El negro, el perro y el metro

Miguel del Pino

La presidenta de la Asamblea de Madrid, Cristina Cifuentes, ha presentado un proyecto que, en caso de aprobarse como parece muy posible, permitirá a los perros viajar en el metro de la capital, si bien con una serie de limitaciones. La polémica está servida.

Si unimos esta iniciativa a otra precedente, también curso de aprobación, conocida como "Ley de sacrificio cero", que pretende que los perros abandonados y recogidos por los correspondientes servicios no sean sacrificados salvo en caso de necesidad humanitaria por encontrarse en muy mal estado, concluiremos que en Madrid se mueven corrientes de simpatía hacia el mundo de los animales de compañía, y ello no cabe duda de que es bueno.

Pero al legislar sobre la tenencia de animales domésticos y sobre las circunstancias de la misma que puedan incidir en generar molestias para quienes no simpatizan con ellos, hay que ser extraordinariamente prudente para no dar origen a "guerras antiperro" u otros rebotes parecidos. En este caso cabía esperarlos y ya han empezado a producirse.

Muchos ciudadanos ponen el grito en el cielo al imaginarse un metro lleno de canes ladrando, incordiándose entre sí o molestando a los viajeros o repitiendo en las instalaciones subterráneas lo que ocurre al aire libre cuando propietarios inciviles no recogen las heces como es preceptivo.

Los entusiastas de los perros se muestran lógicamente muy contentos y alegan aquello de que no se puede esperar de un can ninguna de las actitudes que a veces muestran los humanos. Es preciso detener esta escalada polémica y para ello conviene estudiar las limitaciones recogidas en el proyecto.

Los perros deberán viajar acompañados por su dueño; un solo can por persona, con bozal, micro chip para su identificación y con correa no más larga de 50 cm ni extensible, y sólo en el último vagón del convoy, fuera de horas punta y en caso de que no existan aglomeraciones momentáneas.

Algunos objetores a la presencia canina en el transporte público se sentirán satisfechos con tales medidas y otros las considerarán insuficientes. Todos son merecedores de respeto y esto no debemos olvidarlo quienes somos entusiastas de nuestro "mejor amigo".

Si me permiten que utilice la imaginación para preguntarle a un perro si tiene necesidad de viajar en la ciudad a grandes distancias y para ello utilizar el metro, la respuesta canina seguramente diría que lo que verdaderamente necesita es salir tres veces al día a la calle y recorrer un entorno urbano, el suyo, que le resulta familiar y que conoce palmo a palmo.

Lo primero que hará al salir será "leer la correspondencia", es decir olfatear los mensajes que han dejado sus amigos y sus adversarios en forma de emisiones acompañantes de la orina. Sabrá entonces quiénes comparten ese día su territorio, si hay alguna hembra en celo, o algún "matón" con quien es mejor no encontrase.

Es éste el mundo territorial del perro y casi nunca sabemos comprenderlo. Claro está que él también dejará sus propias señales olfativas para que los demás perros puedan interpretarlas.

Viajar a largas distancias puede ser una necesidad que se produzca en un momento dado, como la visita al veterinario, un traslado de sus amos que no puedan dejarlo solo, pero no imaginemos que el perro necesite recorrer la ciudad como un ejecutivo viajando en metro cada dos por tres en compañía de su dinámico dueño. Fuera de su territorio habitual, el perro se mostrará extrañado y a veces inquieto.

Pero vamos con los movimientos protesta a los que aludíamos al comienzo: algunos ponen el grito en el cielo. Entre las quejas que hemos leído en la prensa, una de ellas se refería a la supuesta humillación que tienen que sufrir algunos de esos muchachos de raza negra que en las puertas de los supermercados cuidan de un perrito, a cambio de unas monedas, mientras sus amos hacen la compra.

¡Es el colmo!, tener que superar tantas calamidades y peligros, el viaje en patera entre ellos para terminar humillados cuidando un perrito, ésta es la interpretación antiperro de la articulista.

Conozco uno de estos casos: un muchacho de raza negra del que sólo sé que es nigeriano, que le encanta el fútbol y que es madridista. Un día lo vi entretener su ocio en la puerta del supermercado jugando con una botella de plástico vacía y aquello era un verdadero espectáculo.

Cualquier astro de primera división habría firmado aquellos malabarismos. La botella viajaba por los aires impulsada por el tacón, el doble tacón, la rodilla o el empeine del presunto fenómeno. ¡Qué maravilla!

Desde entonces procuro charlar de futbol con él y bromeo diciéndole que tengo que hablar con don Florentino para que le hagan una prueba. ¿Querrán creer que algunas veces me dan ganas de hacerlo de verdad a ver qué es lo que pasa?

Pero como bien teme la comentarista a la que aludo, mi amigo el nigeriano tiene que hacerse cargo muy frecuentemente de los perros que las clientas dejan a su cuidado y entonces se produce el milagro.

Como el muchacho es muy amable recibe a sus pupilos caninos con caricias y afecto y ellos se lo devuelven en forma de mil actitudes cariñosas tan pronto como lo ven. Le lamen las manos, mordisquean sus gastadas zapatillas, le ponen las patas delanteras en el pecho y, en definitiva, cada perro que dejan a su cuidado le entrega una dosis de afecto que seguramente no ha encontrado en los seres humanos desde que cruzó el mar. Será afecto canino, pero es afecto al fin y el cabo y sus signos traspasan la barrera de las especies.

Esta es la cuestión: por una vez permitan que no trate de profundizar en las bases del comportamiento animal para decir aquello de que el perro es social y nos considera parte de su horda y por eso nos recibe con mímica tendente a reforzar los lazos entre la manada. El perro nos da muestras de cariño y hay que ser muy poco sensible para no responder encantado ante las mismas.

De manera que mi amigo el negro nigeriano no parece sentirse humillado cuando le dejan un perrito. Antes bien parece pensar algo así como…"¡Si no fuera por estos ratos!".

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