España

Manía constitutoria

Pablo Molina

La oposición padece en estos momentos un brote de neurosis que cursa con un comportamiento obsesivo, consistente en pedir varias veces al día una reforma constitucional. Esta manía constitutoria, término acuñado por Fernández de la Mora al que también se refería como epilepsia constituyente, no tiene visos de que vaya a desaparecer a corto plazo, sobre todo porque surge como alternativa ficticia a los delirios del nacionalismo catalán, cuyos dirigentes han conseguido que sus numerosos feligreses hayan entrado en un estado permanente de histeria colectiva. O sea, todos locos. Si esto sigue así, en poco tiempo la profesión de psiquiatra va a tener en España más futuro que el resto de especialidades médicas y todas las ingenierías juntas.

Los partidos políticos españoles en estos momentos se dividen entre los quieren cambiar la Constitución, como el PSOE, y los que quieren dinamitarla sin más preámbulos, que es la tesis de los nacionalistas y sobre todo los pablemos, que para eso han estudiado ciencias políticas. Luego está el PP, que en este asunto, como en todos los demás, prefiere ponerse de lado a ver en qué queda la cosa para celebrar después los hechos consumados con la fe del converso. Es lo que ocurrió con el Estatuto de Autonomía de Cataluña, que los populares pasaron de impugnar en los tribunales a defender en todo su articulado como una conquista democrática que hay que preservar.

Los defensores de la reforma constitucional, entre los que destaca el cansino Pedro Sánchez por méritos propios, se abstienen de explicar qué es exactamente lo que quieren modificar. Haciendo gala de un infantilismo democrático que nuestros socialistas no han logrado superar a pesar de las más de tres décadas transcurridas, creen que los principales problemas nacionales se resolverán simplemente cambiando la Constitución. Víctimas del pensamiento mágico que estructura su ideología, consideran que el mero hecho de reformar la Carta Magna ejercerá un influjo decisivo en el nacionalismo periférico que llevará a sus dirigentes a "restablecer los afectos" (ZP dixit) con el resto de España, según ellos, la causa principal de que la Generalidad haya montado su golpecito de Estado.

La cuestión clave en todo este embrollo es qué piensa hacer al respecto el Partido Popular. En primer lugar porque está en el Gobierno, pero también porque es el único partido que tradicionalmente ha hecho gala de una cierta solvencia en los grandes asuntos de Estado. No parece que (tampoco) en este asunto esté por la labor de presentar batalla en el terreno político y, llegado el caso, lo más probable es que acabe aceptando el consenso de la reforma constitucional. Sólo cabe esperar que, llegado ese momento, sus dirigentes tengan una idea aproximada de qué es lo que quieren hacer con España, en el supuesto de que para entonces quede algo que todavía pueda seguirse llamando así.

A continuación