Así pasa el rato Pedro Sánchez

Pablo Planas

Ricos y famosos. Maneras de pasar el rato durante la cuarentena. Messi le da patadas a un rollo de papel higiénico. Ha conseguido tocarlo con los pies diecinueve veces antes de despejarlo de volea. Carmen Lomana desvela en Instagram sus trucos de maquillaje. El actor Álex González hace una cosa con una pelota que no tiene nombre (la cosa). Arnold Schwarzenegger enseña cómo fumarse un puro en el jacuzzi. Y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ensaya discursos huecos leídos en el teleprompter.

Dice el jefe del Ejecutivo que lo peor está por llegar y que lo peor está por llegar. Es más, que lo peor está por llegar. Ha entrado en bucle. Se ha rayado o se ha estropeado el aparato. Y dice también que en los próximos días tendremos test, mascarillas y respiradores. En los próximos días, o no, se llegará al pico de la pandemia y en los próximos días, seguro, seguirán las ruedas de prensa y los discursos del presidente.

Sánchez considera que es su obligación salir en la televisión aunque no tenga nada que decir y lo hace con gusto, compungido pero dispuesto a estar el tiempo que haga falta, aunque sea para advertir al pueblo de que ha bajado el consumo de gasolina y ha subido el de internet. Ojo, paren rotativas. El tráfico aéreo cae en picado, a la par que el gasto de queroseno. Y ahí está Sánchez, siempre al quite, para establecer un vínculo entre ambos factores.

Y todos aquellos que criticaron al Rey, el jefe del Estado, por dar un discurso, vitorean a Sánchez, el jefe del Gobierno, por dar muchos discursos y mucho más largos. A la contra, Abascal, el presidente de Vox, compara las intervenciones de Sánchez con los aló presidente que se largaba Hugo Chávez. También se podrían equiparar a las peroratas de cuatro horas y media de Fidel Castro. Aunque eso no es nada. El senador estadounidense Ted Cruz se tiró una vez 22 horas seguidas hablando (y leyendo tuits) para retrasar la votación sobre el Obamacare.

Aún le queda a Sánchez para alcanzar semejantes registros, pero tiempo al tiempo. El confinamiento va para largo y el presidente le ha pillado el gusto a declamar palabras vanas. Él, que prometió que haría lo que hiciera falta, donde hiciera falta y cuando hiciera falta, toma frase, y resulta que se refería a dar la brasa los sábados por la noche y los domingos por la tarde, además de contestar lo que le da la gana a las preguntas que le da la gana. Son los monólogos del club de la tragedia.

No obstante, algo bueno tenía que tener tanto discurso, y es que Sánchez acaba de reconocer que las Fuerzas Armadas y los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado no constituyen un gasto superfluo. No está mal, pero que nada mal, aunque de su edad y cargo hubiera cabido suponer que era algo que sabía desde hace años. Ahora sólo falta que se lo haga saber a sus colegas Torra y Rufián.

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