La gira mediática de Gómez Bermúdez

Pablo Molina

Las cámaras quieren al magistrado Javier Gómez Bermúdez, y, a tenor de la forma en que se conduce cuando está en un plató de televisión, el sentimiento es recíproco. El juez que presidió el tribunal del 11-M ha realizado una breve gira mediática para conmemorar el décimo aniversario de los atentados, turné que inició con una entrevista en el diario El Mundo en la que confirmó la excelencia del trabajo realizado y disculpó algún errorzuelo en caso de que se haya cometido, porque, al fin y al cabo, todos somos humanos. El argumento es antropológicamente válido pero discutible en términos jurídicos, porque de los errores de un juez se derivan consecuencias mucho más graves que de los de la mayoría de los demás profesionales.

El magistrado ha confirmado su vocación mediática reconociendo sus frecuentes reuniones con representantes de todos los medios de comunicación antes, durante y después del macrojuicio. Este interés de los miembros del tercer poder por pulsar la opinión del cuarto sobre su desempeño no parece muy ortodoxa en términos procesales, pero la Audiencia Nacional y la relevancia mediática de los asuntos que allí se dirimen imprimen carácter, y no sólo a los amigos de Emilio. Los medios tienen la obligación de perseguir la noticia allá donde se produce, pero un juez debería ser conocido por la calidad de sus sentencias, no por su afabilidad en el trato o lo ameno de su conversación de sobremesa, sobre todo si años después dice que no dijo lo que evidentemente dijo en esos contactos, según confirman hoy sus interlocutores.

Sobre la tarea realizada por el tribunal que actuó bajo su presidencia, Gómez Bermúdez ha confirmado en sus comparecencias en los medios todos los extremos que la sentencia considera como hechos probados, pero añadiendo un concepto inédito para entender el terrorismo moderno: alqaedismo. Parece sugerir Gómez Bermúdez que el terrorismo yihadista es una masa informe integrada por radicales alocados que actúan como un chimpancé con un revólver cargado, por lo que resulta prácticamente imposible determinar una línea jerárquica que lleve a identificar al responsable último de una acción terrorista. Sin embargo, siendo cierto que Al Qaeda funciona a través de células autónomas, no lo es menos que la dirección del grupo tolera mal que sus franquicias actúen por su cuenta. Hace escasas semanas el Estado Islámico de Irak y el Levante, una de las filiales de Al Qaeda más activas en la guerra de Siria, fue expulsada de la organización –cerrándosele de paso el acceso a financiación y armamento– por el carácter levantisco de sus cabecillas. En otras palabras, Al Qaeda tolera mal el alqaedismo, un concepto destinado a justificar el desconocimiento del origen del atentado del 11-M más que a establecer una nueva categoría taxonómica que explique por qué sucedió. En eso también seguimos como hace diez años.

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