Machos y hembras que matan

Miguel del Pino

Lo que se ha dado en llamar en la sociedad actual "violencia de género" es un serio problema que es necesario analizar a fondo para cortar no sólo sus brotes sino también sus raíces. En nuestro país el número de mujeres que mueren a manos de sus parejas es una tragedia ante la que no caben análisis frívolos o búsquedas de votos, pero mirarnos en el espejo de la conducta animal, a cuyas leyes no podemos casi nunca escapar, puede formar parte de los mecanismos de análisis del problema. Vamos a abordar este apartado con el mayor de los respetos.

Hembras que matan

Que el macho sea atacado por la hembra, e incluso muerto y devorado en el lance es algo frecuente en el mundo de los invertebrados depredadores. Matan a su macho muchas arañas después de la cópula, las mantis siempre que su cónyuge no puede escapar a tiempo, y podríamos seguir encontrando ejemplos similares. Lo importante no es la relación exhaustiva sino el análisis del fenómeno, que en este caso es relativamente sencillo.

La hembra que ataca y devora al macho está haciendo acopio de proteínas que le serán muy útiles durante el periodo de formación de los huevos que seguirá al apareamiento: aportados sus genes en la cópula, el infeliz galán contribuirá a las reservas que la hembra necesita con sus propios tejidos, de manera que es preferible sacrificar un ejemplar de cara a la mayor viabilidad de la puesta: así de sencillo.

En el mundo de los vertebrados también encontramos ejemplos de hembras que sacan adelante a su prole en soledad y para las que el macho resulta un estorbo, cuando no un competidor, e incluso un peligro para las crías. No es tan frecuente como en los invertebrados, pero algunos cánidos y félidos siguen esta pauta de conducta y presentan familias matriarcales: sólo la hembra y las crías, no suele ser necesario atacar a muerte al padre de la camada ya que basta con mantenerlo alejado del cubil en que ésta se desarrolla.

Machos que atacan y matan

Al estudiar ejemplos en este grupo podemos encontrar diferentes "razones" por las que los machos atacan a sus parejas y forman familias "patriarcales", sólo el progenitor y sus hijos. En el mundo de los peces territoriales se encuentran ejemplos esclarecedores, como el de los llamados "combatientes siameses" Betta splendens, habituales entre los aficionados a los acuarios.

Un Betta en celo no se apareará si sólo dispone de una hembra; en este caso suele atacarla hasta darle muerte. El galán necesita poder elegir y lo hará de manera inmediata si en su acuario dispone de al menos dos hembras. Pronto mostrará comportamiento de cortejo con una de ellas al tiempo que atacará a muerte a las otras.

Semejantes machos agresivos terminarán por expulsar posteriormente a la pareja elegida y se quedarán al cuidado de la puesta, y después, de los alevines; es un ejemplo de familia patriarcal con agresividad a la hembra que podemos tomar como modelo arquetípico.

Si nos adentramos en nuestro propio orden, los Primates, deseosos de encontrar claves que nos ayuden a comprender el ejemplo de la agresividad machista humana, la naturaleza no acudirá en ayuda de los hombres maltratadores y agresivos. La mayor parte de los antropoides forma grupos familiares de tipo parental, es decir, con participación de ambos miembros de la pareja, o incluso de la tribu en cooperación, para sacar adelante a unas crías que por lo general necesitan cuidados durante largo tiempo: el hombre en este sentido bate verdaderas plusmarcas, no sólo por su dilatada infancia sino también por las circunstancias sociales, como la búsqueda de hogar y trabajo, que retrasan a veces décadas su emancipación de la unidad familiar.

Los agresivos no son supermachos, sino todo lo contrario

Los machos que atacan a las hembras en especies en que este comportamiento se da de manera aberrante pueden ser en algunas ocasiones ejemplares con excesiva dotación hormonal masculina, pero esto no es una regla general: en ocasiones la conducta anómala se debe a todo lo contrario.

Si repasamos un ejemplo tan conocido y familiar como el de los canarios, que crían sin dificultad alguna en nuestro entorno familiar, la observación de la conducta del macho en celo al ser apareado revela una gran agresividad hacia una hembra a la que sólo reconoce como un invasor de su territorio. Cuando la persigue con las alas caídas y cantando con el máximo de su vigor no estamos ante una escena de requiebro sexual, sino simplemente de un violento ataque. Un macho normal declinará pronto esta actitud y responderá a los mecanismos de inhibición de su pareja, como la emisión de piadas y actitudes infantiles o la solicitud de alimento.

Posteriormente, un macho apto para cría pasará de la conducta de cortejo a la del cuidado de la hembra y de la prole. Sólo algunos ejemplares de conducta aberrante seguirán atacando a su pareja o posteriormente a las crías después de las incidencias previas al cortejo. Tales machos no son aptos para la crianza, ni en domesticidad ni en la naturaleza, aunque en esta última la disposición de mayor espacio pueda mitigar su mala conducta.

No es extraño que el mal trato a las hembras implique también ciertas actitudes más o menos amenazadoras para las crías. La evolución no premiará este tipo de conductas, así que los maltratadores no tienen sencillo perpetuar sus defectuosos genes.

El maltratador humano

Tratar de estudiar las claves de la llamada "violencia machista" sólo desde el punto de vista biológico resulta parcial y puede llevarnos a error. A las bases hormonales o también posiblemente a las genéticas, hay que añadir las circunstancias sociológicas, muchas de las cuales parten de la primera educación recibida, de los ejemplos vividos en la infancia y de la tolerancia social que pueda haberse producido en determinadas culturas.

Se trata, en cualquier caso, de conductas que es necesario prevenir y erradicar por todos los medios de que la sociedad disponga. Deberíamos hablar en este caso de la necesidad de un consenso total por parte de políticos y seguidores de los mismos sin que nadie caiga en la tentación de hacer bandera de algo tan triste y aberrante.

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