Ecologistas, naturalistas y animalistas

Miguel del Pino

El movimiento ecologista nace el año 1967 cuando el gran superpetrolero Torrey Canyon, el primero del mundo preparado para transportar hasta 120.000 toneladas de petróleo, se hundió antes las costas del sur de Inglaterra provocando la primera marea negra de la Historia.

No es extraño que la catástrofe conmoviera conciencias y movilizara a muchos ciudadanos, especialmente entre los sectores más jóvenes de la población, a tomar partido para poner freno a los riesgos que el desarrollo industrial podían presentar para la Naturaleza.

Los ecologistas son como los abogados, médicos, sastres, fontaneros, pescaderos profesores, escritores, periodistas, zapateros, etcétera: buenos y malos.

El principal factor que muy pronto enfrentó al ecologismo con parte de la población fue su instrumentación política, especialmente por parte de diversos partidos de izquierdas. La necesidad de obtener más y más barata energía y la satanización del desarrollo nuclear, precisamente por parte de quienes más lo estaba incubando, como la extinta Unión Soviética, encontraría en muchos ecologistas una fuerza de oposición a las nucleares capaz de frenar su desarrollo en muchos países y de crear un nuevo orden de dependencia energética en el mundo civilizado.

Ligar ecologismo con izquierda radical era sólo cuestión de tiempo, y mientras algunos ecologistas puros, de los buenos, claro, se veían involucrados en ese concepto de "ecologismo sandía", y con el tiempo tachados de "ecolojetas", término que me parece tremendamente injusto para ellos, otros, organizados en los grupos más importantes, se hacían merecedores de la repulsa general por entrometerse en las decisiones políticas de sus propios países envueltos en la pancarta de "organización ecologista internacional".

Mientras hemos denunciado y censurado actos como los protagonizados por Greenpeace faltando al respeto a instituciones como el propio Parlamento español y sus símbolos, muchos profesionales y también muchos voluntarios dotados de conocimientos científicos y de un enorme entusiasmo luchan casi en silencio para tratar de recuperar animales heridos, como hacen en Grefa, o por plantar árboles y regenerar bosques sin miedo al pico y a la pala. Estos, desde luego, no merecen lo de "ecolojetas".

Quizá para desmarcarse de la parte viciada del movimiento ecologista, a partir de los años noventa comienza a acuñarse el término "naturalista", y muchos jóvenes se auto titulan así, y de hecho emprenden trabajos relacionados con lo ambiental. Se dirá que carecen de titulación para ello, pero se llevan la merienda de muchos titulados que no han sabido darse a valer se han dormido en plena corriente. Lo peor para un naturalista es que le confundan con un "naturista", con los veganos de las comunas y las playas nudistas. Eso es otro tema.

Y por fin llegan los animalistas: son partidarios de conceder a los animales derechos semejantes a los que merecemos los seres humanos. El animalismo cuenta con un importante componente radical cuya hoja de servicios no está ambientalmente limpia. Baste un ejemplo, la liberación de visones en la Sierra de Madrid asaltando una granja peletera. Los visones americanos, especie exótica de gran adaptabilidad, todavía varias décadas después sobreviven en el ecosistema serrano, aunque los daños pudieron haber sido mucho mayores.

El animalismo radical ha llegado en varias ocasiones a la violencia y rozado el terrorismo. Los peleteros arruinados por las demoledoras campañas que debieron soportar preguntaban a los animalistas ataviados con vestimentas de cuero o cinturones y botas del mismo material cuáles eran las diferencias entre aprovechar la piel de un animal con pelo y otro sin él, pero verdaderamente resultaron empujados al exterminio.

Los ataques a personas ataviadas con abrigos de pieles fueron frecuentes de manera simultánea a la pretensión de promocionar el mundo de la piel sintética, ¡que se fabrica con derivados de petróleo y altas facturas contaminantes! Nadie con un mínimo de sensibilidad puede dejar de conmoverse ante la matanza de bebés foca, pero de prohibir esta práctica a vendernos el supuesto ecologismo de las pieles artificiales, media un océano de falta de información y de manipulación de la realidad.

Los animalistas radicales pueden interferir con notable daño en las acciones que los científicos llevan a cabo en defensa de la fauna. El concepto de "derechos animales" es respondido inmediatamente con el concepto jurídico de que "sólo pueden ser objeto de derechos quienes a su vez los son de obligaciones", es decir los seres humanos.

Es posible que nadie haya hecho tanto daño a los grandes primates, gorila, chimpancé, orangután y bonobo, como quienes pretendieron atribuirles derechos similares a los de los humanos, todo ello arropado en lo que se llamó "Proyecto Gran Simio". Hubo bromas y chistes facilones en todos los medios de comunicación, pero sobre todo se desvió la atención del verdadero punto de mira, que no era sino el esforzado trabajo que se venía haciendo en el propio corazón de las selvas que albergan a estas criaturas, o en las Universidades, o en los Zoológicos, Estos trabajos contaban ya con una figura mártir de la causa, la primatóloga Dra. Fossey, asesinada en defensa de su labor de defensa de los gorilas.

La pasada semana el Ayuntamiento de Madrid, es decir, Doña Manuela Carmena a través de su colaboradora Doña Celia Mayer, acaba de dar un paso más en el radicalismo animalista al anunciar el final de la financiación de la Escuela de Tauromaquia de Madrid por "no ser compatible su actividad con los derechos de los animales". Comenzaremos por recordar que efectivamente en el programa del Partido que la llevó al poder figuraba esta premisa, pero muy distinto sería anunciar tal medida en función de criterios ideológicos, que tratar de mezclar su ideología antitaurina con el reparto de fondos en razón de su oposición a un principio jurídico puramente subjetivo, o si se quiere romántico. ¿Dónde figura la legislación en que se basa la incompatibilidad aludida?

Habrá fuerte oposición y queda abierta la polémica. Como en el caso del proyecto Gran Simio los animales serán los más perjudicados.

Anunciar la suspensión de las ayudas a la Tauromaquia simplemente para cumplir un punto anunciado en su programa sería un acto claro y valiente; escudarse en los supuestos "derechos animales es confuso y cobarde, y nada tiene que ver con la protección animal.

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