Tiembla el Himalaya

Miguel del Pino

El año 1920, es decir, aún sin cicatrizar por completo las heridas de la primera Gran Guerra, un meteorólogo y geógrafo alemán llamado Alfred Wegener se atreve a pronunciar una conferencia ante la Sociedad Americana del Petróleo, en Nueva York. Ser alemán en estos momentos no era precisamente aval de prestigio en los Estados Unidos. Hasta el nombre de los perros pastores del país derrotado había tenido necesidad de ser suavizado creando el eufemismo "pastor alsaciano" para su aceptación popular como raza canina.

Teoría fantástica y revolucionaria

Wegener era un verdadero científico, pero su imaginación desbordante le había llegado a concebir una arriesgada teoría que llamó "deriva continental". Ante las coincidencias de las líneas de costa de continentes hoy muy separados, como África y Sudamérica, y ante las similitudes de formaciones rocosas a uno y otro lado de tierras hoy separadas por anchos brazos de mar, el geógrafo propuso que todos los continentes habían estado unidos formando una sola pieza a la que llamó Pangea. Evidentemente también el mar era uno solo, el Pantalasa.

Para Wegener los continentes navegaban a la deriva separándose en la actualidad, y hasta llegó a aventurar la velocidad de su desplazamiento. Nadie tomó en serio en su momento esta teoría y en busca de pruebas para la misma organizó una expedición a Alaska, donde falleció en unión de todos sus compañeros, víctimas de la extraordinaria dureza de las condiciones meteorológicas. Una historia triste y un científico que seguramente se adelantó unas décadas a su tiempo.

Hubo que esperar hasta mediados de los años sesenta para que, con el descubrimiento de la gran cordillera dorsal atlántica -gigantesca cicatriz en el fondo marino por la que mana constantemente magma procedente del manto de la tierra- los geólogos comenzaran a reparar en Wegener y en sus teorías, y a considerar que probablemente habían cometido una injusticia al desprestigiarlo.

A partir de entonces los descubrimientos se multiplicaron y pronto se llegó a la conclusión de la que la superficie de la Tierra, llamada Litosfera, está dividida en una serie de piezas o placas tectónicas, que se mueven, chocan, se separan, se deslizan o se hunden unas bajo otras. Desde los años setenta la Teoría de la Tectónica de Placas se ha impuesto y permite explicar una gran parte de los fenómenos geológicos, entre ellos el vulcanismo, los terremotos, la formación de cordilleras y la distribución de continentes y mares, tanto en la época actual como en tiempos pasados y remotos.

Toda la cuestión queda perfectamente estructurada cuando Wilson propone que la rotura de la Pangea en Continentes que posteriormente se desplazan, es un fenómeno pulsante. Una vez disipada la energía que se había acumulado durante millones de años para romper la Pangea, los continentes volverán a reunirse formando una segunda Pangea, de forma muy diferente a la anterior. Es el llamado Ciclo de Wilson, que podemos reconstruir al menos dos veces en función de los restos de cordilleras elevadas en el pasado.

En los tiempos geológicos recientes, sabemos que la India formaba una placa independiente de la euroasiática, y que emigró hacia el norte hasta chocar con el continente y empotrarse bajo él, hundiéndose parcialmente. Los sedimentos del mar que separaba ambas placas se elevaron en el choque para constituir la mayor cordillera hoy existente en nuestro planeta: el Himalaya.

Ahora podemos explicarnos algunos fenómenos que desconcertaron a los geólogos del pasado siglo. Cuando los nativos de las poblaciones montañosas del Nepal ofrecían a los visitantes fósiles marinos como los ammonites, de conchas en forma de cuerno de carnero, que se habían recogido a varios miles de metros de altura, nada podía explicar la gigantesca fuerza que había elevado el fondo del mar con sus fósiles a cuestas. El choque de la India con Eurasia lo aclara bien.

En los Alpes, mejor estudiados que el Himalaya, nadie se explicaba como aparecían ofiolitas, rocas metamórficas de origen en los fondos marinos con aspecto de piel de serpiente (se llaman también serpentinitas). El razonamiento es similar al anterior. También los Alpes se han elevado por presión de las placas del sur sobre el frente europeo. Gracias a la Tectónica de Placas la geología puede en la actualidad explicar casi todo lo que nos interesa sobre la formidable máquina en movimiento que constituye nuestro planeta Tierra.

La máquina terrestre y sus consecuencias

La Tierra está geológicamente activa y encuentra su motor en el calor radiactivo de su interior, también alimentado aún por el calor residual de los tiempos de su formación. No todos los cuerpos del Sistema Solar tienen movimiento de placas. Marte desde luego no, la Luna tampoco, y Venus, aún más activo que la Tierra, parece encontrarse en una etapa de paroxismo volcánico que aún no nos hemos explicado de manera totalmente convincente.

Volvamos al reciente gran terremoto del Nepal y miremos con solidaridad a las víctimas que lo están soportando. Aún no ha terminado la gran labor de excavadora que la India está efectuando el empotrarse bajo Nepal. Las consecuencias son estas formidables sacudidas sísmicas, alguna de las cuales ha llegado a producir más de trescientas mil víctimas.

Produce escalofríos observar con detenimiento las caras de las personas que sobreviven a estas catástrofes y son fotografiadas con aspecto entre abatido y resignado. La especie humana trata de adaptarse a vivir en todo el planeta, incluso en sus rincones más inhóspitos o peligrosos. A veces es muy alto el precio que hay que pagar por ello.

El subdesarrollo, con la pobreza que lleva acarreada, es cómplice de la catástrofe en aquellos países, como Nepal o China en los que aún no se han desarrollado las protecciones y la arquitectura antisísmica que otras naciones, como Japón, también en zona de plena actividad de la tectónica de placas que ha sabido investigar y aplicar. Triunfa la inteligencia y la industrialización frente a las fuerzas tectónicas.

En definitiva, ¿tenía razón Wegener? No del todo, pero desde luego intuyó el funcionamiento de la máquina terrestre. No se mueven los continentes, sino las placas que los arrastran. A los estudiantes de Primaria y Secundaria se lo explicamos con un ejemplo muy gráfico: si vemos ascender a una serie de personas por la escalera automática de unos grandes almacenes, y sólo divisamos sus cuerpos de cintura a cabeza, tapado el resto por la barandilla, pensaremos que se mueven para subir. No es así: simplemente son arrastrados por la cinta transportadora en la que se asientan.

Hoy nos resulta entrañable la figura del pobre meteorólogo que no fue tomado en serio por las circunstancias políticas de su tiempo. La Ciencia debe reconocer el papel pionero y la intuición científica de Afred Wegener, con su teoría de la Pangea y de la deriva continental. La furia de la naturaleza se encarga de que, con cierta frecuencia, lo recordemos.

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