La tragedia del castor

Miguel del Pino

Nos ocupamos en esta ocasión de un animal verdaderamente prodigioso: el castor cuenta en la actualidad con dos especies, la americana (Castor canadiensis) y la europea (Castor fiber). La especie europea formó parte de la fauna española hasta bien entrado el siglo XVII, en el que fue extinguida a causa de la caza excesiva promovida por el alto valor de sus pieles.

Las costumbres de este roedor son bien conocidas, especialmente su capacidad para construir diques en las zonas palustres en que habita, de manera que pueden llegar a formar verdaderas lagunas cuyo caudal regulan elevando o reparando los muros que construyen al efecto.

Los diques de contención están hechos principalmente de madera procedente de los árboles del bosque que talan con sus poderosos incisivos, de crecimiento continuo como es habitual en el orden de los roedores; su aspecto, simpático, les acarrea simpatías no sólo entre los conservacionistas sino también entre el público y las autoridades. En Canadá, el castor es considerado la especie más popular y emblemática.

En los ecosistemas propios de su hábitat, como el bosque boreal, norteamericano o europeo, la labor de ingeniería que realizan los castores se considera beneficiosa: aumentan las zonas de humedal y embalsan el agua regulando así el cauce de los ríos y evitando las avenidas, pero otra cosa sucede cuando la especie es introducida en ecosistemas forestales cuya flora no es la idónea para soportar sus labor de tala.

El castor en la tierra del fuego

El grave problema ecológico, que en estos momentos está suponiendo para el sur del continente americano la actividad de los castores introducidos en los años cuarenta del siglo pasado, recuerda al que sufrió Australia cuando se trató de introducir el conejo de monte europeo en aquel continente virgen para los roedores.

Por extensión, la catástrofe que están causando los castores en la Tierra del Fuego viene a recordarnos la necesidad de evitar las introducciones de especies exóticas en cualquier ecosistema que les resulte desconocido, y buena nota de ello debemos tomar en lo que se refiere a España, poseedora de una fauna y flora incomparables en biodiversidad a las de cualquier otro país europeo.

En alguna ocasión hemos criticado en este sentido algunos posibles excesos de celo en nuestras autoridades al prohibir las importaciones de algunos animales tan comunes en todo el mundo como el pez rojo de acuario, pero no cabe duda de que es preferible el rigor que el descuido y no debe nunca bajarse la guardia.

Volviendo al problema de la Tierra del Fuego en los años cuarenta, como antes indicábamos, se jugó a introducir prácticamente todo lo que suponía que podría ser útil o recreativo, como el conejo en Australia, o el castor, de caza no demasiado complicada y alta rentabilidad por su piel. Sólo se introdujeron veinte ejemplares, pero en la actualidad su número es difícil de determinar y, desde luego, no resulta inferior a los cien mil o quizá ciento cincuenta mil ejemplares.

Lo mismo que sucedió en Australia, también aquí la mixomatosis acabó con los conejos, pero los castores no tienen depredadores en esta zona y los árboles carecen de la resistencia de las especies forestales canadienses, de manera que el bosque patagónico está siendo devastado por los castores introducidos, y no considera sencillo acabar con la plaga.

Bosques antaño prósperos antes de la introducción de aquellos veinte castores, formados por especies forestales de madera poco resistente como el "engá", el "guinde" y el "ñire", alguno de los cuales tarda cien años en llegar a adulto, se están convirtiendo en restos de troncos muertos. Las lagunas artificiales inundan el suelo y la desolación sigue al destrozo el bosque.

No es fácil acabar con ciento cincuenta mil castores cuyas familias viven en madrigueras levantadas en el centro de los estanques formados por los roedores. Cuadrillas de cazadores intentan limpiar de roedores al menos algunas áreas especialmente importantes para el turismo o el desarrollo agrícola, pero los resultados son extraordinariamente lentos. Hay que considerar que la superficie destrozada hasta ahora es superior en extensión a la ciudad de Buenos Aires, es decir, más de treinta mil hectáreas.

Vía libre a la extinción

Acabar con los castores y su "ingeniería" es en estos momentos problema prioritario para los Gobiernos de Argentina y Chile, que comparten el territorio de referencia, así como evitar la extensión de la plaga. Más hacia el norte, la presencia de pumas puede haber influido en frenar su avance.

La FAO y el Fondo Mundial para el Medio Ambiente han dado permiso para que los cazadores luchen contra los castores patagónicos, a pesar de una inicial protesta conservacionista que ha sido acallada por la gravedad económica y social del problema.

A todos nos produce verdadera pena pensar en la masacre de miles de familias de una especie tan maravillosa como el castor, pero la consecuencia inmediata es la reflexión sobre la necesidad de evitar la introducción irresponsable de especies exóticas en mundos para ellas desconocidos.

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