Un mensaje a las estrellas

Miguel del Pino

Lamentablemente los medios de comunicación (sálvese el que pueda), no han dedicado demasiado tiempo ni espacio a la conmemoración del cuarenta aniversario de una de las grandes gestas de la Humanidad, el envío por parte de la Nasa de las sondas gemelas Voyager, I y II, en busca de los planetas gigantes gaseosos y de los últimos confines de nuestro sistema Solar.

Alguien podrá pensar que "con lo que está cayendo" no es momento de pensar en los viajes espaciales ni de deleitarse con las bellezas de los descubrimientos planetarios: antes bien, cuando los humanos nos enfrascamos en las miserias de nuestros ridículos enfrentamientos ¿les suena, verdad?, más necesario es mirarnos desde lo alto para adquirir la necesaria mentalidad planetaria. Las Voyager nos permitieron hacerlo.

En el verano del año 1977 conocíamos ya bastantes cosas sobre los planetas interiores, Venus y Mercurio, y las sondas del proyecto Viking nos habían permitido "amartizar", si se admite el necesario neologismo, en la superficie de Marte, el planeta que más ilusiones había generado en cuanto a esperanzas de encontrar vida.

Las maravillas geológicas que se estaban descubriendo iban aparejadas con la desilusión sobre ese punto. Venus era, como dijo gráficamente el gran investigador de la Nasa, algo muy parecido a lo que los humanos han imaginado desde la antigüedad como el infierno.

Las primeras imágenes enviadas por la Viking posada sobre la superficie marciana, recogiendo una amplia panorámica hasta el horizonte, mostraban un desierto de rocas volcánicas con un cielo rosado extraordinariamente realista, pero desde luego sin marcianos; aunque la fantasía no haya dejado de especular desde los primeros momentos de la exploración marciana, posteriormente desarrollada hasta límites entonces insospechados.

Se sabía que Marte contaba con unos accidentes tectónicos tan espectaculares como un volcán: el Monte Olimpo casi tres veces más alto que el Everest y con una base de más de seiscientos kilómetros… o una enorme cortadura, el Valle Marineris, muchísimo mayor que el Cañón del Colorado, lo más parecido con que se le podía relacionar en la Tierra.

Pero no sabíamos apenas nada de los planetas gigantes gaseosos, y las naves Voyager nos iban a asombrar con su increíble éxito al mostrarnos a su paso a mínima distancia de ellos, tanto su superficie, como la de sus satélites, muchos de ellos invisibles hasta ese momento.

Particularmente asombrosa resultó la diversidad encontrada en la superficie de las cuatro lunas mayores de Júpiter, Io, Europa, Ganímedes y Calisto, los satélites descubiertos con el telescopio por Galileo y de los que nada se sabía hasta el momento.

Europa parecía una gran superficie helada rayada por las huellas de patinadores. Bajo esta lisa envoltura se sospechaba, y parece confirmada, la existencia de un océano de agua helada: agua es igual a esperanza de vida, por lo que este punto del Sistema Solar resulta particularmente interesante.

Asombrados quedaron los observadores de la Nasa ante la superficie de Io. Alguien dijo "parece una gran pizza recién horneada", y es que en ese momento más de 200 volcanes activos abrasaban su superficie sulfurosa; Ganímedes y Calisto eran ya cuerpos más normales, si es que este calificativo puede aceptarse para descubrimientos siempre asombrosos.

Las Voyager continuaron su viaje para descubrirnos las superficies de los gigantes Urano y Neptuno, globos gigantes gaseosos no exentos de turbulencias: en Neptuno se descubrió una gran mancha azul, comparable a la Gran Mancha Roja de Júpiter ya observada desde la Tierra. Se trata de gigantescas tormentas cuya observación ha revolucionado algunas Leyes de la Física.

Infinidad de nuevos satélites en torno a los planetas gigantes fueron descubiertos por las Voyager hasta que una de ellas, manipulada desde la Tierra por increíble que parezca, fue desviada hasta Tritón, uno de los dos grandes satélites de Neptuno, descubriendo un mundo increíblemente convulso, con géiseres, zonas difíciles de interpretar geológicamente descritas como "piel de melón" y otras maravillas similares.

Pero dejando aparte tanto descubrimiento científico vamos a detenernos en un momento romántico que honra la sensibilidad de los equipos investigadores, especialmente del gran Carl Sagan, tan profundo investigador como excelente divulgador, que asombró en su momento al mundo con su Documental Cosmos, de difusión general en televisiones de los más diversos países.

Carl Sagan tuvo la idea de mandar un mensaje a las civilizaciones intergalácticas que pudieran encontrarse con las naves Voyager cuando éstas, como ya sucede, abandonaran los límites del Sistema Solar y alcanzaran un planeta habitado e inteligente. Hablamos de distancias increíbles y de espacios de tiempo de miles de millones de años, pero la imaginación de Sagan no tenía ni límites ni prisas.

En la actualidad esos mensajes circulan ya por el espacio. Van insertos en un gran disco dorado que contiene grabaciones de sonidos, otras de cientos de imágenes, y unos mensajes cifrados escritos sobre su superficie.

Alguno de estos mensajes son de naturaleza física, como la elemental descripción de la estructura atómica. Los sonoros incluyen músicas diversas, frases en casi un centenar de idiomas y hasta un saludo a los niños del Universo a cargo de un niño terrícola, e hijo del propio Carl Sagan.

Cuando afortunadamente la moda de los absurdos horóscopos va abandonando las páginas impresas, se echa en falta que se dedique espacio a la divulgación de estas maravillas que nos ha proporcionado la investigación espacial desde los comienzos de la segunda mitad del Siglo XX. Aunque sólo sea para darnos cuenta de nuestra pequeñez. De hecho se dice que la Humanidad cambió de manera radical cuando un astronauta norteamericano se asomó a la ventanilla de su cápsula y dijo aquello de "estoy viendo una perla azul en el espacio". La perla, por supuesto, era nuestro planeta.

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