El perro condenado

Miguel del Pino

En el artículo de la pasada semana en Libertad Digital nos referíamos al "Juicio al perro" que se está desarrollando a través de informes en Internet que sólo hablan de los inconvenientes de la presencia del perro en las ciudades.

Queríamos saber la opinión de nuestros lectores y la pedimos. Con verdaderas plusmarcas en cuanto a respuestas, el perro acabó condenado. La contaminación de la ciudad por las heces y los potenciales peligros de los animales agresivos resultaron determinantes para la severidad de la sentencia de los lectores.

Dada la abrumadora cantidad de ciudadanos que tienen perros en la ciudad no parece real la oposición a esos animales que muestran las encuestas en internet. Seguramente los amigos de los canes se mantienen callados, a lo mejor algo acomplejados, dan la callada por respuesta.

Para conquistar el respeto de sus conciudadanos no amigos del perro, quienes poseen uno o varios canes deben extremar la educación de sus animales, respetar las normas y conocer los secretos del comportamiento y de la educación canina, lo cual no es tan sencillo como parece.

Muy pocos propietarios recurren a los adiestradores caninos cuando se presentan problemas; en cambio asumen con normalidad todos los demás gastos que la salud o la alimentación del animal requieren. La educación debe considerarse una ayuda imprescindible cuando el instinto o los consejos de los libros no bastan.

Una de las dificultades más frecuentes que suele presentarse en perros que no están suficientemente socializados es la ansiedad por separación: no soportan la soledad y traducen su inquietud en conciertos de ladridos cuando se quedan solos. Ya tenemos servido el primer problema con los vecinos

Este conflicto se remonta a una mala formación de la base de su independencia durante el periodo crítico de aprendizaje en la etapa de cachorros. Suele creerse que el perro que molesta con sus ladridos lo hace porque está solo, pero muchas veces es el excesivo mimo de amos inexpertos que no han permitido que su perro desarrolle su propia identidad lo que produce el molesto problema.

En este caso hay que acudir a la ayuda del adiestrador profesional, aunque el amo puede colaborar con técnicas no demasiado complejas, como irse ausentando por espacios cada vez más largos poco a poco y proporcionar al animal objetos con los que pueda entretenerse.

La falta de socialización, volviendo al periodo crítico del aprendizaje, puede dar lugar a perros con comportamientos tímidos que no quieren salir a la calle, cuando lo hacen tratan desesperadamente de volver a casa y muestran una inquietud al ver otros perros que a veces se traduce en agresividad. Esta exagerada timidez genera numerosas consultas a nuestro programa radiofónico por parte de propietarios desilusionados que no pueden disfrutar de un tranquilo paseo con su perro.

Abordando el problema principal, la contaminación de las calles o los parques por las heces o la orina: es importante recordar que un perro educado puede utilizar una bandeja sanitaria en casa exactamente igual que lo hace un gato, sobre todo si el animal es de tamaño mediano o pequeño, y cada vez son más los de este porte entre la fauna ciudadana. A lo mejor no es sencillo, pero desde luego tampoco imposible.

De la agresividad poco hay que decir, salvo que un perro nunca debe mostrar comportamientos de ataque ni hacia las personas ni hacia otros perros, y que la selección por parte de los criadores y la educación, por los amos o los profesionales, debe ir encaminada a conseguir la mansedumbre y la obediencia extrema. Como logran con sus perros los miembros de la policía y el ejército.

Los propietarios de perros que generan conflictos pueden dividirse en dos grandes grupos: los que carecen de experiencia o personalidad suficientes para educar o su animal, o los que muestran conductas sociales mucho más conflictivas que la del perro, causan trastornos al presumir de perro matón o utilizando al pobre animal para conductas rayanas en la delincuencia. Se trata de verdaderos indeseables urbanos: los dueños, claro está, no los infelices perros.

En caso de perros alterados patológicamente en su conducta que a pesar de haber sido correctamente educados y socializados muestren tendencia a la agresividad, los últimos avances en veterinaria de animales de compañía permiten planificar terapias hormonales capaces de calmar la conducta patológica. La castración puede ser una solución final para no tener que recurrir al siempre triste sacrificio.

El excesivo nerviosismo y las conductas destrozonas se están mitigando últimamente con difusores de feromonas que funcionan conectados a un enchufe eléctrico, de manera que, como vemos, no faltan las soluciones imaginativas.

En definitiva, recordando los maravillosos servicios que el perro rinde a tantas personas, especialmente a las más necesitadas de afecto, tenemos que apelar la demoledora sentencia emitida por nuestros lectores la pasada semana. ¿Es que tenemos entre ellos pocos amigos de los canes, o es que se han descuidado en su defensa?

A continuación