Sánchez y el carajal saudí

Pablo Molina

El asesinato de Yamal Jashogui en el consulado saudí de Estambul es otro ejemplo siniestro de cómo una teocracia sin escrúpulos se deshace de sus adversarios políticos. El asesinato de Estado es una tradición secular de las dictaduras que las monarquías árabes conservan con toda su frescura, en consonancia con su manera global de entender el gobierno. La desaparición de Jashogui podría haberse saldado como un episodio más en esta arraigada tradición totalitaria, si no fuera porque se trata de un personaje residente en EEUU, con una vasta red de contactos oficiales en aquel país y colaborador habitual del prestigioso Washington Post. Asesinar a porrazos en suelo extranjero a una persona con esa influencia es desatar toda una tormenta diplomática a la que ahora ha de hacer frente la monarquía saudí.

La cosa no pasaría a mayores si no fuera porque los petrodólares saudíes están presentes en numerosos sectores estratégicos de la industria internacional, cuyos beneficiarios han de hacer frente a la aguda contradicción que supone seguir comerciando con un régimen sanguinario cuando los gobernantes de las democracias occidentales defienden sin descanso la paz universal y los derechos humanos con un discurso a la altura intelectual de un parvulario.

Y hete aquí que Pedro Sánchez, oh felicidad, está precisamente en esa tesitura. O hace honor a sus chorradas buenistas y cancela la venta de armas a Arabia Saudí, lo que le obligará a explicar a los trabajadores de Navantia –sobre todo en Cádiz, feudo podemier– por qué los envía al paro, o se alinea con Donald Trump y actúa con realismo político y sentido de Estado, separando la defensa de los derechos humanos en la península arábiga del interés nacional. En otras palabras, o provoca un invierno caliente en las calles mandando al carajo los 6.000 empleos del encargo de barcos de guerra saudíes o se suma al eje Washington-Riad y coloca en medio a Madrid.

Los ministros de Sánchez dicen que esto es una cosa que ya aclarará él en su momento. Está todo tan oscuro que ni Adriana Lastra, ¡ni siquiera ella!, ha dado con la tecla para ofrecer una explicación. Igual anuncia hoy Sánchez que envía a su socio Iglesias a Cádiz a negociar con los obreros de Navantia. Le haría un gran favor al Gobierno y también a Irán. Para el bolivariano, doble felicidad.

A continuación