¿A dónde va Turquía?

Pablo Molina

El fallido golpe de Estado del pasado mes de julio ha acelerado los tiempos de la transición política planeada por el presidente Erdogan para transformar el régimen parlamentario turco en uno de corte autoritario y personalista. Todavía hoy existen grandes incógnitas sobre qué es lo que ocurrió realmente en esa asonada y quién estuvo detrás de ella. Hay hipótesis para todos los gustos, pero el más reciente estudio de la Friends of Israel Initiative incide en el papel fundamental que en los acontecimientos desempeñó una potencia extranjera con una influencia creciente en los asuntos de Oriente Medio:

Algunos informes indican que el régimen [turco] recibió información de Moscú sobre los miembros del Ejército que estaban en contacto con Rusia. Según esos informes, el deshielo en las relaciones turco-rusas incluyó dicha cooperación y Rusia estaba dispuesta a renunciar a los ‘activos’ que había venido cultivando con tal de provocar un mayor distanciamiento entre Turquía y la OTAN.

Sea cual sea la implicación de Putin en los hechos, lo que resulta innegable es que, tras desbaratar el golpe, Erdogan está más cerca de culminar sus planes para erigir una nueva Turquía, alejada del ideal laico establecido por Mustafa Kemal Atatürk y con características similares a la Rusia que ha conformado Putin a su imagen y semejanza.

El referido informe, elaborado por Shmuel Bar, ofrece datos de gran interés para comprender cabalmente lo que ha ocurrido en Turquía en estos últimos tres meses y, en consecuencia, lo que podemos esperar en el futuro inmediato del país euroasiático bajo la férula de Erdogan.

Bar describe así la estrategia del islamista turco para eternizarse en el poder:

Erdogan extrae la mayor parte de su cosmovisión islámica de las doctrinas de los Hermanos Musulmanes. Esas doctrinas abogan por un proceso de obtención del poder que pasan por la reislamización de la sociedad mediante el control del sistema educativo y la infraestructura social y, finalmente, cuando se ha alcanzado la necesaria capacidad, la toma del poder político a través de las elecciones o por la fuerza. Esas doctrinas no contemplan la opción de que el régimen islámico pierda el poder por unas elecciones.

Bar indaga en la biografía del presidente turco y pone sobre el tapete dos elementos seguramente desconocidos por la inmensa mayoría de la opinión pública internacional:

Una fascinación con la Alemania nazi y un antisemitismo profundamente arraigado. Erdogan ha expresado en el pasado su aprecio por las tácticas del régimen nazi. Durante sus años de estudiante promovió ‘Los protocolos de los sabios de Sión’ y produjo una obra (‘Masones, comunistas y judíos’) que describía la ‘conspiración’ de los tres grupos para conquistar Turquía.

Los últimos acontecimientos registrados en Turquía no tienen únicamente efectos domésticos. Muy al contrario, lo cierto es que este profundo vuelco político en el Estado turco va a tener consecuencias decisivas en Oriente Medio y también en la escena internacional, advierte Bar. A corto y medio plazo cabe esperar giros dramáticos en la seguridad interior de Turquía, su guerra contra los kurdos, el aumento del flujo de refugiados hacia Europa, las tensiones con el mundo árabe a causa del apoyo turco a grupos islamistas como los Hermanos Musulmanes o, más importante aún,

la posibilidad de que Turquía abandone la coalición anti-Asad y alcance una ‘paz separada’ con Damasco bajo los auspicios de Rusia e Irán.

Los expertos sospechan que se han establecido contactos entre Ankara y Damasco con la mediación de Argelia. Turquía quiere que Asad deje de apoyar al PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), que opera desde la parte siria de la frontera entre ambos países. El régimen sirio necesita, a su vez, acabar con la entrada de yihadistas desde Turquía y que Erdogan deje de apoyar a los grupos rebeldes. Se trataría, por tanto, de un acuerdo beneficioso para ambas partes que, sin embargo, tendría graves implicaciones para la estabilidad de la zona.

La decisión turca de reconciliarse con Asad supondría (…) un grave vuelco estratégico en la región, una gran victoria para Irán y Rusia y un duro revés para Arabia Saudí y los Gobiernos occidentales que buscan la salida de Asad y una transición política [en Siria]. Hay buenas razones tácticas por las que Ankara podría querer hacer las paces con Asad: la guerra civil siria ha inundado Turquía de refugiados sirios y la ha expuesto a grandes ataques terroristas que es incapaz de detener; ha facilitado el surgimiento de una entidad kurda semiautónoma vinculada al PKK en el norte de Siria, junto a la frontera turca, y esa entidad kurda se ha convertido en un activo para Occidente en el combate con el Estado Islámico.

Por otro lado, Bar destaca que las relaciones de Turquía con los países árabes no están sufriendo tensiones únicamente por lo que ocurra en Siria:

Independientemente del tema sirio, las relaciones de Turquía con los países árabes son susceptibles de tensarse aún más por el abierto apoyo de Erdogan a los Hermanos Musulmanes.

Es importante prestar atención a los acontecimientos de Turquía, pues de su desenlace depende en gran medida el futuro inmediato de Oriente Medio. Y es que, como dice Shmuel Bar,

las secuelas del ‘golpe’ en Turquía no son una ‘crisis’ que vaya a remitir en un [determinado] periodo de tiempo; es un verdadero hito en la historia de la Turquía moderna, con efectos significativos a escala regional e internacional.


© Revista El Medio

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