Tres problemas del campo

Miguel del Pino

La situación del campo español resulta cada vez más preocupante y las soluciones que requieren sus problemas son urgentísimas además de múltiples. Cuando la obsesión por el llamado "cambio climático" parece monopolizar la atención de los políticos, queremos poner de manifiesto tres de esos asuntos casi olvidados.

1. Limpiar los montes

Conviene empezar este apartado recordando el viejo aserto de que "los incendios del monte se apagan durante el invierno". Dicho de otra manera, es entonces cuando hay que trabajar para prevenirlos.

En España somos buenísimos apagando incendios forestales, pero sólo mediocres a la hora de prevenirlos.

El esfuerzo, la abnegación y el valor de quienes luchan contra el fuego con grave riesgo de sus vidas son innegables, pero no siempre se cuenta con la planificación y los medios adecuados.

Más que limpiar el monte hay que hablar de "gestionar el monte", porque no siempre son eficaces las limpiezas que llevan a cabo asociaciones de aficionados o bien organizaciones de ámbito municipal. Hay que saber acceder al monte sin que la propia presencia humana sea un problema más que una solución: ¿saben que levantando piedras sin volverlas a poner exactamente como estaban, se puede matar a multitud de larvas o puestas de huevos de invertebrados, muchos de gran valor ecológico? A veces los infiernos están empedrados de buenas intenciones.

Limpiar las cunetas, desbrozar el suelo sin privarle de la hojarasca mínima necesaria para que fabrique compost y manejar ganado que paste en el sotobosque de manera adecuada, son aspectos profesionales e imprescindibles. Se requiere personal capaz de hacerlo correctamente y cabezas organizadoras capacitadas.

2. Gestionar los recursos agrícolas y ganaderos

Por supuesto, es necesario darle la importancia que merecen a todos los recursos que el medio rural pueda ofrecer; algunos clásicos e indiscutibles, como la ganadería y la agricultura, otros novedosos, como el turismo rural, y otros polémicos para una parte mayor o menor de la población urbana, como la caza o el toro bravo.

La mayor parte de los movimientos antitaurinos o en contra de la caza se generan en el medio urbano cuyos habitantes tienden a idealizar la vida rural y a compadecer a los animales con puntos de vista antropocéntricos, respetables, pero por lo general muy distanciados de los de la gente del campo. No se trata de que estas actividades gusten o no, sino de que su gestión no afecte a la economía, siempre precaria, del mundo rural.

La dehesa es un verdadero "milagro ecológico" que se ha ido tallando a lo largo de los siglos en nuestra Península Ibérica. Nunca agradeceremos bastante la labor de aquellos sabios que habitaron el campo en el pasado y que renunciaron a obtener beneficios inmediatos de la tala total del bosque contentándose con aclararlo dejando los suficientes árboles para que el ecosistema pudiera funcionar. Así nacieron las dehesas, unas praderas arboladas en las que pueden coexistir el ganado y la fauna silvestre.

El toro bravo, el cerdo ibérico y otras formas de ganadería extensiva como el ganado lanar son garantía de mantenimiento de las dehesas ibéricas, y su extinción conduciría a un desastre ecológico de magnitud incalculable; no sólo para España sino para Europa entera. Basta recordar que toda la población mundial de grullas y buena parte de la de gansos, sobrevive en los inviernos descansando y comiendo en las dehesas de encinas, roble y alcornoque.

La gestión de este tipo de recursos y de otros similares como la explotación del corcho, de los colmenares, indispensables para la polinización, o el mantenimiento de profesiones artesanales rurales, requieren más de políticos cercanos al campo que de urbanitas obsesionados con el cambio climático y la tecnificación, aunque también esto último sea muy necesario. Creo que nos entendemos.

3. Gestionar el agua

Desde la remota aparición de las primeras civilizaciones, como Mesopotamia o Egipto, los dirigentes se han jugado no ya su prestigio, sino su permanencia en el poder, en el campo de la gestión de lo que hoy llamamos "recursos hídricos", o lo que es igual, en la canalización y reparto del agua. El agua en España viene estando muy mal gestionada.

Si hablamos del reparto, necesario para asegurar la bebida de la población y el riego necesario para la agricultura, seguimos necesitando, ahora ya de manera angustiosa, algo que sustituya al Plan Hidrológico Nacional, abolido y por tanto fallecido antes de nacer. Lo de las depuradoras de agua marina con las que se trató de sustituirlo, hay que tomarlo, con la visión que nos proporciona el paso del tiempo como poco más que una broma, que por cierto nos salió muy costosa.

Un mapa de riesgos de inundación que evite desastres muy fáciles de pronosticar con un poco de sentido común es necesario y prioritario. La "desertización" del sureste español que se venía pronosticando a finales del pasado siglo no sólo no se ha cumplido, sino que sufrimos inundaciones catastróficas que requieren estudio y prevención adecuados.

En definitiva, el medio rural español no sólo necesita incrementar su población sino gestores capaces de comprender sus problemas embarrándose las abarcas y basándose mucho más en la Ciencia que en la Ideología.

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