Cuando las hormigas vuelan

Miguel del Pino

Cada año, con puntualidad rigurosa, las grandes hormigas negras del género Messor y otros afines hacen su aparición en nuestros campos y ciudades. Se trata de individuos voladores, machos y hembras, y a veces se ven en tan gran número que muchos ciudadanos creen encontrarse ante una plaga.

Estas hormigas otoñales son absolutamente inofensivas. La fase alada que sale de los hormigueros subterráneos en que pasan desapercibidas, en otras fases de su vida, está formada por la casta reproductora que está en pleno vuelo nupcial. De aquí nacerán nuevos hormigueros, aunque sólo unos cuantos ejemplares privilegiados superarán la gran mortandad que acarrea su aventura amorosa.

No se trata de termitas

Los enjambres de hormigas aladas siembran algunas veces la alarma, cuando son confundidas con termitas. Algunas veces se han desatado campañas de fumigación ante la aparición de grandes contingentes de las inofensivas Messor: es algo completamente injustificado.

Las termitas son mucho más madrugadoras en el calendario. Sus fases voladoras suelen coincidir en nuestras latitudes con la primavera tardía y el comienzo del verano, y aunque muchas especies son oscuras y parecidas en tamaño a las inofensivas hormigas, basta fijarse de manera elemental para diferenciarlas.

Las termitas pertenecen al orden de los Isópteros, dentro de la clase insectos. Su nombre quiere decir "alas iguales", es decir los dos pares tienen similar forma y longitud. En las hormigas, orden Himenópteros, los dos pares de alas tienen diferente tamaño. Otra diferencia; las termitas no tienen "talle" o distinción entre tórax y abdomen. Las hormigas separan ambas partes por medio de un estrecho pedúnculo o "cintura".

No malgastemos pues esfuerzos tratando de matar a todo bicho con alas y apariencia de hormiga que vuela. Las termitas, destructoras de la madera, deben ser sometidas a control riguroso, mientras que a las hormigas voladoras otoñales no hay ninguna razón para perseguirlas.

Un festín para los pájaros

Ya sabemos que el enjambre volador de hormigas cuenta con hembras y machos, y en plena dispersión voladora tiene lugar el apareamiento. Los machos morirán pocos días después; las hembras caerán a tierra, perderán las alas y comenzarán a excavar para formar un nuevo hormiguero.

Muy pocas privilegiadas llegan a convertirse en reinas, en caso de que resulten fecundadas y sobrevivan lo suficiente para introducirse bajo tierra. Los más variados depredadores se ceban a costa de su abundancia, pero muy especialmente es la hora del gran banquete para los pájaros insectívoros: carboneros, herrerillos, mosquiteros, currucas, mirlos, picos verdes y demás avifauna especializada obtiene gracias a las hormigas un botín que les permitirá almacenar combustible para el ya inminente viaje migratorio que les conducirá a cuarteles invernales cálidos y ricos en insectos. El ciclo de la vida se cumple de manera inexorable.

Una triste costumbre

Pero no todo son alegrías para los insectívoros cuando se produce la irrupción de las hormigas; una triste costumbre, muy arraigada hasta hace pocos años en España, les ha hecho pagar todos los otoños un tributo insostenible que ha costado la vida a varios millones de pájaros cada temporada. Nos referimos a la capturas de aladas para cebar con ellas las ballestas o cepos que capturan y dan muerte a los pájaros que acuden al cebo. La aparición de las aludas o "alúas", como se decía en Andalucía era presagio de catástrofe para las poblaciones orníticas silvestres.

La posterior venta y consumo de los "pajaritos" así obtenidos no sólo puede calificarse de insostenible para las especies diana, sino también de peligrosa para el hombre. Los pájaros insectívoros son acumuladores e los pesticidas concentrados en los tejidos de sus presas, de manera que la ingestión de los tristemente célebres "pajaritos fritos" es tan insalubre como perniciosa para la naturaleza.

La catástrofe de la Central Nuclear de Chernobyl, en Ucrania sembró dudas sobre la posibilidad de que los pájaros migratorios que habían pasado por la nube radioactiva pudieran resultar extremadamente peligrosos en caso de ser consumidos. Ante la simple sospecha, aumentaron las campañas de prohibición de caza de insectívoros y de su venta con finalidad gastronómica. Afortunadamente estas prácticas se encuentran en regresión en todo el territorio español, y nos felicitamos por ello.

La Sociedad de las hormigas

Dentro del mundo animal y sus tipos de asociación entre individuos de la misma especie el nombre de "sociedad" se reserva para las que forman los insectos del orden Himenópteros, como las hormigas y abejas, e Isópteros como las termitas. La conducta social es mucho más compleja que la de otras formas de asociación que sólo implican agrupamiento; en la sociedad hay división en castas, trabajo especializado y, en definitiva, una organización prodigiosa. No es extraño que los ganglios cerebroides de los insectos sociales sean tan grandes que necesiten plegarse apareciendo circunvoluciones, como sucede en el cerebro de los vertebrados más evolucionados en comportamiento.

Las hormigas voladoras parecen presentarse cada otoño siguiendo una rígida convocatoria, casi por arte de magia. En realidad su enjambres salen a la superficie cuando se produce una conjugación entre factores como la temperatura y la humedad, con los consiguientes movimientos verticales convectivos del aire que ayudan a elevarse y a volar, lo que no conseguirían hace en otras circunstancias atmosféricas dado su peso relativamente grande.

Reflexionando sobre todo lo anterior, y muy especialmente sobre la perfección de la maquinaria biológica de estos insectos, se siente la tentación de levantar el pie para indultarlas de un pisotón desafortunado. No llegaremos a la exageración de caernos o resbalar en algún esforzado equilibrio, pero desde luego respetar a estas pequeñas criaturas aladas es cuestión de sensibilidad y cultura.

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