Civismo catalufo

Pablo Planas

De entre los muchos sacrificios por la república que están dispuestos a llevar a cabo los catalanistas destaca el de ataviarse con prendas y lazos amarillos, color que rivaliza con la estrellada en el imaginario separatista. El amarillo es incómodo, fácil de combinar, pero asociado al mal fario, la prensa sensacionalista y la ictericia. Ha sido adoptado por el catalanismo para exigir la liberación de los golpistas y mostrar su adhesión inquebrantable al presidente Puigdemont, que trama un partido único tipo amanecer dorado, ni de izquierdas ni de derechas, sólo catalán.

La requisa de algunas camisetas amarillas en los accesos al Estadio Metropolitano en la final de la Copa del Rey constituye un episodio muy celebrado en las filas separatistas. Mención especial en los deportes de TV3 a la mujer que obligada por una agente de la Policía Nacional se desprende con un beso de la samarreta que tal vez la había vestido en las últimas cinco concentraciones por los presos. Otra heroína anónima para la maquinaria propagandística, más madera en la caldera del rencor.

Un periodista de la misma cadena se fue a disfrutar de la final en su tiempo libre acompañado por un hijo de once años. Dice en el Twitter que elementos de la seguridad del recinto intentaron decomisarle un silbato, sacarle del asiento y, lo peor, que hicieron llorar al niño. Menos mal, añade el reportero en la red social, que la criatura "ha visto que la dignidad, la democracia y la libertad están por encima de la injusticia". Tal cual, en los prolegómenos de un partido de fútbol cuya sustancia para miles de aficionados barcelonistas e independentistas consistía en silbar el Himno Nacional, insultar al Rey y despreciar al resto de los españoles.

Planazo. Excursión culé/separatista a Madrid. Una tipa es trending topic por su jura de la camiseta y un periodista de TV3 vive la aventura de su vida soplando el pito en presencia de un hijo suyo. Tremendas víctimas de la represión del Estado otomano, héroes modernos de la libertad de expresión, reflejos vivos de un pueblo que sufre bajo la tiranía del artículo 155.

Esa gente está convencida de que la Marcha Real es la cumbre sinfónica del fascismo. Le llaman el "lolo-lolo" y atribuyen la carencia de letra al analfabetismo intrínseco del pueblo español, subespecie de primates peldaños abajo del superhombre catalán. Odian esos sones con el mismo ardor con que berrean Els Segadors en la Plaza Mayor de Madrid ante un contingente de la Policía Nacional. ¿Cómo? Pues sí, en medio del aterrador desprecio a los más elementales derechos catalanes, peldaños arriba de los humanos, la coral del CDR (Comité de Defensa de la República) del Fútbol Club Barcelona interpretó el tan perseguido himno autonómico de Cataluña frente a un destacamento de piolines de la muerte. Pilar Rahola, la editorialista jefe de TV3 y La Vanguardia, solaza a sus seguidores en redes con la singular estampa, "avui a Madrid, Catalunya triomfant", de los boixos nois en el corazón de la Villa y Corte. Pelos como escarpias se le pusieron a la musa del proceso ante tamaña exhibición de dignidad, democracia y toda la vaina.

Gran demostración de civismo catalufo de unos quince mil hiperventilados, fanáticos azulgranas, intransigentes separatistas, milicias amarillas de Farabundo Puigdemont en el centro de España. Viaje en autobús con bocadillo incluido y acción relámpago de los más comprometidos en el interior de la capital. Otra victoriosa escaramuza de la república fuera de casa mientras prosiguen las amenazas en campo propio.

A continuación