Montes intoxicados

SOS Veneno

Miguel del Pino

El primero de nuestros grandes problemas ambientales es el azote de los incendios forestales, pero es muy probable que haya que colocar en segundo lugar de esta lista de los horrores ecológicos esas prácticas de colocación de cebos envenenados que amenaza la supervivencia de algunas de nuestras más valiosas especies animales.

Tundra y Jasper: una triste historia

Estos eran los nombres de dos preciosos perros de raza Husky siberiano, propiedad de Chema Díaz González, presidente de la asociación ecologista asturiana GECA. La hermosa misión de estos dos ejemplares caninos era recibir a cientos de visitantes, la mayor parte niños, en el Albergue Vega de Hórreo, en el Concejo de Cangas del Narcea, donde se celebran actividades de educación ambiental auspiciados por el prestigio de FAPAS (Fondo Asturiano para la Protección de los Animales Salvajes).

A mediados del pasado marzo, en uno de los más hermosos paisajes del suroeste asturiano, Tundra y Jasper se despistaron del grupo al que acompañaban, que realizaba exploraciones de campo para constatar la presencia del lobo. Volvieron moribundos y agonizaron al poco tiempo tras tener la desgracia de encontrar y probar un cebo mortal: nada menos que un ternero envenenado con estricnina.

El veneno corre por España

La muerte de estos infelices canes es sólo un ejemplo; uno más de los centenares de casos de envenenamiento de toda clase de especies animales por ingestión accidental de cebos colocados por quienes suman a su ignorancia ambiental la condición de verdaderos desaprensivos.

Porque la ignorancia no puede servir a estas alturas de disculpa. Quienes hace décadas colocaban los cebos envenenados lo hacían pensando que sólo afectarían a las entonces llamadas "alimañas", es decir, a los supuestos enemigos de la caza o la ganadería. En la actualidad deben saber, pues se ha avanzado lo suficiente en cuanto a divulgación y cultura ambiental, que lo que realmente están sembrando es una "bomba de relojería" que no afecta sólo a sus odiadas especies enemigas, sino a toda la cadena trófica formada por eslabones muchas veces insospechados. Nada descarta que la especie humana pueda ser destinataria final de estos sembrados de muerte.

Las dimensiones que alcanza el problema del veneno en nuestros campos seguramente son mucho mayores de lo que se imagina. Abonan esta tesis los centenares de ejemplares de aves rapaces que son seguidas en sus movimientos por medio de la colocación de aparatos GPS. Cuando los científicos que siguen sus señales se asombran de la complejidad de sus movimientos o de la gran capacidad de desplazamiento y de sus hazañas viajeras, es frecuente, demasiado frecuente, que la señal se detenga en un punto que supone el final del viaje. El hallazgo del cadáver envenenado es la nota de campo final que se apunta en la historia del ejemplar objeto de seguimiento.

El porcentaje de aves rapaces que son objeto de seguimiento por GPS y aparecen muertas por envenenamiento, es tan elevado que se constituye en termómetro de esa enfermedad ambiental que nos atrevíamos a calificar de segundo problema ambiental de España. Por añadidura, el número de animales cuyos cadáveres se encuentran es sólo una ínfima parte de lo que realmente ha acontecido. Una verdadera punta de iceberg. Si todo sigue igual habremos de resignarnos a la pérdida irreparable de una parte significativa de la biodiversidad ibérica.

El mapa del veneno incluye la localización de "puntos negros", como la concentración de alimoches y rapaces de tamaño mediano encontradas envenenadas recientemente en una finca extremeña. Los cadáveres habían sido cuidadosamente ocultados en el interior de troncos huecos, pero los GPS seguían emitiendo su señal acusadora. Buena parte de los ejemplares se encontraba a punto de terminar un largo viaje migratorio que les traía de nuevo a sus lugares de nacimiento después de la invernada africana. Una verdadera lástima.

Aplicando el antídoto

Es muy raro que un animal envenenado pueda llegar a recuperarse: la estricnina, y otros tóxicos similares no tienen antídoto pero al menos puede funcionar como preventiva la organización de grupos de defensa de la naturaleza en estrecha colaboración con el Seprona: un servicio de protección ambiental de la Guardia civil que se constituye en pimera policía ambiental de Europa, y no sólo en antigüedad, sino también en eficacia. Seprona ha descubierto a numerosos envenenadores; a veces con las manos en el cebo, en plena actividad delictiva, aunque muchas veces los sembradores de muerte eran simples "mandados" que actuaban al servicio de los gestores de las fincas objeto del delito.

Recientes sentencias judiciales respaldan esta labor de campo. Son varios los jueces que han tomado los casos a ellos encomendados como verdaderos delitos, objeto no sólo de penalidad pecuniaria, sino de ingreso en prisión de los causantes. Poco a poco la legislación, y su interpretación por la judicatura, se van adecuando a la gravedad del tema, y a la consideración de que la cadena del veneno puede llegar al propio ser humano, bien directamente o por contaminación del medio, como por ejemplo de los acuíferos. El cerco legal se va estrechando y dificulta la labor de los delincuentes ambientales.

Es necesario aclarar que la inmensa mayoría de las fincas gestionadas para el aprovechamiento cinegético cumplen la Ley y se convierten entonces en eficaces aliadas de las políticas de conservación. Baste el loable ejemplo de las amplias extensiones forestales toledanas que permitieron en su día el nacimiento del Parque Nacional de Cabañeros como santuario del monte mediterráneo. Eran fincas dedicadas a la caza que habían sido magníficamente gestionadas y que conservaban la biodiversidad necesaria. Rapaces y depredadores como controladores de la fauna cinegética. Un buen ejemplo del concepto de equilibrio ecológico.

¿Qué hacer ante el hallazgo de un animal envenenado?

El hallazgo en el campo del cadáver de un animal, especialmente si se trata de un depredador, debe movernos a la prudencia. No tocarlo, no consentir que los niños lo manipulen. Disponemos de un teléfono que es interesante divulgar. 900 713 182: conviene llevarlo grabado en el móvil.

"Si encuentra un animal o cebo envenenado no lo toque, llámenos". Este es el lema de ese "Proyecto antídoto". Esperemos que cada vez sea menor la necesidad de utilizarlo.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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