Los brotes negros. Alarma en los aeropuertos

Miguel del Pino

Como en los siniestros tiempos de Rodríguez Zapatero volvemos a oír hablar de "brotes verdes", ahora en boca de la ministra Nadia Calviño y como entonces en referencia a la economía.

Los economistas ponen en duda base real de tal optimismo, pero lo indudable es que en los países que vamos superado la primera fase de la pandemia se aprecian preocupantes brotes negros cuyo control es cuestión de supervivencia, física, social y económica.

El comportamiento del virus Sars Cov 2 es tan demoledor que tales rebrotes de la infección que provoca pueden ser inevitables, lo que es necesario es actuar inmediatamente, sin cometer negligencias ni faltar a la responsabilidad que a todos, autoridades y ciudadanos nos obliga durante la fase de reactivación, de la actividad y de la economía.

¿Para qué ha servido el confinamiento?

Los españoles hemos sufrido durante varios meses un confinamiento drástico siguiendo instrucciones derivadas de ese estado de alarma cuya constitucionalidad es más que dudosa, pero ¿realmente ha sido útil tamaño sacrificio y tal recorte de nuestras sagradas libertades?

La razón fundamental de las calamidades que hemos padecido ha sido dar tiempo al gobierno para actuar mitigando el desastre: dotando de medios a la sanidad y los sanitarios, poniendo a salvo a los más vulnerables y, muy especialmente, practicando test masivos para conseguir que, en el menor tiempo posible, el confinamiento general se fuera convirtiendo en aislamiento de puntos especialmente afectados por la enfermedad, sin tener que arruinar la economía para evitar la mortalidad masiva.

¿De verdad se ha hecho algo de eso? es evidente que no, especialmente en lo que se refiere a la realización de test; es difícil asumir las razones de esta inhibición, cuando se ha comprobado que los países más diligentes y activos en este sentido han sido quienes han conseguido disminuir de forma significativa el número de muertos. Nuestros responsables tendrán algún día que explicarlo, al menos no perdamos la esperanza en este sentido.

¿Llegará la segunda oleada?

Se quiere difundir la esperanza de que hasta octubre, el calor nos ofrece una tregua en la pandemia; sencillamente no es verdad, ya que el virus ha pasado por territorios de clima muy cálido sin detenerse por ello, aunque tenga su óptimo en temperaturas más bien frescas, como los nueve grados. Los treinta o más del verano español no son un seguro de vida y como ha declarado la eminente doctora Margarita Salas, el rebrote podría producirse en el mismísimo mes de julio.

Hay que reflotar el turismo, con perdón del ministro Garzón que relega esta actividad a un plano secundario. Para salvar un sector tan importante de nuestra economía hay que permitir la entrada de extranjeros, con el peligro que esto implica; no hay más remedio.

Admitiendo lo anterior parece lógico tomar todas las precauciones, incluso pecando más por exceso que por defecto; pues bien, el protocolo establecido para Barajas no es sino una trágica pantomima que reproduce errores del pasado que han costado ya en España demasiados miles de víctimas.

Las medidas previstas se han expuesto con toda seriedad por parte del ministro Illa y no se ha hecho esperar la protesta de las autoridades de la presidenta de la Comunidad de Madrid y del alcalde de la Villa: protestas que encontramos tibias, ya que no debemos olvidar que de producirse la catástrofe se acusará a ellos de tal desastre, como ocurrió en el caso de las residencias de ancianos.

Deberían las autoridades madrileñas declarar notarialmente su declinación de responsabilidades ante un protocolo de medidas con el que discrepan de forma radical; que sea el mando único quien cargue con la responsabilidad, ya que con tanta seriedad la asume. Dicha seriedad que nos recuerda el viejo dicho popular: la seriedad del burro a alguna gente, le da reputación de inteligente.

El protocolo de Barajas

Por mucho que se quiera revertir de seriedad, el protocolo diseñado para la recepción y admisión de turistas en Barajas no resiste las más elementales normas de desarrollo de un acto médico, y tal acto médico es en realidad lo que se necesita para garantizar la entrada viable de viajeros procedentes de otros países: el acto médico se basa en la anamnesis, que efectivamente comienza con una observación directa y una conversación con el presunto enfermo, pero debe seguir con la valoración de sus síntomas y signos.

Desde el punto de vista médico los síntomas son las señales subjetivas de la enfermedad, como las que pueden derivarse de una conversación entre médico y paciente: "me duele aquí", o "tengo escalofríos", puede decir por ejemplo el presunto afectado.

Los signos son las señales objetivas de la enfermedad, y son éstas los más importantes a la hora del diagnóstico médico: un signo es la fiebre, y en este sentido bueno está tomarla a todos los viajeros, para lo que hoy disponemos de cámaras térmicas rápidas capaces de tomas en colectivo, pero hay la posibilidad de obtener un signo mucho más importante: los test PCR.

El protocolo establecido para Barajas se basa en el absurdo de buscar, de aquella manera síntomas, cuando sabemos que pueden contagiar los asintomáticos, sin olvidar el inútil papeleo derivado de las declaraciones por escrito de los turistas, que se eternizarán en colas comprobando así cuanto nos gusta la burocracia. Insisto, con el protocolo Illa y Simón buscaremos síntomas en los asintomáticos.

Vamos pues a la solución, que es tan sencilla como asequible: o los turistas vienen con un test reciente hecho en su país de origen o se les hace, y cobra, a su llegada antes de permitirles la entrada; así de sencillo, de lógico y de sostenible para nuestras arcas y sobre todo para nuestra salud y nuestra vida. ¿Es tan complicado?

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