Jabalíes en el jardin

Miguel del Pino

Cada vez es más frecuente que una piara de jabalíes atraviese una autopista, muchas veces en fila india, en lugares donde hasta hace poco tiempo su presencia era esporádica; los jabalíes se expanden y llegan a entrar en lujosas urbanizaciones para comer en los cubos de basura o incluso hozar en el jardín causando destrozos que no arreglaría ni el mismísimo Padre Mundina.

Madrid y sus alrededores no se libra de esta auténtica plaga, formada generalmente por individuos inmaduros o por hembras acompañadas de sus camadas ya crecidas, aunque no faltan en ocasiones las que todavía amamantan a sus rayones, marcados con esas líneas oscuras que contribuyen a su camuflaje.

Por lo tanto que nadie se extrañe si se encuentra por la mañana un jabalí en su jardín hozando la tierra, o si, al atardecer, sorprende a toda una piara buscando restos orgánicos en los cubos de basura.

Está demostrando que el Jabalí es capaz de convertirse en "especie oportunista", como se denomina a las que muestran una adaptabilidad tan grande que les hace olvidar sus hábitos, antaño huraños y agrestes, para acercarse al hombre en busca de comida, tras superar el miedo ancestral que les causa nuestra especie.

En el caso del gran cerdo silvestre es muy grande la presión cinegética que viene soportando: hasta el Quijote, en su segunda parte, describe una montería de jabalí organizada cerca de Zaragoza por los bromistas duques que dieron al Hidalgo la broma de Clavileño, o a su escudero el Gobierno de Barataria.

Hasta la explosión demográfica que comentamos, el jabalí era un animal montaraz que se refugiaba en el sotobosque mediterráneo y era eficaz controlador de la maleza y los restos orgánicos en su suelo. Los grandes machos se hacen solitarios y podrían alcanzar una longevidad de diez años si antes no se encuentran con el despliegue de una montería, con sus rehalas de perros y sus depredadores humanos. Llegar a los cinco años no es tarea fácil para un gran cochino silvestre.

Las hembras son más gregarias y forman piaras de las que sólo se apartan temporalmente para mantener protegidos y camuflados a sus rayones; la mortalidad infantil es alta, y por ello, antes de la actual expansión demográfica, los cazadores observaban una serie de vedas y de controles de la naturaleza de la munición legalmente autorizada.

En la actualidad están prohibidas las postas y escopetas, de manera que el rifle y el agarre por los perros son el habitual método venatorio.

Para los cazadores el trofeo que ofrece el jabalí viene formado por sus colmillos, llamados en el mundo cinegético "navajas", que llegan a dimensiones interesantes para ellos cuando el macho supera los cinco años, lo que no es poca hazaña en la agreste naturaleza.

La cuestión ecológica

Lo que nos interesa en estos momentos no son los aspectos venatorios que abarcan la vida y muerte del jabalí, sino la cuestión ecológica y las causas de esta explosión demográfica. Las razones son sumamente preocupantes.

Porque la principal explicación de que los jabalíes lleguen a ser un problema para el tráfico y una molestia para las urbanizaciones, hasta en la mismísima Comunidad de Madrid y su entorno urbano, es el progresivo e imparable abandono del campo y su consecuencia: la falta de cuidados de los montes.

Basta reflexionar brevemente para hacer coincidir este problema con el del origen de los grandes incendios forestales. No se cuidan suficientemente los montes, no se desbroza, no se limpian las cunetas y no se dedican jornales a la silvicultura, de manera que los pobres cochinos mendigando basura o cruzando espantados las vías circulatorias representan una clara señal de aviso de peligro.

No vamos a entrar en analizar las soluciones que proponen los cazadores o en el control que puedan ejercer los agentes forestales, las pandillas de cochinos inmaduros que se ven por las calles de los pueblos o los jardines del borde de la urbe no son piezas cotizables desde el punto de vista venatorio, sino infelices animales hambrientos, despistados y desubicados de su hábitat.

Si las autoridades forestales de las diferentes Comunidades españolas, en este caso especialmente las del norte y centro, supieran leer el mensaje que proporciona la dispersión, casi en plaga, de los jabalíes ibéricos, sin duda se destinarían muchos más fondos a la gestión forestal de las zonas despobladas: el monte no es un parque, y no hay que tratarlo como tal, pero tampoco puede encontrar su equilibrio ecológico sin las necesarias prácticas de silvicutura.

Y en referencia al récord de incendios que este año hemos padecido en nuestro país y en la vecina Portugal, recordemos que como afirma WWF somos buenísimos apagando fuegos, pero suspendemos tomando medidas para evitarlos. Los pobres cochinos errantes vienen a nuestros cubos de basura expulsados de su maltratado paraíso forestal mal gestionado.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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