El infiltrado Marlaska

Pablo Molina

Fernando Grande Marlaska está rindiendo un gran servicio a España dinamitando el Gobierno de Sánchez con su gestión al frente del Ministerio de Interior. No era fácil penetrar las rocosas defensas sanchistas, pero el juez ha utilizado su prestigio de magistrado solvente y ahí lo tenemos, incrustado en uno de los puestos más importantes del Ejecutivo social-comunista y realizando con éxito creciente su labor de zapa.

La última operación montada por Marlaska puede ser definitiva para acabar con el escaso crédito que le podía quedar al Gobierno de Sánchez e Iglesias. Este martes destituyó al jefe de la demarcación de la Guardia Civil que investiga las responsabilidades del Gobierno por autorizar las manifestaciones masivas del 8-M y subió el sueldo a todos los agentes para equipararlos con los policías autonómicos. Hay que tenerlos muy bien puestos para hacer ambas cosas de manera simultánea, y de titanio reforzado para asegurar que no están relacionadas entre sí.

El informe de los agentes sobre el 8-M es demoledor para el Gobierno, no solo por los datos que contiene sino por el relato ordenado de la gestión de la crisis del coronavirus entre enero y abril. Esa sucesión de decisiones y omisiones de las autoridades sanchistas cuando ya era evidente la gravedad de la pandemia se encuentra detallada perfectamente en dicho documento.

En sus páginas queda acreditado que días antes de las manifestaciones feministas en toda España había cerca de mil contagiados, centenares de hospitalizados, decenas de ingresados en las UCI y, solo en Madrid, cuatro fallecidos. Tan grave era la situación que el Ministerio de Sanidad prohibió a las iglesias evangélicas llevar a cabo su encuentro anual en Madrid días antes del famoso 8-M; pero no las manifestaciones feministas porque estas eran unos encuentros laicos y, como dijo Carmen Calvo, a las mujeres les iba la vida en ello.

Pues bien, pocas horas después de la destitución fulminante del coronel al mando de esa unidad va alguien y filtra el famoso informe, que es justo lo que hacía falta para que el escándalo fuera completo. Marlaska no es el primer responsable de Interior al que se acusa de utilizar el ministerio para llevar a cabo los enjuagues políticos que desea el Gobierno, pero quizá él sea el primero cuya actuación ha satisfecho a todos: de Sánchez e Iglesias, pasando por los partidos de la oposición.

Con esa rara unanimidad, el ministro ha conseguido convertirse en una pieza insustituible del Gobierno y en el responsable de Interior soñado por los partidos que esperan ganar al PSOE en la próxima cita con las urnas. Bravo por él.

A continuación