La tragedia de las abejas

Miguel del Pino

Albert Einstein llegó a vaticinar: "Si se extinguieran bruscamente todas las abejas de nuestro planeta, el hombre las seguiría en este camino tan sólo en unos meses".

Es evidente que el gran científico no era entomólogo y que exageraba de manera consciente, pero no está mal utilizar su prestigio mental para llamar a la reflexión sobre un problema ecológico de dimensiones gigantescas.

Muchos millones de abejas mueren en España al finalizar el invierno debido a los pesticidas utilizados para preparar la floración de los frutales tempranos, que son principalmente los llamados de hueso, cono las nectarinos y otros parientes.

Los colmeneros trashumantes deberían ser recibidos con alborozo cuando llevan sus colmenas a las proximidades de los campos de cultivo de latitudes templadas para que pasen el invierno: la polinización de numerosas especies de plantas cultivadas dependerá en buena parte de estos insectos.

Los estudiantes de primaria saben ya que la polinización es el transporte del polen de las flores desde las anteras hasta el estigma, es decir, desde el aparato reproductor masculino hasta la primera porción del órgano femenino; esta función se puede realizar por diferentes medios, como el viento o la lluvia, pero especialmente importante para la agricultura es la que llevan a cabo los insectos, y entre ellos las abejas de manera primordial.

Las abejas, como la mayor parte de los insectos voladores, van de una flor a otra realizando así una polinización, llamada cruzada, que evita la consanguinidad: si la flor se autofecundara nos encontraríamos ante una descendencia idéntica a los progenitores, con la tendencia a la degeneración que implica este sistema que la Naturaleza trata de evitar.

Las abejas se impregnan de polen cuando visitan las flores y las polinizan; claro está que reciben su recompensa en forma de néctar, lo que es un intercambio de favores bien diseñado por la evolución, y vital para la reproducción vegetal: así de lógico y de sencillo.

Algunas plantas, como las orquídeas, empaquetan el polen formando unas masas que hacen más sencillo el transporte, ya que el visitante, que suele ser un abejorro, se lleva pegado el conjunto, llamado políneo. No es este el caso del trasporte por las abejas, que literalmente se rebozan de polen al impregnar los pelillos de sus patas y abdomen y así lo transportan hasta la colmena.

La Ciencia quedó asombrada cuando el Premio Nobel Karl Von Frisch descubrió la "danza de las abejas": cuando una obrera localiza una buena fuente de polen sabe comunicarlo a sus congéneres por medio de una compleja serie de giros y otros movimientos informando así con precisión impecable sobre la localización de las flores cargadas de polen y néctar: sencillamente asombroso.

No es momento de profundizar en estas maravillas, ni tampoco en la vida social de estos insectos ni en su especialización en castas presididas por una hembra fértil, la reina. No podemos recrearnos en detalles instructivos porque la urgencia exige que denunciemos que las abejas españolas mueren a millones y sus cadáveres alfombran de negro las proximidades de las plantaciones.

Greenpeace denuncia en este comienzo de temporada la detección de una de estas mortalidades masivas en la localidad murciana de Mazarrón; sin duda no será la única, porque la utilización de pesticidas se sigue haciendo en muchos casos de manera imprudente o extemporánea.

Nos encontramos ante un complejo problema con un dilema principal: si no se utilizan pesticidas las plagas pueden arruinar las cosechas, pero si se utilizan de forma imprudente la ausencia de insectos polinizadores puede llevar a enormes bajas en la producción.

La llamada "agricultura ecológica" que trata de conseguir cosechas impolutas sin empleo de plaguicida alguno está lejos de asegurar producciones masivas de vegetales de importancia económica. Merece la pena profundizar en estas técnicas e invertir en investigación para mejorarla, pero la economía marca prisas y objetivos poco románticos de los que se deducen riesgos como el que estamos comentando.

No se trata sólo de prohibir determinados plaguicidas particularmente tóxicos para las abejas, sino de regular el momento de empleo de cualquier producto en las proximidades de la floración, ya que es entonces cuando las abejas corren riesgo de intoxicarse.

La mortandad masiva es tremendamente espectacular, pero no es el único desastre al que tienen que enfrentarse las abejas; hace relativamente pocos años ha llegado un enemigo de cierta peligrosidad llamado "avispa asiática", al que dedicamos hace meses un artículo en estas páginas digitales. El avispón llegado de extremo oriente se conoce como Vespa volutina, y es competidora del autóctono – Vespa crabro- mucho menos agresivo y dañino para las colmenas.

Otro clásico enemigo del colmenar es la Varroa, un ácaro parásito que hace décadas estuvo a punto de acabar con la apicultura en comarcas enteras de Europa; además, en todo el planeta, se viene estudiado con preocupación el "síndrome de despoblamiento de las colmenas", que consiste en un disminución progresiva del número de obreras a causa de una mortalidad lenta pero demoledora.

No se conoce a ciencia cierta la causa de este fenómeno mundial: se especula con la presencia de hongos parásitos o con la bajada de defensas subsidiaria de la acumulación de pesticidas en el organismo del insecto.

Los colmeneros tienen un serio problema que redunda en su ruina económica, pero también en la de los agricultores con quienes tienen establecida esa simbiosis, ecológica donde las haya. Hay que aclarar que no pueden instalar sus colmenas en cualquier parte, sino en perímetros perfectamente acotados donde no interfieran en cultivos incompatibles con las abejas, como aquellos que pretenden producir fruta sin pepita, es decir, sin polinizar.

En cualquier caso, bien merece la actividad apícola que se investigue todo lo necesario para hallar soluciones a un tema que ya es contemplado con preocupación por las Autoridades Agrícolas Comunitarias. Europa ha prohibido ya cuatro insecticidas potencialmente muy peligrosos para las abejas, pero seguramente esta medida es insuficiente.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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