Las mascotas no contagian el coronavirus Covid-19

Miguel del Pino

Al menos las investigaciones realizadas hasta el momento permiten afirmar la inocencia de los animales domésticos en la transmisión del coronavirus Covid-19, aunque no hay que descartar que aparezcan nuevas recombinaciones mutantes, hoy por hoy hay que tranquilizar en este sentido.

Conviene hacer esta aclaración al aparecer fotos en China de perros con mascarilla en brazos de sus amos, se trata de una precaución sin fundamento que puede dar lugar a que aumente el confusionismo actual, que ya es demasiado grande.

Es cierto que los virus pueden saltar la barrera de especie y de hecho es muy probable que la actual cepa patógena llamada Covid-19 se haya originado a partir de un animal, por cierto todavía no identificado, pero nada permite afirmar que se constituya una cadena entre diferentes especies que incluya a nuestras mascotas en su trayectoria.

Murciélago y pangolín serían los dos huéspedes, primero y segundo respectivamente, en los que parece haberse producido el paso de una cepa de coronavirus capaz de haber mutado y transmitirse al hombre, sólo la mutante o recombinante, es decir, una nueva y excepcional estirpe.

Los virus mutan constantemente y tratan de encontrar nuevas células en cuyo interior reproducirse, ya que su extrema simplicidad no les permite hacerlo sin contar con los equipos de organoides propios de las células, sean bacterianas, como en el caso de los fagos, o eucariotas, como en el de los virus que afectan a los animales y las plantas.

Muchas enfermedades de los animales y algunas de las plantas son producidas por virus: la primera vez que la humanidad tuvo constancia de que existen seres infecciosos todavía más sencillos que las bacterias se remonta al año 1885, cuando el ruso Ivanovski obtuvo a partir del jugo de plantas de tabaco infectadas por la enfermedad conocida como "mosaico", que deterioraba y arruinaba sus hojas, un filtrado que mantenía el poder infeccioso.

La primera denominación que se dio a los virus fue la de "microorganismos filtrables, invisibles e incultivables". Su extrema pequeñez se dedujo de su capacidad de atravesar los filtros bacterianos, cuyos poros son tan pequeños que no dejan pasar bacterias, dejaron de ser invisibles al aparecer el microscopio electrónico y pudieron cultivarse en laboratorio cuando se comprendió que no crecen en los medios de cultivo que se emplean para otros microbios, sino en el interior de células vivas.

A partir de los descubrimientos de Dimitri Ivanovski se comprobó que los virus no son sino una molécula de ácido nucleico, sea ADN o ARN envuelta en una cubierta de proteínas a la que se llama capside, compuesta a su vez de numerosas piezas llamadas capsómeros; estas proteínas son en la actualidad base fundamental para la obtención de vacunas capaces de detener las infecciones víricas.

Pronto se comprobó que los virus eran productores de enfermedades humanas como la fiebre amarilla o la rabia, y en estos momentos es especialmente justo recordar la figura de Louis Pasteur, que obtuvo la primera vacuna contra esta última, que tiene carácter de zoonosis, es decir: puede pasar de animales (carnívoros por lo general) al hombre.

Pero volvamos al comienzo para recordar que Covid-19 no se comporta como una zoonosis, aunque se demostrara que el recombinante inicial procediera de un animal. En estos momentos la cadena de transmisión es entre humanos, a través de micro gotas de secreciones respiratorias, ya que se trata de un virus de localización neumotrópica (en el aparato respiratorio), como sus lejanos primos los virus gripales.

Son numerosas las enfermedades víricas que pueden padecer nuestros mejores amigos animales, como el conocido "moquillo" del perro, la panleucopenia del gato o la parvovirosis canina que apareció en los años setenta, pero ninguna de ellas se transmite al hombre. La especificidad de los virus puede afectar a miembros de una familia animal, en el caso del moquillo a muchos carnívoros, pero el paso a los humanos no se ha registrado afortunadamente en ninguno de los casos que citamos. Tampoco en el Covid-19.

Indultados pues en estos momentos los animales domésticos encontramos un nuevo motivo de esperanza en la baja tasa de mortalidad que está presentando, y para los pesimistas que puedan temer que nuevas mutaciones se vuelvan cada vez más letales, diremos que esto, siendo posible, no sería lo más lógico desde el punto de vista evolutivo.

Covid-19 está mostrando gran capacidad de transmisión entre personas y esto precisamente se debe en parte a su baja capacidad para matar, ya que lo que permite a cualquier parásito prosperar y difundir los efectivos de su especie es no acabar con sus huéspedes, ya que esto implicaría una victoria pírrica: muerto el huésped se acaba también la capacidad de multiplicación del parásito.

Los virus que se han mostrado especialmente mortales suelen ser también los que se difunden más lentamente, precisamente por frenar con cada muerte su potencial de reproducción; en tanto los microbiólogos, los médicos, los genetistas y todos los científicos implicados en la lucha contra reloj para encontrar vacunas, consiguen las primeras de éstas, vamos a acogernos al clavo ardiendo de la esperanza que supone la baja letalidad del nuevo parásito humano.

Sigamos fielmente las recomendaciones que se irán dando por parte de las autoridades competentes y mientras tanto, nada de mascarillas para las mascotas ni de caída en situaciones de pánico colectivo justificables más desde el punto de vista económico que desde el puramente biológico.

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