El caso español

El Master Chef de los buitres

Miguel del Pino

El pánico mediático generado hace unos años por el llamado "mal de las vacas locas" ocasionó la prohibición de utilizar las reses muertas en el campo o los restos no aprovechables de matadero para alimentar a los buitres. Hace siete años que se levantó tal prohibición por parte de las autoridades europeas, pero nosotros en su aplicación hemos ido con retraso.

Me comunica mi buen amigo el Dr. Fidel José Fernández, fiel investigador y defensor del Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega, que los buitres de la colonia, y otros que vienen "invitados" desde las colindantes, vuelven a darse festines gracias a la autorización por parte de la Junta de Castilla y León para que, con restos de matadero, vuelvan a cebarse los muladares.

Es posible que los urbanitas estrictos no encuentren agradable este espectáculo: varios centenares de buitres devorando restos o reses completas con verdadero deleite, pero este es el necesario final de la cadena que enlaza la muerte con la vida. Los carroñeros, en este caso los buitres, devuelven al medio los restos de las reses muertas evitando su descomposición y la propagación de enfermedades.

Cita el Dr. Fidel José Fernández el testimonio del guarda señor Hernando, sin duda fidedigno, según el cual cerca de quinientos buitres leonados, nueve alimoches y un par de buitres negros asistieron al último banquete. Mientras los necrófilos se saciaban con los restos procedentes de un matadero burgalés, previa autorización de la Junta, el buen guarda pudo leer anillas, tomar datos y seguramente recordar mejores tiempos en que estas "meriendas" tenían lugar con mayor frecuencia.

En los malos tiempos de las vacas locas pudimos ver ejemplos muy ilustrativos de lo que supone legislar desde despachos con poco conocimiento de la realidad en plena naturaleza. Se prohibió a los ganaderos dejar las reses muertas por causas naturales para que fueran consumidas por los buitres, de manera que tenían que pagar para que fueran retiradas en camiones. Un gasto adicional insostenible por sus siempre amenazadas economías.

Estos carromatos de aspecto siniestro han recorrido nuestros campos durante años rodeados de enjambres de moscas transmisoras de las enfermedades que el ganado pudiera transportar. Al nenos los buitres hacían el trabajo gratis.

De sabios es rectificar, de manera que sean bienvenidas las medidas que, siguiendo las directivas europeas, vuelven a permitir la alimentación suplementaria para los buitres, bien abasteciendo los muladares, o bien permitiendo que se ceben en las carroñas aparecidas de manera natural. Todo antes que consentir la extinción de estas interesantes especies.

Porque las rapaces necrófilas son absolutamente indispensables para el mantenimiento de los ciclos del ecosistema, especialmente en lo referente a su labor de vigilancia sanitaria al hacer desaparecer las carroñas.

Dos grandes buitres se encuentran presentes en nuestra fauna: el leonado, rupícola, y el negro, forestal. A ellos se añade en ciertas ocasiones alguna especie africana más o menos despistada en sus caminos migratorios.

El alimoche, tercera especie en cuestión, es de tamaño bastante más pequeño y muy llamativo por el plumaje blanco de los adultos, que contrasta con su rostro coloreado de amarillo. Se encuentra en las colonias en número notablemente inferior a las otras especies.

El quebrantahuesos, llamado de manera coloquial "buitre águila" también forma parte de la corte de los necrófilos. Esta especie, desaparecida en muchas de nuestras serranías hace décadas, es hoy objeto de ambiciosos proyectos de reintroducción en lo que fueron sus predios, y lleva su especialización hasta el extremo de alimentarse casi exclusivamente de la médula ósea contenida en las carcasas ya devoradas por otros necrófagos.

Para acceder a este valioso recurso el quebrantahuesos se vale de una curiosa pauta de conducta: se eleva con su carcasa o con algún gran hueso y lo deja caer sobre una peña, siempre la misma, que se conoce como "rompedero". La alimenticia médula queda así a su insaciable acceso.

De haber continuado unos años más la prohibición de alimentar a los buitres en los muladares, o de abandonar carroñas en campo abierto, es posible que hubiéramos asistido a la inexorable extinción de nuestros buitres. Esta amenaza parece hoy alejarse, aunque continúa siendo muy preocupante el uso de venenos, al parecer imposible de erradicar.

El Dr.Fernández me cuenta la situación desastrosa que se produjo la pasada temporada de cría en la Reserva de Montejo: una buena parte de los pollos nacidos y criados en la colonia no pudo alcanzar el estado adulto al no encontrar suficientes recursos alimentarios. Este año, si se hace habitual el abastecimiento de carne, el problema no llegará a presentarse.

Félix Rodríguez de la Fuente se interesó mucho por estos parajes y contribuyó notablemente al nacimiento de la Reserva. En sus inolvidables series televisivas llamó a este cañón calizo habitado por las parejas reproductoras "ciudad lejana y misteriosa de los buitres". Hoy su figura se recuerda de manera especial en este santuario de la Naturaleza. Él fue quién divulgó la forma en que descubren sus presas, no por el olfato, como muchos creían, sino formando una gran cuadrícula en el cielo a gran altura, de manera que, si alguna carroña es descubierta, el descenso de los buitres más próximos alerta a sus compañeros.

En el continente africano parece que corren malos tiempos para los buitres. Los furtivos se ceban sobre ellos y tratan de eliminarlos con veneno, todo para evitar que su vuelo planeado sobre los cadáveres les haga ser descubiertos por los guardas después de abatir elefantes o rinocerontes.

Verdaderamente es problemático sobrevivir cerca del hombre cuando no se tiene "buena imagen". Por esta vez los buitres ibéricos son causa de una buena noticia.

Miguel del Pino Luengo es biólogo y catedrático de Ciencias Naturales.

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