Con muy malos humos

Miguel del Pino

Cuando políticos y ecologistas radicales pretenden que Occidente renuncie al bienestar social para servir a las "verdades oficiales" sobre el llamado cambio climático, el tremendo espectáculo de la erupción del volcán Cumbre Vieja en la preciosa Isla de la Palma no puede dejar de poner una sombra de duda sobre la opinión pública. ¿Es solo el hombre industrial el presunto culpable, o influyen en las fluctuaciones climáticas las circunstancias geológicas catastróficas?

Pero ¿qué es exactamente el clima?

El clima es un concepto fundamentalmente estadístico que no se refiere a las circunstancias atmosféricas en un momento dado, sino a la "estadística del estado de las condiciones meteorológicas en un lugar del planeta y en un determinado espacio de tiempo".

El tiempo, por el contrario, es un estado momentáneo de las circunstancias meteorológicas en un lugar del planeta y en un momento dado. No confundamos porque muchas de las aseveraciones sobre el llamado "cambio climático", que se refieren a grandes tormentas, nevadas fabulosas u olas de calor o sequías, confunden los conceptos de clima y de tiempo.

¿Cuáles fueron las circunstancias climatológicas reinantes hace doscientos o trescientos años en determinados puntos de la Tierra? Por lo general nos faltan datos incluso con referencia a un espacio de tiempo tan corto como este desde el punto de vista geológico; de aquí buena parte de las dudas razonables o de las polémicas sobre nuestra supuesta acción global sobre el planeta.

Tanto a nivel popular como desde los famosos "paneles internacionales sobre el Cambio Climático" no se suelen distinguir correctamente los conceptos de clima y tiempo. Tampoco muchos medios de comunicación cuando se refieren al tiempo con la muletilla de la "climatología". La climatología es la Ciencia que estudia el clima, así que no digamos que determinada etapa de una vuelta ciclista tiene "climatología adversa". Simplemente ese día hace mal tiempo, así de sencillo.

Las mediciones de las concentraciones de gases de efecto invernadero, principalmente de dióxido de carbono, en las que se basan las predicciones catastrofistas de los creyentes en el cambio climático, se refieren a espacios de tiempo recientes y necesariamente cortos por la falta de mediciones más remotas. No estamos pues ante hechos científicos demostrados, sino ante suposiciones cuando los augurios se aventuran a pronósticos no inmediatos: quede esto suficientemente claro.

Tampoco puede atribuirse valor científico al supuesto "consenso político" sobre la existencia de un cambio global del clima que ya hemos empezado a padecer. La Ciencia no se basa en el "consenso democrático", sino en las demostraciones de las hipótesis previamente formuladas. Por mucho que "rabie" Greta o que los supuestos científicos que obtienen fondos para publicar a favor del cambio global se muestren seguros y severos, solo estamos ante una hipótesis y nada más que ante eso.

Si efectivamente la suma de evidencias sobre la reciente acumulación de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero unida a fenómenos empíricos que venimos observando como el retroceso glaciar o el deshielo del Ártico mueven a adoptar el principio de prudencia y a actuar contra la contaminación con medidas razonables, no se trata de arruinar las economías de occidente o de acusar al capitalismo de la supuesta crisis global del clima

¿Influyen los volcanes en el clima?

A pesar de la espectacularidad de las emisiones de gases y cenizas con que nos asombra en la actualidad el volcán de Cumbre Vieja en la preciosa Isla de La Palma, podemos tener la tranquilidad de que en este momento de la historia de nuestro planeta disfrutamos de relativa tranquilidad en cuanto a actividad volcánica.

Sin embargo en las últimas décadas hemos asistido a varios holocaustos volcánicos, como del Monte Santa Helena, el Pinatubo, varios volcanes andinos o alguno de los poco explorados volcanes antárticos. Huellas no demasiado remotas demuestran que en latitudes siberianas o del norte del Atlántico se produjeron importantes erupciones que sin duda tuvieron que tener influencia en acontecimientos climáticos de los que carecemos de registro.

Solo en momentos paroxísticos como los de los ejemplos que acabamos de mencionar se reconoce a los volcanes actuales capacidad de producir emisiones de dióxido de carbono comparables en un momento dado de tiempo a las de la llamada "civilización industrial". Pasados tales momentos se pasa prácticamente a despreciar el porcentaje de dicho gas de efecto invernadero por parte de las emisiones volcánicas. La culpa es del hombre, y no digamos del capitalismo.

Pero mantengamos también la prudencia en relación con la importancia que pueden tener los fenómenos naturales, entre ellos los volcanes, en relación con el rompecabezas del clima. Venus, nuestro planeta casi gemelo, nos ofrece una buena lección al respecto.

En el amanecer o el anochecer, según la posición de su giro en relación con el Sol, Venus se muestra como el cuerpo más brillante del firmamento; tal brillo, denominado "albedo", se sospechaba desde hace siglos que pudiera deberse a una gigantesca capa de nubes que reflejaba la luz solar. La superficie del planeta resultaba invisible para los instrumentos ópticos, de manera que hubo que enviar zonas dotadas de otros tipos de aparatos de medición, como las ondas de radio, capaces de trazar mapas venusianos.

Las sondas Venera enviadas por Rusia, las Pioner norteamericanas, y sobre todo la Magallanes de la Nasa, en los años ochenta, desvelaron los misterios: efectivamente Venus tiene una atmósfera densísima, cargada de dióxido de carbono y también de diferentes gases sulfurosos, y en la superficie del planeta se encontraban efectivamente los volcanes que la habían emitido, más de doscientos de los cuales mostraban actividad reciente.

El conocido astrónomo y divulgador de la Nasa Carl Sagan se apresuró a describir lo descubierto como "algo que la humanidad lleva siglos imaginando" y a lo que viene denominando "infierno". Venus es, efectivamente, un planeta infernal y la culpa la tienen los volcanes.

La lección que nos ofrece nuestro gemelo espacial se refiere a no despreciar fenómenos naturales existentes, no solo en nuestro planeta, sino también en nuestros compañeros en el viaje en torno al Sol. También en la Tierra se producen gases azufrados, entre ellos el dióxido de azufre, muy nocivo para el medio ambiente y para los seres humanos, en función de las actividades volcánicas.

Si es cierto que la proporción de dióxido de carbono debida al vulcanismo actual es pequeña en relación con la producida por la contaminación industrial, medidas ambas en los mismos tiempos, no lo es menos que los gases de azufre y las partículas sólidas que llamamos cenizas volcánicas tienen efectos muy perniciosos para los seres humanos y ante los que nos vemos obligados a declarar nuestra impotencia.

Otros fenómenos naturales mucho más raros y esporádicos, como las explosiones cometarias en nuestra órbita o los impactos de meteoritos sobre la superficie de nuestro planeta pueden ser responsables de anomalías climáticas hoy por hoy inexplicables. Como describe el eminente geólogo Francisco Anguita, inmediatamente después del asesinato de Julio César la Tierra padeció varios años de frio y oscuridad inexplicable, con la consiguiente ruina de las cosechas y el hambre.

La explicación que adjudicaron al fenómeno los damnificados fue que "los dioses" protestaban por magnicidio, lo que estuvo a punto de lograr que César fuera elevado a los altares para aplicar la ira de los cielos. El choque de la Tierra con un pequeño cometa podría explicar lo ocurrido.

En definitiva, nos falta mucho por aprender sobre el rompecabezas climático: y a la soberbia, interesada sin duda, de los miembros del Panel Intergubernamental del Cambio Climático no le viene mal una cura de humildad como la que suponen los holocaustos volcánicos. En este caso no es el clima, sino la salud lo más comprometido por sus emisiones.

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