Los zapatos de París

Miguel del Pino

La más elemental prudencia aconseja la parquedad en manifestaciones y concentración de personas en la gran capital francesa herida por el terrorismo, pero los parisinos han encontrado una ingeniosa solución para manifestarse a favor de la reducción de emisiones que se plantea en la Cumbre del Clima. En lugar de seres humanos han colocado sus zapatos, con el lema "Pasos por el Clima". Sobresaliente en creatividad.

Vamos a lo más sencillo.

Los desafíos presentados en la Cumbre de París a los mandatarios que desde este domingo se reúnen en la bellísima ciudad, son verdaderamente difíciles de superar. Se trata de uno de esos temas que requieren tratamiento "holístico", como dicen los modernos, es decir, en los que el componente científico resulta presionado, cuando no eclipsado, por otros de naturaleza política, mediática y hasta ideológica. ¿Estamos abocados a un nuevo fracaso?

Hace unos años impartí clases en un master sobre Cambio Climático destinado a postgraduados tanto en ciencias ambientales como en diversas ingenierías, y creo que en la primera lección sorprendí a los participantes proponiéndoles que. con el respeto debido a sus brillantes titulaciones y cualificaciones, comenzáramos por lo más sencillo: por el esquema elemental del ciclo de carbono tal como lo enseñamos a los estudiantes de Secundaria. Ante la acumulación de datos, de opiniones, de enfoques y ante la multiplicidad de aristas que presenta el problema del llamado "Cambio Global del Clima", creo que es necesario recordar la base más simple del tema. Es lo que aquí propongo a los lectores.

La energía fluye, la materia se recicla

La energía fluye en el ecosistema tierra y no puede volver atrás. El inicio se encuentra en la energía que recibimos del sol, que con las contadas excepciones de algunos ecosistemas que funcionan con el calor volcánico, es el botón de puesta en marcha de todo el sistema energético de nuestro planeta.

Las plantas son capaces de fijar la energía solar gracias a su pigmento verde, la clorofila, y utilizan esta energía para elaborar materia orgánica. Recuerdo la emoción del sabio Profesor Bustinza cuando nos explicaba este tema en la Universidad. "Las plantas convierten las piedras en pan", solía decir el insigne maestro que había sido amigo y colaborador de Fleming y cuya bondad corría pareja con sus conocimientos.

La energía almacenada por las plantas se transfiere a los animales por la alimentación, y ya en este estrato pasa de animal a animal a través de la cadena alimentaria, pero atención: como cada organismo gasta una parte de la energía que recibe bien en su actividad vital o bien en la emisión de calor, ésta se va gastando en cada paso, lo que explica que la gráfica en que se puede expresar esta cadena tenga cada piso más pequeño que el anterior, y tome así la forma de la famosa pirámide ecológica.

Con los materiales no ocurre lo mismo que con la energía: la materia no se gasta, sino que describe ciclos en la Naturaleza y entre estos ciclos se encuentra el del carbono, en que encontramos la base para explicarnos lo que viene ocurriendo en nuestro planeta tras el inicio de la llamada Civilización industrial.

El Ciclo del Carbono

Para encontrar el punto en el que se inicia el ciclo del carbono en la Naturaleza hay que remontarse a su reserva principal, que se encuentra en el dióxido de carbono (CO2) atmosférico. En su origen procede de la desgasificación del planeta procedente de la actividad volcánica, que en tiempos remotos fue mucho más activo en este sentido que en la actualidad, aunque incluso ahora, una o varias erupciones violentas seguidas con breve intervalo, puedan modificar la composición de la atmósfera en partes por millón de CO2, un detalle que no debe olvidarse.

De la atmósfera el CO2 pasa a las plantas por fijación. Para esta asimilación los vegetales verdes disponen de una enzima, la ribulosa1-5 difosfato carboxilasa. Los bioquímicos suelen llamarla rubisco, en función del grafismo de su nombre completo. Como buena enzima, la rubisco no se gasta en el proceso sino que va fijando moléculas de CO2, regenerándose y volviendo a actuar, pero como lo hace de manera muy lenta, la planta necesita gran cantidad de la misma, de manera que, añadimos como curiosidad, la rubisco es la proteína (enzimática) más abundante en nuestra biosfera.

La Ciencia tardó en darse cuenta del significado biológico de la absorción del CO2 por las plantas. Como es sabido que éstas desprenden oxígeno el esquema parecía una obviedad: los vegetales toman CO2 de la atmósfera, lo descomponen en su interior, se quedan con el carbono y desprenden el oxígeno. Parecía evidente, pero nada más lejos de la realidad.

Elegantes experimentos realizados con isótopos radiactivos demostraron que la realidad es otra: las plantas asimilan el Co2 incorporando la molécula completa a su fijador orgánico,que es un azúcar de cinco carbonos llamado ribulosa 1-difosfato. El oxígeno que desprenden, y que hace posible la vida en la Tierra, procede de la descomposición del agua que absorben por las raíces. El hidrógeno del agua se almacena como poder reductor, mientras el oxígeno no es más que un subproducto que se elimina… afortunadamente para nosotros como seres de respiración aerobia.

Volvamos al ciclo: una vez que los vegetales han asimilado el carbono éste pasa a los animales a través de la alimentación herbívora y ya en el nivel animal de los herbívoros a los carnívoros, pero estamos hablando solamente de un préstamo. Vamos a comprobarlo.

Tanto vegetales como animales tienen que cumplir con la obligación de devolver a la atmósfera el CO2 asimilado, y lo hacemos de dos maneras: por medio de la respiración, es decir en su fase pasiva o espiración, o bien, tras la muerte, por medio de la descomposición de los cadáveres. Esta es la regla general a la que escapan parcialmente algunos organismos que bloquean carbono en forma de conchas o esqueletos hasta que son erosionados y tardan un cierto tiempo en devolver el carbono usurpado, pero en otras edades de la Tierra existieron algunos seres vivos que hicieron trampa a esta norma general del funcionamiento del ciclo del carbono. Nos referimos a los que originaron los llamados combustibles fósiles.

Los tramposos del ciclo

Ha pasado varias veces en la Historia de la Tierra. Cuando se han dado ciertas condiciones en la acumulación de restos orgánicos, como el enterramiento o la inmersión en trampas submarinas, algunos seres vivos, tanto vegetales como animales, y especialmente los árboles y los diminutos organismos planctónicos, no ha sido posible la descomposición y la devolución del carbono. En estas trampas sin oxígeno, como los barros ricos en materiales orgánicos, han evolucionado de varias maneras para formar el carbón el petróleo o el gas natural, y allí han permanecido durante cientos de millones de años hasta que nuestra especie alcanzó el grado evolutivo que llamamos "civilización industrial".

Cuando el hombre descubre el fuego y empieza a obtener energía a partir de la leña comienza a ser capaz de influir de forma global en nuestro planeta, aunque en el principio de manera muy pequeña y sobre todo causando las primeras deforestaciones en los bosques. Cuando, al llegar la etapa industrial descubre los combustibles fósiles y comienza a quemarlos, se convierte en nuevo factor en el equilibrio de la atmósfera y por tanto de la biosfera. Cuidado con este mono armado con un revólver cargado que no sabe bien cómo utilizar.

Fue bonito mientras duró, pero hablamos de pan para hoy y hambre para mañana; los combustibles fósiles no son eternos y los gases que producen, CO2 entre ellos, aumentan la composición de este elemento en la atmósfera actual terrestre.

Es una magnífica ocasión para comprobar si funcionan los sistemas naturales de regulación de nuestro planeta tal como propuso Lovelock, autor de la hipótesis Gaia que imagina a la Tierra como un super-organismo capaz de autorregularse. Entramos en el terreno de la especulación, en la que los modelos de ordenador tratan de sustituir a la experimentación, base hasta el momento de las demostraciones científicas.

La Tierra sería capaz de reciclar por medio de las plantas y de ciertos mecanismos geológicos el exceso de CO2 procedente de las combustiones industriales, pero es imposible saber cuánto tardaría en hacerlo; algunos ecólogos hablan de unos 25.000 años, y de ser cierta esta valoración nos encontraríamos con un problema parecido al de los residuos nucleares: dejaremos a las generaciones siguientes una herencia de suciedad que no habla muy bien de la prudencia del hombre industrial de los siglos XX y XXI.

A partir de aquí dejemos hablar a políticos, ideólogos, periodistas y hasta líderes religiosos. París parece la última gran oportunidad para que se llegue a un acuerdo de reducción de la contaminación que sería sin duda una magnífica noticia, tanto desde el punto de vista ecológico como desde el sanitario, pero creo que no está de más este recuerdo elemental del ciclo del carbono, un ciclo en el que el hombre interfiere. En caso de ser antropocéntrico el aumento de temperatura global de la Tierra en las últimas décadas, esta fiebre sólo debe tener un antídoto que no es otro que la investigación científica. Dejen hablar a la Ciencia.

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