Marte sin marcianos… de momento

Miguel del Pino

Definitivamente y sin remedio. La sonda Schiaparelli se ha estrellado sobre la superficie de Marte, o como diría un castizo "ha aterrizado sin paracaídas", o "amartizado", si nos lo permite la Real Academia.

Este tipo de fallos en la investigación del Sistema Solar cuestan mucho dinero y provocan el rechazo de quienes piensan que no está justificado invertir tanto dinero en estas aventuras cuando hay tantos problemas sin resolver en nuestro propio planeta.

Para vencer reticencias, es necesario hablar de las consecuencias prácticas que se han derivado de la investigación espacial en las últimas décadas; por ejemplo la telefonía móvil. Si le decimos a cualquier enemigo de los gastos en el capítulo espacial que gracias a ellos tiene teléfono móvil, mirará con ternura a su más querido artilugio doméstico y será inmediatamente un converso.

Pero vamos al nombre de la sonda europea estrellada: Schiaparelli es el apellido de un notable científico, ingeniero y astrónomo. Giovanni Virgino Schiaparelli nació en Turín en 1835 y falleció en Milan en 1910, después de recibir los más prestigiosos galardones científicos de su país y de dirigir el observatorio astronómico de Milán durante varios años.

Fue Schiaparelli un investigador astronómico de clarividente visión en cuanto a observación y medición de estrellas y distancias estelares, además descubrió un asteroide al que se dio el nombre de Hesperia y, sobre todo, realizó importantes observaciones sobre nuestro vecino el planeta Marte.

Para dichos estudios sobre el Planeta Rojo aprovechó la privilegiada posición que se produjo en 1877, que colocó a Marte mucho más cerca de nuestro planeta de lo habitual; encontró entonces una serie de sombras en su superficie que le hicieron pensar en un planeta parecido a la Tierra, pero en el que, aunque no había lluvia, sí se podían encontrar importantes cuencas geológicas por donde discurriría el agua.

Y aquí se encuentra la base de los futuros errores de los que Schiaparelli no fue responsable, sino la mala traducción al inglés de sus publicaciones. El astrónomo habló de "canali", en referencia a cuencas o depresiones geológicas cuyas dimensiones se atrevió a calcular. La mala traducción cambió "cuencas" por "canales", y de aquí la errónea interpretación que despistó a algunos astrónomos.

El más pertinaz y obsesivo equivocado fue el astrónomo norteamericano Percival Lowell, que trabajando con telescopios de gran tamaño en el sur de los Estados Unidos llegó a dibujar todo un sistema de complejas redes de canales sobre la superficie marciana, y hasta dio nombre a las más importantes de sus imaginarias arterias.

Para Lowell todo estaba muy claro: Marte estaba habitado por una civilización extraordinariamente desarrollada, pero víctima de una progresiva sequía. Sus inteligentes ingenieros habían diseñado los canales para conducir el agua de las partes más húmedas a las más secas del planeta. Los marcianos eran pues un hecho indiscutible.

La fantasía de Lowell fue contagiosa. Los marcianos estaban bien cerca y la pregunta era ¿serían agresivos para nosotros, anticuados terrícolas? El mundo del cómic lo daba por cierto, de manera que proliferaron toda clase de historietas fantásticas, hasta con versión hispánica representada en los años cincuenta en nuestro país por el comandante Diego Valor, héroe del tebeo y de su correspondiente novela radiofónica: los lectores más veteranos recordarán aquellas legendarias emisiones que comenzaban con la canción "Adelante soldados de la Tierra, volad hacia el espacio misterioso…"

Precisamente fue la radio quien dio el espaldarazo definitivo a la teoría de los marcianos cuando Orson Welles "transmitió" en directo el supuesto ataque global de Marte a La Tierra y aterrorizó a través de las ondas a Norteamérica entera. Se aclaró finalmente que se trataba de una novela radiofónica y que Marte no constituía ningún peligro, pero que la radio, como medio de difusión podría tener fuerza casi ilimitada.

La llegada de las primeras sondas norteamericanas a la órbita marciana, Mariner en los años sesenta y Viking en los setenta, mostraron un realidad bien diferente: ni canales ni habitantes visibles sino un planeta seco, erosionado y con una superficie horadada por enormes valles, con grandes campos de dunas y montañas volcánicas gigantes; maravilloso, pero sin canales trazados por seres vivientes.

A partir de aquí hemos aprendido mucho sobre Marte. Diferentes sondas y módulos móviles se han posado sobre el polvo y la roca rojos y han transitado por el suelo marciano. Se han tomado muestras que han sido analizadas por maravillosos espectrómetros controlados desde la Tierra. No hay marcianos… ¿O sí?

Descartemos en primer lugar las fantasías debidas a la imaginación o al sentido comercial de algunos supuestos intérpretes de las imágenes de la superficie de Marte que las ondas más sofisticadas nos han enviado. Algunos han querido ver pirámides o caras en lo que no son sino cerros más o menos sombreados. Simplemente todo eso es falso.

En cambio puede ser muy interesante el estudio del subsuelo marciano, una vez que está admitido por todos los científicos que Marte tuvo hace unos 3.000 millones de años, agua líquida, y que una parte de ella podría haber quedado retenida congelada bajo las rocas superficiales.

Si la vida consiguió florecer en Marte allí podrían estar refugiados todavía algunos microorganismos de los tipos que en nuestro planeta llamamos "extremófilos", es decir, capaces de sobrevivir en las condiciones más desfavorables. En este sentido es muy interesante la investigación sobre las formas bacterianas que sobreviven en el entorno onubense de Río Tinto, donde existen seres unicelulares capaces de salir adelante en el infierno químico de las aguas sulfurosas.

De momento seguimos con nuestras dudas sobre la vida en Marte, y, como dice el eminente científico español Francisco Anguita, catedrático de Geología Planetaria en Madrid, para aclararlo necesitaríamos traer a la Tierra al menos cien kilos de rocas marcianas para analizarla aquí a fondo. Se admiten voluntarios.

Menos mal que Schiaparelli no será recordado sólo por el fracaso de la sonda recientemente estrellada, sino por el honor de que se ha dado su nombre a un asteroide, un cráter marciano y una cadena de montañas en mercurio. Giovanni fue en suma una gran figura de la Ciencia y de la Astronomía en particular.

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