Volcanes en el planeta

Miguel del Pino

Estamos a punto de poder felicitarnos oficialmente por el final de la erupción que durante un trimestre ha asolado buena parte de "Isla bonita" de las Canarias. Afortunadamente todo se ha desarrollado según lo previsible en un volcán de tipo estromboliano como el de la Cumbre vieja. Ni ha habido explosiones apocalípticas, ni el edificio se ha derrumbado provocando un tsunami como algunos agoreros anunciaban.

Una pena el fallecimiento del pobre señor que intentaba limpiar de ceniza los tejados escapando involuntariamente del control de los medios oficiales; de no haber sido por esta circunstancia desgraciada podríamos decir que el episodio volcánico solamente había implicado daños materiales, reparables al menos parcialmente con las necesarias inversiones e indemnizaciones.

El episodio volcánico de Canarias, unido a las noticias incesantes que llegan acerca de la actividad del Etna y otros puntos del Mediterráneo, nos recuerda que la Tierra es un planeta con vulcanismo relativamente intenso, o lo que es igual: un planeta geológicamente activo.

A lo largo de las apasionantes exploraciones del Sistema Solar desarrolladas a partir de los años setenta, especialmente las de las sondas norteamericanas Voyager I y II, hemos descubierto que también hay volcanes en otros planetas y en los satélites de los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno).

En los planetas formados por roca y núcleos metálicos, como la Tierra, Venus o Marte, la actividad volcánica puede deberse a la acumulación de material radiactivo en determinados "puntos calientes", o bien a circunstancias como la fricción entre grietas y fallas.

Cuando en los años setenta del pasado siglo se descubrió la tectónica de placas, es decir, la división de la superficie terrestre llamada litosfera en más de veinte piezas que se mueven interaccionando entre sí, comprendimos el origen de muchos de los volcanes de nuestro planeta: por ejemplo cuando una placa se hunde al chocar con otra fundiéndose parte de los materiales arrastrados hacia mayor profundidad. Para este fenómeno se acuñó el término "subducción".

Este fenómeno explica la profusión de volcanes en la cordillera andina. La placa oceánica del Pacífico es más ligera que la sudamericana, de manera que al chocar contra esta se hunde, arrastra hacia la profundidad los sedimentos costeros y estos se fusionan elevándose en forma de volcanes a lo largo de toda la cadena montañosa costera.

No es extraño que en los bordes entre las placas tectónicas se produzcan accidentes geológicos como los volcanes y los terremotos, a veces, aunque no siempre, asociados unos y otros; lo que la Ciencia tardó más en explicar fue la aparición de cadenas de islas volcánicas en pleno centro de las placas, como sucede en los cinturones volcánicos del océano Pacífico y de los archipiélagos inmediatos.

Los volcanes pacíficos se conocen como "hawaianos", ya que las propias islas Hawai reconocen su origen en este tipo de vulcanismo. El magma viene de grandes profundidades y sube a la superficie por "plumas" que se conectan con estos "puntos calientes" cuyo origen puede encontrarse a casi 3.000 kilómetros, es decir, a partir del manto profundo.

Si la cámara magmática es muy profunda, los materiales emitidos serán lavas fluidas que se deslizan por la superficie de manera poco o nada catastrófica. No hay explosiones y la población puede ponerse a salvo. El movimiento de la placa va desplazando el volcán del punto caliente de origen, entonces se apaga y se origina un nuevo volcán sobre el punto; así sucesivamente formándose cadenas de islas volcánicas, como las Hawai, que como brota el fondo del mar se levantan sobre la superficie dando lugar a las montañas más altas de la Tierra.

Otros archipiélagos volcánicos, como Japón, se originan en bordes de placa. El archipiélago japonés debe su existencia al vulcanismo formado en un punto triple en forma de "y griega". Ese nudo está siendo estudiado desde hace décadas en profundidad para tratar de predecir próximos terremotos y erupciones con la consiguiente salvación de vidas humanas.

La variabilidad volcánica admite otras muchas variantes, como el tipo llamado "peleano", que debe su nombre al Mont Pelee en la Martinica. Estos volcanes emiten lava tan sólida que llega a formar un tapón en el ápice del edificio. Cuando se producen fisuras en dicho tapón, nubes de cenizas ardientes pueden rodar laderas abajo y mostrarse extraordinariamente peligrosas para las poblaciones situadas en las llanuras de la base.

Canarias, archipiélago volcánico que nunca tuvo contacto con el continente africano, forma parte de un punto caliente; pero su proximidad con la costa hace que las emisiones que llegan de la profundidad de dicho punto se mezclen al ascender con materiales superficiales procedentes de los sedimentos continentales: este ha sido el caso del volcán de la Palma y de aquí su carácter de volcán estromboliano, es decir, de alternancia de lavas (profundas) y materiales piroclásticos (cenizas y bombas) procedentes de sedimentos de la plataforma africana.

También existen volcanes "en fisura". Como los islandeses, que son grandes emisores de lavas y cenizas, y que en recientes ocasiones han llegado a impedir el tráfico aéreo en el norte de Europa.

La humanidad ha sido testigo de algunos cataclismos volcánicos de dimensiones planetarias. Los casos recientes más espectaculares y letales reconocen procedencia Indonesia, como el Krakatoa, entre Sumatra y Java en el llamado Estrecho de La Sonda; En 1883 entró en fase explosiva y envió al espacio al 70 por ciento de la isla de Rakata, en la que se levantaba, causando la muerte de al menos 36.000 personas.

También el Monte Santa Helena, en el estado de Washington, explotó parcialmente el año 1980, con ingente destrucción de vidas humanas, bosques y fauna de las zonas a las que afectó.

El vulcanismo explosivo de Krakatoa había tenido precedente en una explosión de dimensiones todavía mayores, cuando en 1815, en la Isla de Sumbawa, también en el estrecho de la Sonda, el volcán Tambora causó un cataclismo aún mayor que provocó con sus cenizas un oscurecimiento del Sol que generó un invierno total de un año de duración a nivel planetario.

En este momento de la historia de la Tierra hay 1.336 volcanes activos, aunque no todos ellos estén en erupción de manera simultánea. Su reparto geográfico es muy extenso, distribuyéndose por Italia, Islandia, Canarias, Islas Aleutianas, Península de Kamchatka, México, Japón, Norte y Sudamérica y América Central, Antártida, África tropical, anillo de fuego del Pacífico, etcétera. Los últimos episodios catastróficos gigantescos se han producido en el Pinatubo (Filipinas), Eresbus (Antártida) y Monte Santa Helena, en el estado norteamericano de Washington. También muestran actividad incesante los volcanes mediterráneos italianos (Etna y Stromboli principalmente).

Pero también hemos aprendido mucho sobre vulcanismo al explorar por medio de sondas espaciales otros cuerpos con actividad volcánica muy diferente de la terrestre, como las fuerzas mareales, que se producen cuando algunos satélites de los planetas gigantes exteriores se ven sometidos a fuerzas de tensión producidas por las atracciones de dos masas próximas. El caso del satélite Júpiter, Io, fue la primera prueba. Io arde en conjunto debido a las atracciones mareales de Júpiter y Europa.

También hemos descubierto que algunos satélites helados muestran criovulcanismo, es decir, erupciones de gases y de hielo comparables a los geiseres terrestres.

Y finalmente, en algunas ocasiones no tenemos más remedio que mostrar nuestro desconcierto y reconocer nuestra incapacidad para comprender algunos tipos de vulcanismo extraterrestre, como el de nuestro vecino Venus, con gran cantidad de volcanes, algunos muy diferentes de los terrestres, cuyo análisis sobre su origen y actividad escapa a nuestros actuales conocimientos.

A continuación