Valencia de las Torres

K2 el lince envenenado

Miguel del Pino

Se llamaba K2 y era uno de los ocho linces liberados en la Comunidad de Extremadura por el proyecto Life de reintroducción de la especie, ha sido encontrado muerto, por envenenamiento, en la localidad pacense de Valencia de las Torres, un municipio próximo a Llerena. Hasta aquí la noticia, una más en lo que se refiere al desastre que el veneno está produciendo en los campos y montes españoles, pero algo especialmente doloroso para quien escribe estas lineas en Libertad Digital.

Como naturalista puedo estar orgulloso de haber tenido excelentes profesores, Bernis, Valverde, Balcells, verdaderas glorias de la ecología española, pero de ninguno de ellos aprendí tanto como de un naturalista nacido en 1908 en Valencia de las Torres. Se llamaba Amador y fue el responsable de mi vocación naturalista.

Me contaba anécdotas e historias del campo de Valencia de las Torres que describían a un verdadero paraíso de la naturaleza, y me decía que en los jarales y en las faldas de la sierra existía el lince, al que entonces llamaban "gato cerval", y el gato montés en el bosque, y tantas y tantas criaturas silvestres que en los años veinte del pasado siglo eran todavía abundantes.

Me hablaba de un arroyo cuyos galápagos eran tan grandes que llegaban a depredar sobre los patitos. Eran por supuesto galápagos autóctonos, no sé si leprosos o europeos, pero entonces todavía no se le había ocurrido a nadie la idea de importar bebés de galápagos americanos para criarlos, cansarse de ellos y liberarlos en nuestras aguas dulces creando así un auténtico problema ecológico.

En aquellas fértiles zonas extremeñas se practicaba una caza de verdadera subsistencia, y por tanto sostenible por demás. Eran tiempos en que en la España rural no sobraba la proteína animal para las clases desfavorecidas, de manera que una pieza de caza venía a asegurar que aquel día se comería algo más que arenques de barril. No es extraño que se venerara a los buenos perros, y se los cuidara como merecían.

Ma hablaba con frecuencia de una perrilla, llamada Diana, ¿cuántas perras de caza habrán tenido ese nombre en España? Era "garabita", es decir, mestiza de podenco, y tan buena que cuando entraba en el corral cerraba los ojos para no ver pasear cerca de ella a los conejos domésticos y así evitar malas tentaciones.

Diana vivió 24 años, y con esta edad salió un día sola al campo para volver con su última presa, un conejo que sólo sujetaba, porque ya no tenía ninguna pieza dentaria. Soltaron al conejillo y dejaron que la hazaña de Diana quedara para la particular historia de la familia. Verdaderamente bien se merecían el uno el indulto y la otra las felicitaciones y caricias que se le rindieron.

Me recomendó que nunca contara a nadie una vivencia de su infancia, pero tantos años después voy a romper el secreto: nuestro naturalista recorría un camino próximo al pueblo, a lomos de un burrillo y llevando en brazos a su pequeño hermano de sólo dos años de edad, cuando un águila de gran tamaño ralizó varias pasadas sobre su cabeza bajando el "tren de aterrizaje" y mostrando muy cerca sus fuertes garras. Pensando que quería arrebatarle al niño se defendió blandiendo una vara, me dijo que de fresno, algo imprescindible entonces para pasear por el campo.

No existen datos documentados de ataques al hombre por parte de grandes águilas en la Península Ibérica, que pueden considerarse por tanto inofensivas, de manera que el relato presenta interés aunque no se puedan demostrar los hechos. En una ocasión, recordando aquello sobre el terreno, me mostró una gran piedra situada cerca del camino y me aclaró que "allí fue a posarse el águila después de hacer las pasadas sobre ellos". Lo más probable es que la gran rapaz tuviera cerca su nido y sólo tratara de alejarlos de su territorio, pero verdaderamente, la Extremadura rural de los comienzos del siglo XX era un paraíso natural dificil hoy incluso de imaginar en su extrema riqueza.

De él aprendí muchos nombres locales de los animales, como la "coguta", esa alondra moñuda a la que en otras parte de España llaman "cogujada", y también algunas exquisiteces para el paladar, como la pequeña trufa blanca llamada "criadilla de tierra" y el excelente matrimonio que forma con las patatas en un revuelto bien aliñado. Ante los aromas maravillosos de esta trufa, semejante a una pequeña patata, no es extraño que los extremeños, al llegar a América, rechazaran por insípidas las verdaderas patatas, que como es lógico comparaban con las criadillas de su tierra.

En definitiva, la castigada Extremadura se merece tener de nuevo linces, de manera que hay que pedir a las autoridades de la zona que investiguen y colaboren para que el veneno pase definitivamente al olvido. Hay que reconstruir el paraíso naturalista perdido y entonces, poniendo en valor la infinita riqueza ecológica de los campos y sierras extremeños, pensar en el complemento para el desarrollo que puede suponer no ya el turismo rural, sino el turismo de naturaleza y de observación de animales.

Ver el nombre de Valencia de las Torres envuelto en un tema tan triste ha sido especialmente doloroso para mí, y me esmero en pedir al Sr. Alcalde que colabore para limpiar el campo y el nombre de una localidad extraordinaria.

Y lo digo en homenaje a aquel naturalista del que tanto aprendí. Quizá ya lo han averiguado. Era mi padre.

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