La fauna del diablo

Miguel del Pino

Esta semana lo publicaba La Razón en sus interesantes páginas sobre fauna doméstica: algunas sociedades protectoras de animales advierten sobre el riesgo de donar, en estas fechas, gatos y otros animalillos si su color es blanco o negro.

Por increíble que pueda parecer en estos tiempos, parece que se siguen practicando rituales que tienen como víctimas propiciatorias a estos infelices miembros de la fauna. No es fácil de creer pero desde luego el tema no es reciente.

Porque desde tiempos inmemoriales algunos animales han tenido la desgracia de verse envueltos en leyendas, fábulas y patrañas en general, que tratan de relacionarlos con seres demoníacos o con el mundo de las brujas o de los hechizos. El resultado suele ser mortal para la pobre criatura implicada.

Si recordamos el superado rito del lanzamiento de cabra en un pueblo de cuyo nombre no quiero acordarme, porque afortunadamente ya no lo hacen, repararemos en la extrema antigüedad de este y de parecidos ritos, que suelen remontarse a la Edad Media o más atrás aún. La cabra es la representación del mismísimo diablo, al que se lanza por la ventana de un recinto sagrado, como la torre de la Iglesia.

La leyenda del Conde Drácula impacta de lleno sobre los murciélagos, pero con la perfección de su vuelo y su habilidad para esquivar obstáculos suelen resistir bien los ataques de cualquier enemigo, incluso el humano. En cuanto a los vampiros "haberlos haylos", pero para desilusión de los más imaginativos, viven en las selvas amazónicas y sólo unos pocos son hemátófagos; la mayor parte de sus especies prefieren la fruta bien fresca a la sangre.

Los gatos negros, y a veces también los completamente blancos, se asocian muchas veces con la brujería y en tiempos medievales eran arrojados a las hogueras por el supuesto Homo sapiens de la época. Según la denuncia de La Razón que comentábamos al comienzo, parece que tales barbaridades aún, hoy día, no se han erradicado.

Las razones por las que un animal pasa, para su desgracia, a la categoría de "diabólico" son muy variadas: a veces es una fábula, un cuento infantil o la asociación con hechos luctuosos. En estos casos a veces hay algo de lógica, como en el caso de las ratas, asociadas en tiempos medievales a la transmisión de la peste, lo cual es rigurosamente cierto. Se dice que la aversión que muchas personas tienen hacia los roedores es consecuencia de las historias transmitidas en este sentido de generación en generación.

Otras veces es el aspecto físico de determinada criatura quien le confiere la fama de "amigo del diablo", o incluso de diablo mismo, como el famoso "Diablo de Tasmania", no diabólico, pero sí terriblemente feroz para sus presas.

En ese sentido la gran isla de Madagascar es el verdadero "infierno" donde pululan las criaturas más frecuentemente llamadas "diabólicas": los lemures, o lémures: unos antepasados directos de los monos y arborícolas como buena parte de ellos.

En realidad pocos seres son tan inofensivos como los pobres lémures. Llevan una tranquila vida en los árboles donde procuran pasar desapercibidos y consumen insectos y materiales vegetales. Les pierden sus ojos, grandes, globulares, fosforescentes y de mirada fija y por tanto inquietante.

Los lémures son criaturas nocturnas: otro punto para abonar su mala fama. Por todo ello son frecuentemente perseguidos y algunas especies se han situado al borde dela desaparición: realmente absurdo.

Entre los lémures hay uno que supera todas las marcas en aspecto diabólico, o por lo menos en lo que el hombre civilizado llama fealdad: Su nombre científico es Daubentonia madagascariensis. El científico Daubenton , cuyo nombre se adjudicó al género, no es responsable del aspecto de su pupilo.

Como suele suceder en zoología todos los rasgos de esta criatura, conocida por el nombre común de Aye Aye, responden a adaptaciones a su modo de vida. El Aye Aye es nocturno e insectívoro, y utiliza sus larguísimos dedos y sus afiladas uñas para extraer larvas de las grietas de los árboles, a los que, al tiempo, libera de posibles parásitos futuros. Un infeliz, en definitiva.

No vamos a negar que su aspecto puede resultar terrorífico, pero el reino animal resulta mucho más atractivo cuando se accede a la observación de su comportamiento a través de la mirada de la Ciencia, y no de la superstición. Entonces toda criatura viviente resulta interesante y digna de respeto.

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