CiU, una formación antisistema en Europa

Pablo Planas

Como la mayoría de los dirigentes y portavoces del proceso separatista carecen del más mínimo respeto por la inteligencia ajena y la lógica propia, la idea es que el nacionalismo catalán habría sido pionero del europeísmo no sólo en España sino en la propia Europa. La misma Unión sería un artefacto inviable sin Cataluña, por mucho Berlín, París, Roma y Varsovia que se pongan por delante. Tal tesis es prácticamente indiscutida en el Parlamento catalán, por lo que la perspectiva de una república catalana extracomunitaria no provoca el más mínimo efecto en CiU, ERC y el resto de los partidos separatistas. No se atreverán a dejarnos fuera de Europa, arguyen Artur Mas, Oriol Junqueras y sus candidatos europeos.

La acusada propensión nacionalista a dar lecciones de moralidad y democracia al resto del mundo está muy bien representada por el cabeza de lista convergente, el economista Ramon Tremosa, quien afirma que en el idioma de Bruselas nein es oui, por lo que cuando Martin Schulz y Jean-Claude Juncker, así como todos los comisarios europeos por orden alfabético, se niegan a contemplar la hipótesis de un Estado catalán en la UE estarían diciendo en realidad que avalan la consulta del 9-N y esperan ansiosos la llegada de un nuevo socio al club.

No es exactamente así, sino todo lo contrario, como es público y notorio salvo para los más intransigentes y empecinados exploradores de vías sin retorno y callejones sin salida. Puede que le asista algún mérito al ministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, en la adopción por parte de los portavoces y prebostes de la UE de una posición común respecto a los planes de Mas y Carme Forcadell, pero hay un factor aún más determinante. El nacionalismo catalán no es que haya llevado a Europa su pertinaz búsqueda de agravios, injurias y muros donde lamentarse; es que se comporta como un conductor en dirección contraria, lo cual es inevitable y está en su naturaleza, como en la del escorpión picar a la rana. Europa será sólo una lonja, sí, pero alérgica al nacionalismo, del mismo modo que el nacionalismo es contrario a la disolución de las peculiaridades regionales en las dinámicas continentales.

La actuación de los diputados catalanistas en el Parlamento europeo y de los embajadores de la Generalidad, tanto ahora como en tiempos del tripartito, ha sido determinante para que el crédito de CiU y ERC en Bruselas, Estrasburgo y las principales capitales y casinos de Europa sea nulo, cero, en plan "Señor, haga el favor de abandonar el local". Tremosa, por ejemplo, se jacta de haber hecho más de mil preguntas a la Comisión, todas sobre el derecho a decidir, el proceso catalán, el caso escocés, la vía padana y el problema kosovar. También presume de haber interpelado varias veces sobre un pisotón de Pepe a Messi y sobre un editorial de un periódico de Madrid "contra Cataluña". Con ese bagaje, CiU afirma ser una fuerza considerada en Europa. Y lo es, es considerada como la Liga Norte, el Partido Pirata, las alianzas radicales y las listas antisistema.

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