Cobradiezmos en el campo

Miguel del Pino

Posiblemente no pueda darse en una plaza de toros un momento más emocionante y hermoso que el retorno vivo a los corrales de un toro que ha sido indultado. Desgraciadamente ocurre muy pocas veces porque el listón de la exigencia reglamentaria y de los aficionados está muy alto en este sentido, pero cuando ocurre es realmente bello. En cualquier caso éste no quiere ser un comentario taurino, sino ecológico.

La pelea del toro

El toro es un herbívoro agresivo, no un depredador, y los herbívoros dotados de agresividad luchan de manera instintiva para defender su vida ante los atacantes carnívoros, y si son gregarios, como en el caso del toro, lo hacen también en función de la defensa de la manada.

En el caso de los bóvidos ariscos europeos el enemigo natural ancestral es el lobo, cazador social, de manera que podemos concluir que, desde el punto de vista etológico, el toro en la plaza se debe de sentir atacado por algo correspondiente a una manada de lobos en la naturaleza y en consecuencia lucha y se defiende.

En contra del temperamento supuestamente pacífico que algunos antitaurinos atribuyen al toro en el campo, también en el medio casi natural de la dehesa los toros pueden atacar a quien irrumpe en su territorio sin conocimiento de los terrenos y de las querencias. Los toros suelen tener un lugar predilecto para el reposo y si alguien cruza entre el animal y ese reducto suele ser acometido.

La cualidad más valorada en un toro bravo es la embestida a los engaños con la cabeza agachada y en línea recta, ya que es precisamente esa forma de embestir lo que permite el toreo moderno. El toro Cobradiezmos, indultado el pasado día siete en Sevilla llegó a hacer surcos en la arena con el hocico, algo realmente asombroso y determinante a la hora volver vivo al campo. ¿Cómo es posible que un animal como el toro pueda atacar de manera tan inocente?

La explicación se encuentra en el instinto de lucha intraespecífica, cuando los machos se enzarzan en peleas territoriales o por el acceso a los harenes de vacas. Ambos contendientes agachan la cabeza y se limitan a empujarse sin apenas lanzar cornadas, de manera similar a lo que realizan los ciervos en la berrea. El comportamiento instintivo evita la muerte de los machos implicados en la pelea, que simplemente pulsan sus fuerzas.

Quienes manejan a los toros en el campo saben que muchas veces este ritual se complica y deja de ser incruento. Las riñas entre toros adultos causan muchas bajas a lo largo del año en la camada, pero no suelen ser los ejemplares más nobles, como Cobradiezmos quienes caen en mayor porcentaje, sino aquéllos menos fieles a las reglas de la naturaleza que lanzan cornadas a diestro y siniestro.

La pelea del toro bravo responde por tanto a unas normas de conducta basadas en la defensa ante la depredación, individual o de la manada, o también a la conquista de la supremacía entre machos para llegar a convertirse en reproductores: así de sencillo.

Ha hecho falta más de dos siglos para que la labor selectiva de los ganaderos haya conseguido animales cuya agresividad, que en ese mundo se conoce como bravura, corra pareja con la nobleza o fijeza, es decir, con la rectitud en la embestida y con el abatimiento de la cabeza. Todo un milagro genético en tan corto plazo de tiempo.

Toros que sobreviven

No es extraño que un animal que ha demostrado tales condiciones en el ruedo merezca ser devuelto a la ganadería con todos los honores y con la condición de semental. Su supervivencia a las lesiones sufridas durante la lidia debe estar garantizada por la corrección con la que aquélla se haya desarrollado.

Porque un toro no debe ser herido de muerte en el ruedo. Las heridas causadas por la puya deben producirse en las grandes masas musculares del morrillo, susceptibles de cura relativamente sencilla. La pérdida de sangre sería el mayor problema de cara a la supervivencia y afortunadamente, en el caso de este bellísimo toro no se exageró durante su pelea con el caballo.

Ahora el futuro del toro indultado se presenta en forma de regalada y posiblemente larga vida en el campo mientras cubre vacas tratando el ganadero de que sus condiciones se transmitan a su numerosa descendencia. En su Oda a Desteñido, un toro indultado hace décadas de la ganadería de Don Álvaro Domecq, el ganadero-poeta hablaba de "señor que vuelve por su señorío", y es que, efectivamente, el toro bravo es todo un señor de la dehesa.

¿Habrá un momento en el que la lidia del toro se desarrolle sin el final de su muerte en el ruedo? No hablamos de la infinita hipocresía de sacrificarlo inmediatamente en los corrales, sino de una lidia realmente incruenta en la que los toros lidiados vuelvan al campo, bien para padrear, si su conducta lo justifica, o bien para incorporarse a un programa de ganadería extensiva sin que su lidia se relacione con su inmediata muerte.

De momento queda demostrado que un toro lidiado no tiene que ser necesariamente un toro mortalmente herido. Larga vida a Cobradiezmos y felicitaciones a todos los que hicieron posible su vida y a los que evitaron su muerte.

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