Greta vuelve a hacer novillos

Miguel del Pino

Ningún cuento de terror propio de Halloween supera al de la crisis climática
Otra vez, ahora en Glasgow, los líderes mundiales se aprestan a encontrar la panacea contra lo que llaman "cambio climático". Se trata por lo visto de alcanzar los milagrosos acuerdos supuestamente globales que permitan llegar al año 2050 con un rotundo cero de emisiones contaminantes.

Según el refranero español "no hay anuncio sin altavoz", ni "marzo sin cuaresma" ni "boda sin la Tía Juana". Podemos añadir para actualizarlo: "ni Cumbre del Clima sin Greta".

Allí ha estado pues la adolescente sueca para "avergonzar" a los políticos con su ejemplo de militancia ecologista, cuando con alivio la suponíamos enfrascada en sus estudios después de volver al colegio tras cruzar los mares en catamarán, de indignarse en sus soflamas a quienes las aguanten y de avergonzarnos a quienes creemos en la Ciencia, en los investigadores honrados y en el método científico.

Dejemos a Greta que ya no es una niña sino una adolescente en pleno periodo de formación, no sin manifestar nuestro más profundo desprecio, no a ella, fanatizada y mal aconsejada, sino a quienes explotan su imagen con ánimo seguramente poco idealista.
En España no pasamos por un buen momento para dejarnos adoctrinar con mensajes ultra-ecologistas. A comienzos del terrible "año de la pandemia", 202,1 el presidente Sánchez, ignorando lo que se nos venía encima con el imparable avance mundial del virus Covid declaró no la emergencia sanitaria sino la "emergencia climática", todo ello para nuestra desgracia colectiva.

Lo que debe preocuparnos a todos los españoles, especialmente a los más desfavorecidos económicamente, no es la supuesta "emergencia climática de Sánchez", sino la real emergencia energética.

Los españoles deberían saber con todo detalle cuáles son las circunstancias que nos han empujado a tener que pagar insostenibles recibos de la luz y tremebundas subidas de impuestos. Desde el punto de vista energético, España es un país inválido en cuanto a suficiencia de fuentes energéticas; importamos, por ejemplo, el 77´94% de la electricidad. Solo producimos un 20´98 de la que necesitamos para abastecernos de esta, y de nuestra producción solo el 55% procede de energías renovables. Quiere decir que entre todos los mecanismos adorados por el ecologismo, como los molinillos eólicos, o las placas solares, solo aportan un fondo energético del 10´44 de lo que necesitamos.

De ninguna manera despreciamos este porcentaje de energías que se dice "limpias" aunque algunas veces no lo son tanto: que se lo pregunten a los miles de aves destrozadas por las aspas de los molinos. Hay que seguir investigando en renovables como complemento del mix energético. Tratar de sustituir por ellas las fuentes convencionales no pasa de ser una pueril utopía.

En los tiempos actuales un país no es realmente independiente y libre si no tiene aseguradas sus necesidades energéticas; los que no disponemos de reservas propias de combustibles fósiles tenemos que ser importadores, no cabe duda, y España depende del gas que importamos de Argelia y Rusia, de la gasolina y petróleo que llega de Nigeria, Libia y Marruecos, de la electricidad procedente de Portugal Marruecos y sobre todo Francia, en este caso de sus vecinas centrales nucleares.

Nuestra dependencia energética es demasiado angustiosa para que nos permitamos convertirnos en líderes internacionales del progresismo ecológico, no sea que la famosa "transición energética" se convierta en irreversible "transición a la ruina". Cuando lleguen los recibos de la luz a nuestros domicilios empezaremos a hacernos una idea de la realidad.
Para no caer en el fatalismo digamos que España también exporta un 20´57% de recursos energéticos, lo que consigue fundamentalmente gracias a nuestras refinerías de gasóleo, que figuran entre las más eficaces de Europa y están además estratégicamente distribuidas.

No solo no queremos saber nada de energía nuclear, sino que llevamos camino de cerrar las que todavía son funcionales sin haber encontrado la forma de sustituirlas. Dada la evidente base ideológica del concepto que nació con aquel famoso sol sonriente el "Nuclear no, gracias" de los años setenta, resulta cuando menos paradójico que no tengamos ningún reparo en importar energía nuclear de centrales francesas cuyo colapso por accidente nos afectaría por la proximidad tanto como a la propia Francia.
"Consejos vendo y para mí no tengo".

Ante la declaración de intenciones de la utópica reunión de Glasgow "Emisiones cero para 2050" no hay más remedio que objetar con una pregunta: ¿Cómo quieren conseguirlo?
Si se admitiera la fuente nuclear, suficientemente actualizada por supuesto, el objetivo seguiría siendo difícil, sin nuclear resulta sencillamente una ilusión que no se especifica cómo lograr. Por añadidura con China y la India ausentándose de la llamada "Cumbre", por mucho que Greta haya vuelto a dejar el colegio.

No toda la humanidad se limita a declaraciones de intenciones y reuniones inacabables. Nuevas investigaciones sobre micro-centrales nucleares que se están llevando a cabo en distintos países, con Estados Unidos a la cabeza, ofrecen esperanzas.
Nacen efectivamente las esperanzas de que podamos minimizar la contaminación industrial, no ya por evitar ese famoso "cambio climático" nunca demostrado científicamente sino sobre todo por factores tan reales y convincentes como la salud de nuestra propia especie.

Si las micro-centrales nucleares, eficientes y de manejo sencillo con la máxima seguridad en cuanto a accidentes, se van convirtiendo en la solución a corto plazo de la emergencia energética, se habrán terminado muchas de las derivadas del ecologismo ideológico y agresivo y diremos adiós al veganismo y a todos los demás "ismos ideológicos" que contaminan la hermosa ciencia de la ecología. Habrá que reconvertir a los apóstoles del desastre, veremos en qué negociado de la izquierda tienen cabida.

Miguel del Pino es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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