Un friki en la Moncloa

Pablo Molina

Pocas veces hemos visto en un personaje de la política hacer un ridículo tan estruendoso como el que protagonizó Iván Redondo en el programa de Jordi Évole en la noche del pasado domingo. Solo Pablo Iglesias ha llegado a rozar esas alturas cimeras en el arte de provocar vergüenza ajena, pero Redondo lo superó ampliamente sin que se le notara el más mínimo esfuerzo. El exasesor de Sánchez mostró un don innato para protagonizar momentos bochornosos sin solución de continuidad y, lo que es más meritorio, hacerlo convencido de que nadie iba a sospechar que es un pobre hombre con un injustificado complejo de superioridad.

Nada más comenzar la entrevista, Redondo sacó dos piezas de ajedrez del bolsillo de su chaqueta, aclarando que eso no estaba preparado. Ahí ya pudimos ver por dónde discurre la energía mental del personaje y cuál es la opinión que le merecemos los honrados telespectadores, votantes al fin y al cabo. Pero es que, si es cierto que el tipo lleva los bolsillos llenos de alfiles, peones y torres, entonces necesita atención profesional inmediata y una fuerte farmacopea, porque esas cosas solo las hemos visto en películas que suelen acabar muy mal.

Si Redondo se hubiera asesorado a sí mismo con el nivel de excelencia con que asegura haberlo hecho con Sánchez, se hubiera ordenado no aparecer en televisión. No se pidió consejo mirándose al espejo y el resultado fue un harakiri en directo que avergonzó hasta a Jordi Évole, algo que hasta ahora nadie había podido lograr.

Pero lo peor es que Redondo es un tipo muy aburrido. Su pretenciosidad en las respuestas (solo él puede soltar un "in my opinion" o un "te voy a contar algo que nadie sabe" para no decir nada a continuación) y la necesidad de hacer creer que es el responsable de todos los aciertos del Gobierno y de ninguno de sus clamorosos patinazos resultaron enternecedores.

En el partido socialista ha caído muy mal esa entrevista y la opinión prácticamente unánime en Ferraz es que este tío es un mamarracho. Las críticas han sido especialmente duras con eso que dijo de que solo pasaba por allí cuando se decidió poner en marcha la catarata de mociones de censura iniciada en Murcia, que acabó con un ridículo espantoso en la capital del Segura y una victoria abrumadora de Díaz Ayuso. Él lo advirtió, pero no le hicieron caso. Ahí tienen el resultado.

Por supuesto, Sánchez no le puso en la puñetera calle. Muy al contrario, le rogó por tres veces que entrara en el Gobierno. En una de esas ocasiones, el presidente llegó a enviarle el mensaje a través de dos amigos comunes, escena que suena más a Los Soprano que a El Ala Oeste de la Casa Blanca. Iván, claro, rechazó la oferta porque él es un creador de líderes, un estratega en la sombra, no un afiliado con ganas de figurar.

Todos creíamos que Iván Redondo era un sabio de la comunicación política, capaz de maniobrar en los escenarios más complicados para llevar a la opinión pública al terreno propicio para su jefe. Pero salió en lo de Évole, se sinceró, y ahora ya sabe todo el mundo que no es un gurú infalible, sino un friki de Donosti que creía estar protagonizando Borgen cuando, en realidad, ejercía de extra en Vote a Gundisalvo.

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