Las rebelión anfibia en las milicias podemier

Pablo Molina

Manuel Frage Iribarne proclamó cuando era ministro de Gobernación que la calle era suya. Hoy es de los podemier, o al menos eso es lo que pretende su líder supremo, que ya se ha cansado de que en el Parlamento no lo aclamen como el estadista providencial que necesita estepaís. Él ha dado tiempo suficiente a los demás diputados para que perciban su grandeza, pero el tiempo pasa y ya sólo lo respetan en La Sexta, y eso en determinadas franjas horarias, generalmente fuera del praintain.

Pablemos vino a la política para instalarse en la Moncloa a la mayor brevedad, no para vegetar en un escaño del Congreso rodeado de mencheviques como Errejón, que ahora ha mutado en anfibio, confirmando así, al menos en el terreno político, la validez de la teoría evolutiva.

En las Cortes, la enfermiza necesidad de acaparar la atención de Pablemos sólo se ve colmada de manera puntual cuando sale a morrearse con el líder de su facción separatista en Cataluña, un joven con pendiente cuyas dificultades para expresarse en un español básico demuestran hasta qué punto merecen los palmeros del nacionalismo la inmersión lingüística que han impuesto a los hijos de los demás. Están también las performancias en la tribuna del Hemiciclo con las típicas frases de autoayuda del manual del buen marxista (declamadas con mirada soñadora y el puño en alto), pero debates sobre el Estado de la Nación sólo hay uno al año, y el síndrome de abstinencia no respeta esperas tan prolongadas.

Ante la certeza de que el PSOE ha decidido de momento no inmolarse en el altar sacrificial de los discípulos de Monedero y facilitar la formación de un Gobierno que le permita recuperarse en los tres años que quedan hasta la próxima cita electoral, Pablenin ha decidido tirar por lo derecho y anunciar que las tropas podemitas están dispuestas a volver a las calles a hacer política de adoquín; de hecho, la que mejor se les da.

Pablemos quiere montar un 15-M pero a lo bestia, mientras los meapilas errejonoides quieren que Podemos se convierta en un partido batracio, capaz de estar en los humedales de las instituciones y en la aridez inhóspita de las callejuelas sin solución de continuidad. O sea, que el líder supremo está rodeado de traidores que aún piensan, hay que joderse, que la política se hace en las instituciones de la democracia liberal.

Iglesias pretende enfrentar a la sociedad española contra la clase política en su conjunto, pero parece que sólo va a conseguir llevar a su partido a un duelo a muerte entre él y el niño Errejón. Lo único que parece claro, visto lo visto, es que de aquí sólo sale vivo uno de los dos.

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