Veinte kilos de abejas muertas

Miguel del Pino

Una masa inerte formada por veinte kilos de abejas muertas fue el insólito presente que recibió el pasado martes 24 la Ministra de Agricultura Isabel García Tejerina: activistas de Greenpeace fueron los transportadores de los insectos hasta la puerta del Ministerio.

Que nadie piense que fue difícil la recolección del material biológico, ya que basta un paseo por cualquier terreno próximo a colmenares, y frecuentado en sus vuelos por las abejas recolectoras de polen inmediatamente después de una fumigación con plaguicidas, para encontrar infinidad de individuos muertos en el suelo o entre el pastizal: un verdadero desastre.

El fenómeno de la mortalidad masiva de abejas no es exclusivo de España, tampoco de Europa: el despoblamiento de las colmenas se produce a nivel mundial, con la consecuente preocupación de las autoridades que gestionan el medio agrícola. Las abejas son los principales polinizadores de buena parte de las plantas que presentan importancia para la alimentación humana, como frutales y diversas hortícolas.

Científicamente no está completamente explicado el origen del proceso de destrucción de estos insectos sociales y seguramente las causas son múltiples, pero no cabe duda de que entre ellas figura en plano destacado el empleo masivo de determinados plaguicidas mortales para las abejas, especialmente los pertenecientes al grupo de los neonicotinoides.

La pasada semana, la Unión Europea ha sometido a votación la prohibición del uso de tres de estos productos, especialmente agresivos para los colmenares; se contaba con nueve votos a favor de la misma pero faltaban cuatro, entre ellos el de España, con nuestro "sí" a la prohibición. Ésta se ha conseguido, por lo que todos los amantes de la naturaleza debemos felicitarnos.

Es difícil imaginar lo que sería la civilización humana actual sin la ayuda de las abejas como polinizadores; la simbiosis entre los apicultores y los productores de frutas y hortalizas es casi tan vieja como nuestra propia cultura y así debe seguir siendo, al menos si queremos sobrevivir en las circunstancias sociológicas y ecológicas actuales.

Desde el punto de vista botánico, la polinización es el transporte del polen desde los órganos masculinos de la flor, llamados estambres, hasta los femeninos, llamados pistilos. El polen necesita ser transportado por algún agente y en función de la naturaleza del mismo podemos hablar de polinización anemócora, cuando la realiza el viento, hidrócora, cuando es el agua quien lo hace o zoócora, cuando corre a cargo de los animales: este último caso es especialmente frecuente.

La polinización por el viento es habitual en bastantes especies arbóreas. Muchos bosques, entre ellos los pinares por ejemplo, se inundan de una atmósfera de polen cuando llega la época de la fecundación floral, y en muchas ocasiones su inhalación es causa de muchas alergias humanas como es sobradamente conocido.

En cuanto a animales polinizadores, los hay en gran número y se encuentran en varios grupos zoológicos. Nosotros mismos podemos convertirnos en agentes de transporte arrastrando polen en la ropa en un paseo por el campo, pero los insectos son los más especializados en este sentido.

También polinizan algunos pájaros, sobre todos los libadores de néctar, como los colibríes, pero las abejas y otros himenópteros están tan ligados a la visita a las flores que puede decirse que flores y abejas han evolucionado de forma simultánea.

Las abejas obtienen la recompensa a su trabajo percibiendo el jugo de los nectarios que liban mientras se impregnan con el polen. El néctar será la base de la fabricación de la miel una vez que las recolectoras vuelvan a la colmena.

Recolectar polen no es tan sencillo como puede parecer, y algunas veces acechan peligros para las laboriosas abejas, como las arañas de la familia de los Thomisidos que se camuflan entre la corola floral, prestas a capturar a los insectos visitantes: nada en la naturaleza está exento de sorpresas y de peligros.

La polinización por los insectos se realiza de forma cruzada, es decir, de una flor a otra: se trata de evitar la autopolinización, que conduciría a la falta de mezcla genética, lo que en los animales llamamos consanguinidad. Las incansables visitas de flor en flor que realizan los insectos cruza de todas las maneras posibles los genes de las diferentes plantas y produce un gran mosaico de diversidad genética.

Tras visitar la flor los insectos salen embadurnados del polvillo de polen que se fija en la infinidad de pelillos de su abdomen y sus patas, pero algunas flores, como las de la familia de las orquídeas facilitan el transporte embolsando masas de polen en unas bolsas llamadas políneos que se fijan en masa sobre el insecto, y éste se lleva así la compra "embolsada". Más sencillo todavía.

A niveles microscópicos la fecundación de las flores, una vez que el polen es transportado hasta los estigmas, es más complejo de lo que parece. El estigma es la parte superior del aparato femenino floral, que suele tener forma de diminuta botella.

El grano de polen una vez anclado en el estigma desarrolla un tubo, llamado sifón, que llega hasta el interior del órgano femenino. Para simplificar lo que ocurre se suele decir a los niños que "el polen fecunda al óvulo", pero la realidad, como decíamos, es diferente, ya que el polen no es el gameto masculino, sino un saquito complejo que encierra dos núcleos fecundadores, no uno solamente.

La fecundación en las plantas de flor llamadas Angiospermas, por encerrar sus semillas (esperma) en cámaras del interior del fruto (angios = oculto, encerrado) es por lo tanto doble, ya que uno de los núcleos del polen fecundará a la célula madre femenina para formar el embrión, mientras el otro, tras diversos detalles que exceden a los objetivos de este artículo, formará el albumen o masa alimentaria que acompañará a este en la semilla.

Pero nada de esto sería posible sin los insectos, con las abejas a la cabeza, de manera que la reciente decisión de la Unión Europea prohibiendo los tres insecticidas más peligrosos para ellas debe llenarnos de optimismo sobre el futuro de e las abejas, que en parte es también el nuestro.

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