Hacia un mundo sin bosques

Miguel del Pino

La saturación mediática a que se ha llegado con el llamado "cambio climático" ha dejado durante las últimas décadas en segundo lugar a algunas gravísimas agresiones contra el ambiente considerado a nivel global. La deforestación es una de las más alarmantes.

No vamos a entrar en el aluvión de datos que dan fe de la pérdidas de millones de hectáreas de bosques, especialmente en las zonas tropicales del planeta, pero advertiremos de que los procesos de tala o incendios provocados se han multiplicado en forma de progresión geométrica en los últimos 25 años.

Félix Rodríguez de la Fuente llamó "prisioneros del bosque" a una serie de especies animales forestales que no pueden sobrevivir en caso de que pierda la floresta que es todo para ellas, su paraíso y al mismo tiempo su último reducto. Félix se refería sobre todo a los habitantes de los bosques ibéricos, pero en el entorno tropical la situación es aún más grave.

Testigos supervivientes

La llegada el pasado mes de octubre al Zoo acuarium de Madrid de toda una familia de elefantes de Sumatra fue una verdadera llamada de atención sobre el inminente peligro de que ésta y otras muchas especies forestales del mundo puedan extinguirse en un plazo brevísimo a causa de la desaparición de sus bosques nativos. En los últimos 25 años, periodo crítico al que antes nos referíamos, se han perdido los 2/3 de su hábitat forestal, y ello ha conducido al elefante de Sumatra a la triste lista de especies situadas en el borde de la extinción inminente.

Como se puede suponer no es la única especie de su ecosistema abocada al final a causa de la deforestación; junto a ella se encuentran el tigre, el rinoceronte y otro buen número de criaturas que forman subespecies limitadas al medio forestal de las grandes islas asiáticas.

No es fácil sensibilizar y movilizar a los ciudadanos occidentales instalados en la sociedad del bienestar en la lucha contra problemas aparentemente tan alejados en el espacio como los que afectan a los trópicos, pero conviene recordar que las selvas ecuatoriales son el ecosistema de mayor biodiversidad que actualmente existe en nuestro planeta, y que la conservación de la biodiversidad no sólo es una necesidad cultural o científica, sino también una necesidad para la posible solución de muchos problemas de nuestra especie.

En primer lugar el bosque es la mayor "botica" natural; una verdadera reserva de posibles nuevos medicamentos, cuando estamos necesitando más que nunca investigar sobre nuevos recursos naturales. También muchos posibles alimentos del futuro se esconden allí, como variedades de vegetales resistentes a plagas o aún no explotados suficientemente por nuestra cada vez más voraz especie.

Buenos propósitos en el olvido

En la gran Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro del año 1992, que fue la primera y la más prometedora de cuantas después se han celebrado, la pérdida de bosques se planteó como uno de los cuatro puntos fundamentales, pero después, poco a poco, el mantra del "Cambio Climático" engulló a nivel mediático a todos los demás problemas.

A nivel económico, ya en Río de Janeiro se intuía la necesidad de una verdadera revolución financiera para evitar que los países no desarrollados tuvieran que malvender su naturaleza esquilmando sus "florestas", hermoso término con que allí se denominaba al bosque siguiendo el léxico brasileño. Los países desarrollados no se sentían con fuerza moral para sermonear a los pobres sin ayudarlos económicamente. A día de hoy seguimos a mucha distancia de haber hecho estos importantes deberes.

Desde nuestros aparentemente seguros refugios, algunas veces nos llevamos insospechados sustos como ocurrió cuando tuvo lugar la constatación ecológica de que la "lluvia ácida" estaba poniendo en peligro los bellos macizos forestales de Europa Central, con inclusión de la mismísima Selva Negra germánica. La necesidad de depurar los malos humos industriales se mostró perentoria pero al igual que siempre, fue en función del “Cambio climático” como se hicieron los planteamientos correctores.

De manera que no sintamos como algo tan lejano la presencia testimonial en los zoológicos de criaturas supervivientes de la destrucción de sus bosques, como esa familia de elefantes de Sumatra que en la semana Santa madrileña han reclamado nuestra atención en los mensajes publicitarios del Zoo acuarium de Madrid. Al menos en los zoológicos se puede evitar que se extingan, con permiso de los extremistas del ecologismo.

Recordemos que en el aún reciente "San Antón" animalista que este año consiguió desvirtuar de manera tan triste los verdaderos objetivos de dicha celebración, se postulaba en alguna de sus “conferencias” el cierre de los zoológicos resucitando así una vieja reivindicación que creíamos superada.

Menos mal que los elefantes sumatranos tienen las orejas más pequeñas que sus congéneres de otras subespecies, así que probablemente no habrán oído estas voces desde su seguro recinto de la Casa de Campo madrileña.

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