Por qué están fracasando los rebeldes sirios

Pablo Molina

La oposición a Bashar al Asad está integrada por un crisol de organizaciones de lo más variopinto que apenas tienen en común su pertenencia a la secta suní, la interpretación mayoritaria en el islam, opuesta frontalmente al chiismo, la otra gran rama islámica, que aglutina aproximadamente al 20 por ciento de los musulmanes y tiene al régimen iraní como principal impulsor.

El levantamiento contra el dictador sirio puede caracterizarse por tanto como una rebelión suní, pero este elemento de cohesión es insuficiente para garantizar una unidad de mando militar y, lo que es más importante aún, una visión compartida acerca de cómo debe ser el futuro de Siria una vez acabe la guerra civil.

El Washington Institute se hace eco de un estudio del Institute for the Studies of the War (ISW) que analiza precisamente la composición del bando opositor a Bashar al Asad. En sus páginas se ofrecen datos de interés sobre el número de combatientes y la potencia militar de las distintas facciones que operan en Siria contra el Ejército gubernamental, apoyado a su vez por Moscú y Teherán.

El estudio hace una primera criba en la que selecciona a los treinta y tres grupos con mayor potencial militar entre los centenares de facciones que operan en la guerra contra Asad. Estos grupos encuadran a unos 90.000 hombres, según el ISW.

Además de estas organizaciones mayoritarias, lideradas por el Estado Islámico y las distintas facciones vinculadas a Al Qaeda, hay otra serie de grupos armados distribuidos por todo el territorio sirio, a menudo integrados por unas pocas decenas de combatientes pertenecientes a clanes locales. Las estimaciones del estudio sitúan en un máximo de 60.000 hombres las tropas de todos ellos.

En total, por tanto, el bando rebelde contaría con unos 150.000 hombres, frente a los 125.000 del Ejército regular sirio. Sin embargo, Asad dispone también de otros 150.000 hombres pertenecientes a distintas milicias chiíes, en las que se incluyen las tropas desplazadas al conflicto por organizaciones extranjeras como el grupo terrorista chií libanés Hezbolá, muy activo en la defensa del régimen de Damasco.

A las diferencias acusadas y contradicciones entre las distintas facciones rebeldes hay que añadir, como otro elemento de desunión, los intereses de las potencias extranjeras que apoyan a unos grupos y otros.

Los Gobiernos occidentales, Arabia Saudí y la alianza Qatar-Turquía tienen cada uno sus particulares socios: Occidente financia principalmente a los secularistas, Riad tiende a apoyar a los grupos salafistas y yihadistas, mientras Doha y Ankara prefieren dar su apoyo a organizaciones que defienden un islamismo político.

La división entre los donantes, así como las profundas diferencias ideológicas entre los centenares de grupos rebeldes, hace que los enfrentamientos entre ellos no sean algo infrecuente. De hecho, las luchas intestinas han beneficiado en gran medida las operaciones militares del Ejército sirio, como ocurrió en los suburbios de Damasco. Allí, el conflicto planteado por la franquicia de Al Qaeda contra las organizaciones que le disputaban la hegemonía tuvo como consecuencia que las tropas de Asad retomaran amplias zonas de la capital.

Esta ausencia de un mando único provoca situaciones caóticas que, a menudo, se resuelven no con vistas a la consecución de un objetivo militar superior, sino en función de los fondos a repartir procedentes de los donantes extranjeros o de la capacidad de uno de los grupos para imponer su mandato a los demás. Según este informe, no es raro que las guerrillas rebeldes establezcan alianzas estratégicas puntuales para alcanzar un objetivo; una vez conseguido, se disuelve la coalición y se negocia nuevamente en función del dinero recibido del exterior.

La desunión en las filas rebeldes y la presencia en ellas de potentes organizaciones yihadistas están permitiendo al bando de Asad mantener sus posiciones tras casi seis años de conflicto. La nueva Administración estadounidense, concluye el informe, debería hacer un esfuerzo por ayudar más a los grupos secularistas, de manera que aumente su presencia y relevancia en la dirección de la guerra. Pero aún así, mientras Arabia Saudí, Qatar y Turquía sigan financiando el yihadismo, cualquier esfuerzo por ahormar una oposición prooccidental a la dictadura de Asad seguirá estando llamado al fracaso.

© Revista El Medio

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