Los animales ante la muerte

Pompas fúnebres zoológicas

Miguel del Pino

Ante la muerte de un compañero de grupo, incluso en especies animales sociales, no suelen apreciarse muestras de tristeza o de susto por parte de los restantes ejemplares, aunque la misma se haya producido en condiciones traumáticas. Existen experiencias en mataderos en las que se midieron las constantes fisiológicas de las reses que estaban presenciando la matanza de sus semejantes sin que dichas constantes se modificaran en absoluto. Parece que los pobres animales no tienen idea de la tragedia que ocurre ante sus sentidos.

Verdaderamente reconocer la muerte implica una abstracción, relacionada con la noción de trascendencia, que parece demasiado para la inteligencia animal, pero siempre hay alguien que nos sorprende.

Los elefantes: ellos son los únicos animales que nos hacen llegar a la conclusión de que se inquietan ante los restos de un semejante fallecido, incluso aunque se trate del encuentro con una osamenta. Si la manada se encuentra en marcha se detendrán, rodearán los restos, los empujarán como tratando de levantarlos, se mostrarán nerviosos y conflictivos entre ellos, y finalmente el grupo seguirá su camino, siempre bajo la dirección de la vieja hembra que oficia de directora de su sociedad matriarcal.

La verdad sobre el "cementerio de los elefantes"

La extraordinaria inteligencia de los proboscídeos originó numerosas leyendas cuando los exploradores blancos, en el siglo XIX especialmente, se adentraron en el corazón del continente negro con motivos no siempre científicos: la búsqueda de piedras preciosas y de marfil, el llamado "oro blanco" formaba parte importante de los objetivos de aquellas expediciones legendarias.

Todas las historias quedaron eclipsadas por el "descubrimiento" del "cementerio de los elefantes": un paraje mítico al que los elefantes se dirigirían al sentirse moribundos para descansar junto a los restos de sus antecesores. Las acumulaciones de huesos ¡y de marfil! encontradas por algunos expedicionarios, en general más aventureros que naturalistas, parecían avalar dicha teoría.

Pero no existen los cementerios de elefantes en sentido real. Lo que justifica los amontonamientos de restos encontrados sería la costumbre de los ejemplares muy viejos de permanecer junto a los ríos y alimentarse en sus orillas de los vegetales ablandados que pueden triturar sus desgastadas muelas. La muerte sorprendía al decrépito ejemplar prácticamente en el río y la corriente arrastraba los huesos hacia un recodo del curso fluvial donde tenía lugar el depósito junto a los restos de otros elefantes que habían seguido el mismo recorrido.

De manera que ni los mismísimos elefantes rinden culto a los restos de sus congéneres hasta el extremo de acumularlos en cementerios. Más científica sería la pregunta sobre cuál fue el momento en el que nuestra especie, la "especie elegida" según el eminente paleontólogo Juan Luis Arsuaga, adquirió la suficiente conciencia como para pensar en el más allá y desarrollar rituales fúnebres con sus semejantes fallecidos.

Parece demostrado que no fue necesaria la adquisición de la condición de sapiens para llegar a este eslabón evolutivo. El estudio de tumbas de neandertal sobre cuyos esqueletos se han encontrado restos de pólenes, han demostrado que éstos pertenecen a especies florales perfectamente identificables, cuyos colores se habían combinado formando dibujos con inequívoco sentido artístico. A pesar de su aspecto tosco y muy primitivo, la especie Homo neanderthalensis queda reivindicada en toda su sensibilidad e inteligencia.

Otros cementerios animales

Muchas personas honran a sus mascotas fallecidas enterrando sus restos en cementerios para animales, muchas veces tan profusamente engalanados como los enterramientos para parientes humanos. Los epitafios suelen ser muy tiernos y claramente demostrativos del agradecimiento del amo hacia su amigo animal perdido. Nada hay de patológico en esta conducta. La muerte de una mascota muy querida puede herir profundamente el alma de su propietario, hasta el extremo de ser necesaria en ocasiones la asistencia psicológica para el mismo.

En torno a la mayor parte de las ciudades hay jardines dedicados a cementerios de mascotas. Algunos son verdaderas obra de arte y están poblados de fotografías de los animales que allí descansan, otros serán más rústicos y modestos; pero cabe insistir en que esta práctica, cuando no llega a los extremos que confunden el dolor por la pérdida de una mascota con el duelo debido a la pérdida de nuestros semejantes, es algo perfectamente admisible e inteligible.

Y es que son muchos los servicios prestados por una mascota amiga.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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