El volcán de La Palma. De la realidad al mito

Miguel del Pino

Durante las últimas jornadas están resucitando viejas leyendas y teorías que se mueven entre el terror y la ciencia ficción, y que contribuyen a sembrar el confusionismo sobre el peligro real del volcán de Cumbre Vieja: queremos tranquilizar en este sentido a la sufrida población de La Palma.

Nos encontramos ante una erupción de tipo estromboliano de cierta importancia que está causando daños materiales graves, tanto en los inmuebles como en las plantaciones, sin que afortunadamente se hayan registrado víctimas humanas: hasta aquí la realidad y desde aquí empiezan los mitos.

Este tipo de vulcanismo se caracteriza por la alternancia de dos fases: una explosiva, en la que el volcán lanza al espacio materiales sólidos y gases; y otra efusiva, en la que lava fluida se desliza por las pendientes del cono volcánico. La alternancia de ambos procesos es más o menos cíclica sin que se pueda hablar de exactitud en la duración de los dos periodos.

Cuando se inician las fases de explosividad es lógico que aumente la alarma entre los habitantes de las áreas susceptibles de ser afectadas, sobre todo si los medios ofrecen titulares alarmistas en este sentido, con profusión de imágenes nocturnas tan bellas como impresionantes que parecen remontarnos a la mismísima boca de los infiernos.

La novísima tecnología de los drones permite registrar planos especialmente impactantes, como los cenitales sobre los cráteres o aberturas del volcán, y nos estamos asomando a ellas como nunca antes lo habíamos podido hacer en anteriores erupciones históricas.

Todos hemos podido comprobar que las lavas y las cenizas que expulsa el Cumbre Vieja (vamos a llamarle así provisionalmente) son muy oscuras, prácticamente negras, lo que indica que su composición es rica en materiales de carácter básico con alto contenido en magnesio y en hierro, y que su solidificación está produciendo rocas de tipo basáltico que ya están formando prolongaciones de la costa aumentando la superficie de la isla. Algunos comunicadores se han aprendido bien la denominación de "fajana" para estas nuevas extensiones insulares, que no responde exactamente a tal concepto.

Los daños que está produciendo el volcán se refieren a dos aspectos principales: por contacto y cubrición por la lava de zonas urbanas y agrícolas, y por difusión a distancia de las cuantiosas cenizas emitidas durante la fase explosiva. La necesidad de descargar estas cenizas de las calles y las techumbres antes de que la lluvia las compacte obliga a los habitantes a trabajar de manera incansable para despejarlas.

Hasta aquí la realidad que es suficientemente dura como para no recurrir a la difusión de predicciones terroríficas que hablan del colapso de una parte del sur de la isla y a la formación de megatsunamis capaces de barrer la costa este de Norteamérica y destruir la ciudad de Nueva York. Nada de esto es cierto ni previsible.

Los antecedentes de vulcanismo explosivo como el del Krakatoa en el Estrecho de la Sonda no se pueden comparar con el vulcanismo canario. Aunque es cierto que la Isla de La Palma está diferenciada en dos zonas, la norte, donde se encuentra la Caldera de Taburiente, más estable aunque también con sismicidad, y la zona sur donde se encuentran las Cumbres Vieja y Nueva, la primera actualmente en plena actividad estromboliana.

La conversión de la erupción multi-bocas del Cumbre Vieja de estromboliana a explosiva tipo Krakatoa no es imposible a largo plazo, pero si extraordinariamente improbable en el futuro e impensable en este momento, con el volcán totalmente monitorizado por los vulcanólogos. Es cierto que la isla tiene circulación interna del agua de infiltración, pero no hay que confundir esta realidad con la entrada brusca del agua del mar por una infiltración de la misma en la cámara magmática, que es lo que sucedió en Krakatoa. El agua dulce de infiltración no tiene posibilidad alguna de llegar hasta la cámara, que en este caso está situada a más de doce kilómetros de profundidad; aunque tales hidrataciones llegaran al magma ascendente serían vaporizadas aumentando el componente gaseoso, pero hay que descartar su penetración masiva hasta el depósito de magma.

Otro cataclismo anunciado y pronosticado como posible productor de maremotos es el presunto colapso masivo de parte del macizo volcánico; en este sentido hay que recordar que tales colapsos han sido y son consecuencias naturales de las erupciones prolongadas e intensas, en Canarias, como podemos comprobar en la mayor parte de sus edificios volcánicos, Teide incluido.

Más peligrosas que la mayor parte de los volcanes, en cuanto a la consecuencia de maremotos, son las fallas submarinas: muchas fallas del fondo del mar se traducen en la formación de olas gigantes, así sucedió en el trágico y reciente que asoló Tailandia. El Mediterráneo, desde el Mar de Alborán hasta las islas orientales tiene sus fondos fracturados por fallas, como la de Averroes de Alborán, que han causado olas devastadoras en las costas europeas y del Norte de África.

No merecen comentario las recientes teorías sobre ondas generadas por las actividades militares de diversas potencias con el objeto de influir en el clima y en las comunicaciones como potenciales generadoras de erupciones volcánicas. Todos estos impactos oportunistas entran en el terreno del absurdo, generalmente malintencionado.

Si el peligro de la fuerte erupción que padecemos en La Palma aumentara en jornadas futuras, estamos seguros de que las medidas de confinamiento o desplazamiento poblacional que van tomando las autoridades canarias se irían adecuando en función de las nuevas circunstancias. Tranquilizar a la población es parte importante de la solución, al menos parcial, de los problemas humanos derivados de la catástrofe.

Y afortunadamente no hay nada, ni sabios locos, ni potencias malévolas que puedan provocar la actividad volcánica en la Tierra; desgraciadamente tampoco disponemos de fuerzas ni de técnicas capaces de impedirla ni frenarla.

Es mucho pedir a los Palmeros que conserven la tranquilidad, pero al menos sería deseable que confíen en las autoridades y que no escuchen mensajes catastrofistas.

Mucho ánimo a todos.

Miguel del Pino es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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