Madres coraje

Miguel del Pino

También las madres del mundo animal merecen, en esta jornada de exaltación de la maternidad, una reflexión sobre la gran dificultad que implica su tarea.

Si pretendiéramos despojar el tema de cualquier aspecto poético o antropocéntrico, comenzaríamos por revisar el componente hormonal que provoca el comportamiento de protección y defensa de las crías: las hormonas post-parto segregadas por la glándula hipofisaria tienen especial relevancia en este sentido en lo referente a las hembras de los mamíferos especialmente.

La Hormona Galactogénica segregada de manera simultánea en el parto no sólo estimula la producción de leche en las glándulas mamarias de las hembras, también lo hace con las conductas que podemos resumir como "comportamiento maternal". La agresividad hacia lo que pueda significar un peligro para la cría es uno de los componentes más específicos de dicha conducta.

Realmente hay gran variabilidad en las formas en que cada grupo zoológico establece la protección de las crías: los nacimientos de herbívoros en la gran sabana africana proporcionan un ejemplo con tintes especialmente dramáticos.

Nada más venir al mundo, cuando aún está cubierto por las membranas embrionarias que lo han enclaustrado durante la gestación, el recental recibe la ayuda materna imprescindible para superar el trance; de manera incansable la recién parida lame aquéllas buscando con instinto prodigioso liberar el hocico y los orificios respiratorios, después continuará la labor sobre todo el cuerpo del hijo, estimulando y dando calor a los todavía entumecidos miembros.

Porque es trascendente para el recental levantarse sobre sus débiles patas y comenzar a caminar tras la madre y a buscar las mamas para comenzar a alimentarse. El espectáculo es contemplado a distancia por toda una corte de carnívoros y carroñeros que ante cualquier signo de debilidad de la cría o de la hembra se abalanzarán para cumplir con el duro papel selectivo que la naturaleza les asigna.

El drama con que da comienzo la vida de un herbívoro gregario casi siempre termina bien, aunque resulte angustioso contemplarlo o filmarlo para conseguir esas escenas clásicas en los documentales de la sabana africana. A partir de los primeros pasos la cría ha superado la primera dificultad de su vida, que no ha sido ni mucho menos pequeña.

A veces la venida al mundo comienza con una recepción bastante poco grata. Las jirafas tienen la costumbre de parir sin acostarse, simplemente separando cuanto pueden las extremidades de forma similar a como lo hacen cuando se acercan a las charcas para beber; el recental cae desde casi dos metros de altura sin que parezca sufrir demasiado por ello. La madre cumple solícita su ritual de reanimación y todo termina bien, aunque pueda parecer extraordinario.

Otros bebés tienen más suerte: los elefantes, después de la larguísima gestación propia de sus especies, son protegidos no sólo por su madre sino por sus numerosas "tías", como suele llamarse al grupo de hembras que rodean a la parturienta y parecen auxiliarla en el trance. Los primeros pasos y la infancia de este bebé de más de cien kilos transcurrirán entre la seguridad de un bosque de columnas formado por las patas de la madre y las nodrizas: máxima seguridad para una criatura portentosa.

No pensemos que la ternura y los cuidados maternales son sólo propios de la condición más o menos pacífica de los herbívoros, ya que los predadores, y a veces los considerados más feroces, compiten en cuidados maternales con cualquiera de sus presuntas presas.

En nuestras latitudes, las lobas recién paridas suelen establecer al menos dos loberas para transportar su camada de una a otra en función de los rigores climáticos o de las señales de peligro que puedan percibir; también lo hacen los felinos, como habrá comprobado todo el que haya tenido en sus proximidades una gata con sus gatitos, que esconde y transporta cada vez que intuye el menor riesgo para los pequeños.

Hablábamos de la agresividad que puede presentarse en las hembras de especies tradicionalmente pacíficas después del parto de sus crías; en el ganado bovino no sólo las vacas bravas atacan con especial ímpetu a quien se acerque a su becerro, ya que hasta la más tranquila y mansa necesita ser tratada con precauciones cuando se encuentra con su cría.

La mayor parte de los recentales herbívoros se defienden con la inmovilidad o la huida cuando se encuentran con un peligro en ausencia de su madre; excepcionalmente en la raza bovina de lidia hasta el recién nacido embiste a cualquier estímulo que le incomode, según el patrón de agresividad extrema que caracteriza a su estirpe en función de la selección ganadera. Esta conducta resultaría suicida en la naturaleza sin la protección de vaqueros y cuidadores.

No estamos hablando de los animales ovíparos, pero también en este complejo mundo zoológico la conducta material es prodigiosa y no comienza con el nacimiento de la cría, sino con el cuidado del propio huevo, sea incubado en un nido o transportado de manera incansable sobre las patas, como en el caso de algunos grandes pingüinos. Digamos en honor a la masculinidad que también los machos contribuyen a esta función, a veces trabajando en ella todavía con más celo que las hembras.

Y así podríamos continuar con una casuística de variabilidad extremada; terminaremos siguiendo el rastro que la hembra del canguro gigante va trazando en su abdomen al lamerlo e impregnarlo así de su olor para que el insignificante recién nacido trepe hasta el borde de la bolsa marsupial y, tras caer en ella, pueda terminar su desarrollo sujetándose a un pezón. Pasará bastante tiempo hasta que su cabecilla asome al exterior demostrando así que está a punto de acceder a la vida libre.

Las adaptaciones maternales son muy diferentes de unos grupos zoológicos a otros; la eficacia de cada sistema es premiada nada menos que con la supervivencia.

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