¿Linces en Madrid?

Los linces más castizos

Miguel del Pino

Esta vez puede que sea algo más que un rumor. El lince podría haber llegado a la Comunidad de Madrid, e incluso es posible que se haya constituido algún grupo estable.

Todavía faltan pruebas, y además tenemos que olvidar el desagradable incidente de aquella supuesta aparición de excrementos del felino precisamente donde se estaba construyendo una carretera destinada a corregir uno de esos tramos negros en que se pierde un insostenible goteo de vidas humanas.

En aquella ocasión no llegaron a aparecer pruebas claras, ni de presencia real del lince ni de una presunta falsificación de su trazo, pero la forma en que se presentó la noticia y su coincidencia con la necesidad de reformar la citada carretera madrileña hicieron mucho daño a la naturaleza y a quienes la defienden con honradez. Las respuestas no se hicieron esperar en forma de preguntas como ¿Qué vale más la vida del lince o la de las personas? El "efecto rebote" generó inclusive una cierta capa de antipatía hacia el maravilloso felino de las orejas con pinceles al que Félix llamó “fantasma de los jarales”.

Efectivamente el lince actúa como un verdadero fantasma: esquivo, difícil de ver y de controlar, dominante en su territorio hasta el extremo de asomarse a las carreteras para comprobar la naturaleza de esas luces que perturban la paz de su territorio de caza, lo que en muchas ocasiones trae como consecuencia la muerte por atropello.

De haber realmente linces en Madrid serían descendientes de alguno de los liberados en Castilla-la Mancha como consecuencia del programa de cría en cautividad, pero es preferible no adelantar datos y seguir investigando. El corredor del Jarama, por donde venían los toros bravos desde Andalucía cuando Fernando VII jugaba a ser ganadero, podría haber sido la vía de entrada.

La prestigiosa bióloga y notable escritora Mónica Fernández Aceituno cree en el asentamiento de linces en Madrid, e incluso los imagina camuflando sus pieles moteadas entre las rocas graníticas, también pintadas en este caso por la mica negra sobre el fondo de cuarzo y feldespato. Mónica, siguiendo su costumbre, lo cuenta tan bien que convierte al lector en fiel creyente de que ya hay linces castizos, tan madrileños como lo fue el Perro Paco.

Y a partir de aquí se establece la lucha entre conservacionistas y urbanitas escépticos. ¿Y para qué queremos linces en Madrid? ¿Quién va a ver alguno en su vida? ¿Merece la pena gastar dinero en estas cosas?

Las respuestas saltan de manera inmediata y proceden de la defensa de la sensibilidad y de la cultura. Las joyas de la naturaleza son un patrimonio cultural de primer orden y su conservación es elemental obligación, aunque sólo sea por motivos científicos, pero también podrían señalarse muchas más aristas en este complicado polígono de la gestión de la naturaleza y sus criaturas escasas.

Para empezar, recordemos que la presencia de superpredadores en un ecosistema es el mejor indicador de la buena salud del mismo, de manera que si se consigue insertar una población estable del precioso felino en el entorno del casi recién nacido Parque Nacional del Guadarrama, será una excelente señal de que la gestión del entorno es correcta. No habrá linces si no hay suficiente población de conejo, con el consiguiente beneficio para los cazadores, ni tampoco si no se conservan masas arbustivas y forestales capaces de abrigar y proteger a los felinos.

Quien conserve un ápice de romanticismo, o simplemente quien sea capaz de apreciar la belleza, pensará que también debería protegerse al lince por esta razón, por ser extraordinariamente bello. Un lince no tiene la majestuosidad del león, ni la sinuosidad del tigre, ni siquiera la potencia muscular del leopardo, pero gana a todos ellos en equilibrio y proporción: es un canon de belleza entre los animales de una familia que posiblemente cuenta con alguna de las criaturas más bellas del planeta.

Si de verdad hay linces en la Sierra, muchos excursionistas pasarán junto a ellos sin verlos, peo serán vistos por el felino encamado, especialista en el camuflaje entre las matas y la caza de conejos al rececho. No en vano los bellos ojos verdes del lince atesoran una vista tan magnífica que los griegos clásicos le adjudicaron la capacidad de ver a través de los objetos, como el mitológico Linceo, al que debe su nombre.

Si hasta el momento hubiera que elegir un emblema zoológico para representar al Parque Nacional de Guadarrama, quizá estuviera a la cabeza la preciosa mariposa Graellsia, que a mediados del siglo XIX su descubridor, el prestigioso entomólogo Mariano de la Paz Graells, dedicó a la reina Isabel II adjudicándole el nombre de Graellsia isabelae. Sus alas son de un hermoso verde claro, como los del lince. Si de verdad hay linces madrileños, a la Mariposa le habrá surgido un fuerte competidor a la hora de "reinar" entre la fauna del gran Parque.

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