El juicio (más divertido) del siglo

Pablo Molina

La primera pregunta que surge en la mente de cualquiera que siga las retransmisiones del juicio oral a los golpistas catalanes es ¿De verdad estos letrados son lo mejor que puede enviar la abogacía de Cataluña al Tribunal Supremo? La burda estrategia de defensa que comparten sin excepción y la torpeza formal de su desempeño en el interrogatorio a los testigos legitiman al espectador imparcial a cuestionarse el nivel profesional de unos abogados cuya mediocridad resulta casi ofensiva.

Los letrados de los golpistas han empleado en estas semanas todos sus esfuerzos en tratar de demostrar que desde la convocatoria del referéndum ilegal del 1 de octubre hasta su consumación no hubo violencia en las calles de Cataluña. Ninguno parece haberse dado cuenta de que están luchando en balde, porque si la Sala del Supremo tiene algo claro es que, por supuesto, claro que hubo actos violentos organizados. Esa es una conclusión que no ya los magistrados, sino cualquier espectador que viera las imágenes de los telediarios, asume como hecho probado. La única duda es si esa violencia fue instigada por los acusados y en qué medida, una conjetura de cuya solución se deducirán en las condenas correspondientes o, en su caso, las absoluciones a que haya lugar.

Por eso provoca estupor ver los esfuerzos de los jóvenes letrados de los golpistas por demostrar que los destrozos de los vehículos de la Guardia Civil a las puertas de la consejería de Hacienda el 20 de septiembre fueron solo unos rocecitos de chapa y pintura, o que los tumultos organizados a las puertas del edificio, que impidió durante horas la salida a la policía y a la comitiva judicial, fue en realidad una aglomeración festiva de gente que iba a merendar, como señaló el tragaldabas de Rufián antes de que Marchena lo dejara lívido de un broncazo. Como si estuvieran en un plató de TV3 debatiendo con Pilar Rahola, la representación de los acusados insiste una y otra vez en que el 1 de octubre fue un canto colectivo a la democracia, la paz y los derechos humanos, donde si hubo violencia fue únicamente cosa de los policías, que rompían "uno a uno" los dedos de las señoras y, de propina, les tocaban les tetes.

Pero es que tampoco parecen muy duchos estos abogados indepes en la técnica formal de una vista penal, porque las reconvenciones de Manuel Marchena, presidente de la Sala, a estas jóvenes glorias del foro catalán son las propias de un catedrático a los alumnos más torpes de primero de derecho. Como cuando tuvo que explicar a la abogada de Meritxell Borrás que estaba defendiendo a su representada de un delito por el que no estaba acusada. "Eso espero", fue la respuesta sonriente de esta joya de la abogacía, en un episodio grotesco de los muchos que se suceden prácticamente a diario y que llevan al pobre magistrado Luciano Varela a mesarse los cabellos y taparse la cara, seguramente pensando: "pero no puede ser".

Y lo mejor de todo es que no son abogados novatos ejerciendo el turno de oficio, sino la flor y nata de la profesión en Cataluña, algunos de los cuales forman parte de la junta directiva de los colegios de Abogados más señeros.

El desplome de la burguesía nacionalista ha llegado hasta el esperpento de ver a los representantes la actual generación dando mítines sonrientes en el Tribunal Supremo, como si las penas gravísimas a las que se enfrentan fueran una broma, y a sus abogados hacer el ridículo ante unos magistrados que cada disimulan menos su enfado cuando los tienen que reconvenir de un pescozón.

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