, a quienes los demás tanto les causan pena que risa. Parece que a los nuevos pirómanos del Gobierno regional no les impresionan demasiado las multas. Eso sí, no hay manera de que firmen papel alguno y sin huevos no hay tortilla. En realidad se trata de provocar un incendio devastador y que parezca cosa de un rayo.

Los separatistas tienen menos prisa en hacer el referéndum que en suplicar a gritos que se lo impidan. Si se pueden evitar comprar las urnas, los ordenadores y programas informáticos antes de que el Estado se vea obligado a adoptar medidas coercitivas, eso que se ahorran en la multa que les pueda caer después. De ahí se infiere el tono abiertamente desagradable, prepotente y desafiante de todos los voceros del referéndum. No quieren urnas sino contenedores de basura en llamas.

Uno de los exaltos cargos radicalizados que pulula en el entorno de Mas, Josep Martí Blanch, desveló en un artículo en El Periódico los planes de la cúpula del golpe con un notable grado de detalle sobre el propósito de convertir el parque de Barcelona donde está el parlamento autonómico, al lado del Zoológico, en una réplica de la plaza Tahrir. Escribía Martí Blanch:

El parque de la Ciutadella se convertirá durante unas semanas en una revisitada plaza de Tahrir en la que la primavera árabe se tornará otoño catalán. Un otoño que debilitará las posiciones del Gobierno hasta que, sea por voluntad propia, sea por presión internacional, se avenga a aceptar la nueva situación o, como mínimo, a negociarla.

Tal vez se refiera a eso Puigdemont cuando dice que Rajoy y Sáenz de Santamaría miran al dedo en vez de a la Luna, que sería del 2 de octubre en adelante. Tahrir o Maidan, los mulás de la Generalidad ya se imaginan a familias enteras en huelga de hambre por la independencia y la irrupción de la Guardia Civil a tricornio calado en el despacho del president. Más una buena bullanga con disturbios y descalabrados que abra los telediarios de medio mundo (altercados callejeros en la capital española del turismo de botellón) para que de una vez por todas tengamos un problema de irreparables consecuencias sociales, culturales y económicas ahora y para las generaciones venideras.

Esa es la idea y mientras tanto a provocar, volar puentes, incendiar el ambiente, redoblar las mentiras, ampliar los fingidos agravios y resoplar a tope para provocar un estado de máxima excitación entre las bases separatistas y una insoportable tensión social. El 1-O es una pantalla superada, según su jerga, porque si no hay urnas será culpa de Madrid y si es una chapuza, pues también. Ellos siempre ganan y tienen razón.

Una intervención del Estado podría causar, no obstante, lo que ya pasó cuando se ilegalizó Batasuna. En teoría iban a arder Bilbo y Donostia y no pasó nada ni en Bilbao ni en San Sebastián. El separatismo confía en el vasto tejido clientelar y funcionarial que cada 11 de septiembre desde hace cinco años exhibe un músculo muy notable para amortiguar el impacto, pero cuando se entre en esa fase Tahrir prevista en el programa separatista habrá que recalcular el número de manifestantes que caben en un metro cuadrado de asfalto dada la tendencia del nacionalismo a contar por miles donde hay uno o ninguno.

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