Toros sin muerte

Miguel del Pino

Nunca la Fiesta de los toros en toda su historia, ya secular, ha pasado por momentos tan críticos como los presentes. No es nuestra intención analizar a fondo las razones, que son varias y complejas, sino simplemente dejar una pregunta en el aire. ¿Sería posible una Fiesta de los Toros sin muerte del animal?

No nos referimos a la gran hipocresía de matar al toro en los toriles de manera inmediata a su lidia y sólo para que no vean esta escena los espectadores, sino a la devolución a la ganadería de los toros ya lidiados para incorporarse en función de su conducta, bien a un programa de ganadería extensiva o bien de selección racial si aquella fue muy positiva.

Seguramente se trata tan sólo de una utopía que se expone a un gran rechazo por parte de muy diversos sectores: taurinos, que pueden considerar que la lidia incruenta supondría el final de la Fiesta y paradójicamente también antitaurinos que se pueden quedar sin argumentos para seguir atacando otro tipo de valores y de cuestiones políticas bajo la máscara de una supuesta posición ecologista.

El año 1928 el general Primo de Rivera encargó al ministro de Gobernación, señor Martínez Anido que tomara las medidas necesarias para que a partir del 8 de abril de dicho año los caballos de picar salieran protegidos por un peto que evitara su muerte en el ruedo. En aquellos momentos, la arena de las plazas era el matadero de las viejas caballerías que ya no servían para el trabajo en el medio rural y agrícola. Morían aproximadamente tres caballos por cada toro estoqueado, y lo hacían además de manera terrible.

Sin el decreto del Dictador es posible que la Fiesta hubiera entrado en un callejón sin salida, dado que la sensibilidad de los espectadores había evolucionado con respecto al siglo pasado, posiblemente por haberse hecho la sociedad más "urbanita", ya que los acontecimientos terribles que siguieron a estas fechas nos hacen ser prudentes a la hora de afirmar que se hubiera tornado más humanitaria. Lo cierto es que los petos salvaron la supervivencia no sólo también de los caballos, sino también de la propia Fiesta.

Sin poner en duda un ápice de los valores que atesoran los hombres capaces de enfrentarse a un toro bravo, es posible que en el momento actual también sea necesaria una profunda reflexión sobre el presente y el futuro de las corridas de toros. En los ya lejanos años setenta, el famoso matador Juan García Mondeño, genial y bohemio, torero, fraile y pintor en París, se destapaba con unas declaraciones en las que afirmaba que en el futuro el torero debería enfrentarse en la faena de muleta a un animal cansado, pero no herido. Le llovieron las críticas pero hoy, ante la marejada urbano-política de los movimientos antitaurinos cabe recordar aquella valerosa postura de quien había sido un excelente torero.

En la actualidad el espectáculo de los recortadores llena las plazas de toros, genera gran entusiasmo entre la juventud, especialmente de la habitante del medio rural, pero también de las poblaciones con tradición en este tipo de tauromaquia, que son muchas. Se lidia, se compite, se puntúan las suertes y se declaran ganadores individuales o por equipos, y el toro vuelve a los corrales sin haberse derramado una sola gota de sangre ¿No merece la pena reflexionar sobre este fenómeno?

Ya sabemos que el toreo es algo mucho más complejo; que no es sólo deporte sino que tiene un elevado componente estético que muchos consideramos arte aunque otros, rechacen este concepto abrumados por la efusión de sangre. Valor, arte y bravura, estos componentes son imprescindibles. ¿La sangre? Es muy posible que ya esté sobrando en la Tauromaquia.

No hace falta demasiada imaginación para establecer un plan de lidia incruenta. El picador seguiría siendo muy importante pero no lesionaría al toro, hay formas de aplicarle un estímulo negativo en el encuentro que pruebe la bravura y defienda al torero y al caballo, todo ello sin causar herida ni derramar sangre.

Banderillas que se fijen sin herir ya tendrían un lejano precedente, la suerte de poner parches al toro, que eran simples adornos adheridos sin clavar ni lesionar la piel que se le colocaban de salida cuerpo limpio, y así, trabajando la imaginación, se llegaría a una suerte suprema donde el estoque se sustituiría por una banderilla corta adhesiva cuya posición, y por tanto la dificultad de colocación se consideraría relevante a la hora de valorar el final de la faena, previo a la devolución de toro a los corrales, como postulaba Mondeño "cansado, pero no herido".

La corrida sin sangre podría ganar en variedad al poder añadirse suertes procedentes de las tauromaquias incruentas que hoy se practican, como la Corrida Landesa, las pegas de los forcados, las artes goyescas, como los saltos de garrocha y los propios recortadores. La imaginación al poder para evitar la extinción del toro bravo y de los profesionales que se enfrenta a él en los ruedos.

El experimento de las corridas sin muerte no sería incompatible con la continuidad de las actuales. Ambas podrían coexistir de manera que fuera el público, la publicidad, los medios de difusión, etcétera, quienes fueran decantando qué tipo de espectáculo se imponía de cara al futuro. La dificultad más importante podría ser el aumento del peligro para los toreros que supondría enfrentarse con la muleta a un toro sin picar, de manera que habría que valorar un tipo de faena de muleta si se quiere con menos exposición, pero sin duda igualmente bello.

Ya estamos imaginando una relación de toreros que se prestara voluntario para establecer una "liga" o competición de cualquier otro tipo en la que realmente se valoraran los méritos y "victorias" de cada diestro, ya que habría que acabar con la subjetividad actual a la hora de contratar a los toreros, muchas veces no en función de lo conseguido en los ruedos.

El arte del rejoneo se presta de manera especial para evolucionar hacia lo incruento. En la actualidad el empleo del rejón de muerte da al traste en muchas ocasiones con todo lo realizado por el moderno centauro. Las evoluciones del caballo y el toro pueden llegar a alcanzar una belleza extraordinaria pero no cabe duda de que el conjunto resulta demasiado sangriento.

Hace ya bastantes años que el rejoneador jerezano D. Álvaro Domecq Romero asombró a una numerosa delegación de mandatarios europeos con una exhibición de rejoneo incruento, protegido el toro por un arnés y ligeramente embolados sus pitones. Este tipo de espectáculo podría recorrer el mundo, y así lo debió pensar Don Álvaro cuando basándose en las maravillas que puede desarrollar en la arena un caballo domado para el rejoneo, creó el espectáculo que tituló "Así bailan los caballos andaluces".

Quinientas mil hectáreas de dehesas y otros ecosistemas españoles de extraordinaria importancia ecología dependen de las plusvalías que generan el toro bravo y el cerdo ibérico. La dehesa es un ecosistema arbóreo aclarado en el que desde hace quinientos años se mantiene un equilibrio parecido al de la sabana africana, esta natural y aquella al cuidado del hombre. Perder las dehesas sería una verdadera hecatombe para la fauna de toda Europa, ya que, por no citar más que un ejemplo, más de doscientas especies de aves, en buena parte migratorias, anidan en ellas.

Evitar la extinción del toro bravo y del valor económico que representa es fundamental para la supervivencia de las dehesas, de manera que hay que ponerse a trabajar ya, para evitar que entre algunos políticos, antitaurinos y demás sectores que en estos momentos se manifiestan contra los toros no hagan conducir en masa al matadero a las diferentes castas y linajes de una raza bovina que atesora más de doscientos años de selección genética sin posible vuelta atrás en caso de que desaparezca.

No se trata de convencer a los energúmenos o energúmenas que proponen colocar bombas en las plazas, se trata de verdaderos perturbados que muchas veces pueden convertirse en peligrosos y con los que sería absurdo tratar de dialogar. Por el contrario cabría esperar la mejor voluntad de aceptar la evolución del espectáculo taurino por parte de la mayor parte de los espectadores, que están demostrando un comportamiento extraordinariamente cívico ante los ataques, muchas veces violentos de que están siendo objeto y que mantienen una conducta en los tendidos que podría servir de ejemplo para otros espectáculos de masas, como se dice en la popular Gran vía, joya del género chico, "aquí no hay broncas y el lenguaje es superfino".

Hacía mucho calor en la madrileña noche veraniega en que escribí estas líneas, quizá por ello sólo son la traducción de un sueño: el mantenimiento del toro bravo y de todos los valores de la Fiesta sin sangre y sin muerte, dicho sea con el máximo respeto a los valientes que hoy se enfrentan a la bellísima fiera.

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